El regreso del ogro filantrópico en México

Caricatura de AMLO. / Gilberto Villagrán
Caricatura de AMLO. / Gilberto Villagrán
En El Ogro Filantrópico el autor describe una burocracia insaciable, displicente, aprovechada, soberbia, con una idea de propiedad de las instituciones, las cuales eran para servirse y no para servir... 
El regreso del ogro filantrópico en México

Decía Octavio Paz en el Ogro Filantrópico (1979)  que “la literatura política es lo contrario de la literatura al servicio de una causa”. En este sentido es posible decir –en el contexto del México actual- que la política pública es lo contrario a la política al servicio a una causa populista.

Creo que a la mitad de la actual gestión de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, no es difícil advertir una aseveración contundente para el escenario que vive México actualmente. Y es que incluso los actos irracionales merecen una explicación racional. Y de sobra durante el presente gobierno se ha vertido  suficiente evidencia empírica que supone un verdadero desafío explicativo.

Quizá la interrogante más relevante podría expresarse de la siguiente manera: ¿cómo es posible que un gobierno que arroja out comes tan magros e, incluso negativos, mantenga índices de aceptación tan altos? La respuesta no es simple pero podría comenzar por un componente conspicuo: la narrativa. La narrativa que construye y reconstruye la realidad nacional todas las mañanas en la que con un guión bien cuidado se empodera la figura presidencial y su idea judeo-cristiana de buenos vs: malos. Además de la narrativa mesiánico populista existe otro factor igualmente poderoso: los onerosos recursos públicos que se canalizan para sostener una serie de programas sociales, clientelares, pero convincentes para la captación del voto y para lavar la cara del presidente mexicano. Al muevo Ogro Filantrópico.

Populismo que amenaza las instituciones

Entender el resurgimiento del populismo, incluso en democracias consolidadas es un tema que por supuesto también se advierte en México. Desde ese punto de vista merece una explicación teórica porque más vale advertir “por qué mueren las democracias”. Sin embargo, para entender específicamente el expediente mexicano es necesario tener claridad en relación al personaje que nutre y se nutre de este populismo que amenaza las instituciones pero que va mucho más allá a un simple capricho presidencial. Pero también durante esta administración asistimos al resurgimiento del presidencialismo omnímodo que pensábamos había quedado atrás.

No es fortuito que Octavio Paz haya escrito el Ogro Filantrópico durante la gestión del expresidente Luis Echevarría. Al igual que el actual presidente mexicano, López Obrador, Echeverría también creía que era tiempo de “ajustar” el modelo “capitalista”. Por lo que con todo propósito llamó a su modelo económico, el “Desarrollo Compartido”.  En ese momento México venía de gozar de un crecimiento sostenido de más del 6% anual. Al igual que López Obrador, gustaba de pronunciar discursos incendiarios contra el capital privado. Eso provocó una fuerte fuga de capitales y que los empresarios se organizaran en una entidad que les permitía negociar de manera menos vulnerable. Crearon sus propias universidades para la formación de sus propios cuadros más afines a su postura ideológica.

El presidente Obrador ha sido más sagas, ya que aunque en su retórica, no se siente cómodo con los valores empresariales y del mercado, ha logrado entenderse con los empresarios de mayor calado de la arena nacional para dividir y lograr consenso en sus propuestas más emblemáticas que tienen que ver con la obra pública y con ciertos cambios constitucionales para lograr una mayor participación estatal en la economía. Él no cree en el Estado mínimo, como no creyó tampoco el expresidente Luis Echeverría. Ninguno de los dos entendía de economía de mercado. Sin embargo, el presidente Obrador ha tenido cuidado en que la hacienda pública y, sus finanzas no quedaran en manos de inexpertos. Ha tenido cuidado en proteger la cotización del peso, aunque eso reste crecimiento económico. Se forjó con la idea de que “un presidente que devalúa, se devalúa”. Y eso no lo iba a permitir alguien que públicamente reconoce que su pretensión es “pasar a la historia” en los libros de texto gratuitos. Esa megalomanía no iba a permitir empañar tampoco sus intentos de “prócer”. Echeverría gustaba de las tesis de la CEPAL y defendió la idea de una economía de mercado protegido. Obrador sigue con las tesis cepalinas, aunque las predicciones de ésta entidad se hayan pulverizado.

Dice Antonio Fernández (2021) que en El Ogro Filantrópico el autor “describe una burocracia insaciable, displicente, aprovechada, soberbia, con una idea de propiedad de las instituciones, las cuales eran para servirse y no para servir (…). Este ogro filantrópico controlaba pero también premiaba, o compraba, ahí estaban la mayoría de los medios de comunicación y de los intelectuales”. Y esto último es una de las grandes diferencias entre Echeverría y Obrador. A este último no le interesa ganar la simpatía de los intelectuales, ya que al menos durante su gestión, piensa que no los necesita. En su imaginación, esos intelectuales orgánicos del pasado son intelectuales neoliberales. Quizá la razón psicológica se deba a que el actual presidente mexicano tuvo un rendimiento escolar mediocre, por usar un eufemismo. Le costó poco más de catorce años terminar una licenciatura, que a un estudiante regular apenas le llevaría cinco años. Quienes lo conocieron apuntan que durante su vida estudiantil siempre vio con recelo, y como pequeño burgueses, a todo aquel estudiante que mostrara excelencia académica. Pero más importante aún, López Obrador pertenece a una generación priísta que quedó relegada por los tecnócratas educados en universidades norteamericanas. Este tipo de nuevos priístas veían con desdén a sus correligionarios priístas dinosaurios que no entendían nada de economía neoclásica. Quizá este tipo de políticos altamente especializados, fervientes defensores del mercado y del Estado minimalista, arrebataron el proyecto de nación, hablando de distintas maneras de una reforma del Estado. López Obrador no se doblegó nunca. Escribía libros de historia descriptivos y, desde entonces mostraba sus simpatías por el bando liberal. Su visión de la vida y de la política era simple pero no por ello menos efectiva. Liberales y conservadores. Como cualquier cristiano protestante, su misión de la política la concebiría como mesiánica.

En realidad no se siente incómodo con los teólogos de la liberación; marxistas muy populares en los años sesentas y setentas que gustan con definir a Jesús como un revolucionario. Obrador quemó pozos petroleros y se plantó por seis meses en la principal avenida de la Ciudad, lo cual ocasionó pérdidas incalculables al pequeño y mediano comercio, asentado en esta importante arteria citadina. Nada ni nadie lo desanimaba. Desde entonces creía que la razón, pero sobre todo la fe divina estaban de su lado. Su cercanía y convivencia con los indígenas le hacen creer que España les debe una disculpa histórica a estos pueblos, a pesar de que su abuelo haya sido santarderino. Y a pesar también de saber que esa retórica se suponía rebasada, desde al menos el año de 1992, cuando se conmemoraron los 500 años del “encuentro de dos mundos.”

A diferencia del expresidente Luis Echeverría, López Obrador no carga los fantasmas de ningún magnicidio. La matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco el año de 1968, fue un evento que perseguiría a Echeverría por el resto de su vida. Quizá por esta razón intentó tener un acercamiento y ganarse la simpatía de muchos de los intelectuales de aquellos días. Muchas veces lo consiguió. FLACSO México se creó durante su gestión. Echeverría Álvarez hablaba de abanderar el Tercer Mundo. En los noventas en México se hablaba de abandonarlo, al menos formalmente. Y de hecho en el año de 1994 México se afilia a la OCDE, lo que supone su incorporación al club de los países ricos. Por esto la retórica obradorista no encuentra acomodo. Su secretario de Relaciones Exteriores, quien se piensa con posibilidades de ser el próximo presidente y el elegido de Obrador, hace maniobras discursivas para hacer compatible la política exterior mexicana, a pesar de que esta se encuentre profundamente comprometida en su vector económico con los Tratados de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá.

A falta de ideas, criticas

De hecho, incluso durante la presente administración, de la Cuarta Transformación como grandilocuentemente, gusta  llamarse a sí misma, la ratificación del muy neoliberal Tratado de Libre Comercio con los vecinos del norte fue una verdadera preocupación para el presidente Andrés Manuel López Obrador. Este acuerdo comercial hace de México el socio más importante de Estados Unidos, incluso por encima de China. Y de hecho tanto el Banco de México como la hacienda pública se han manejado con criterios de economía neoclásica. Obrador sabe bien que, si algo se criticó de los gobiernos populistas de 1970 -1976 y de 1976-1982, fue el gasto público financiado con préstamos internacionales y con la ilusión de los yacimientos petroleros  encontrados en el sureste del país. Da la impresión de que el actual presidente y. muchos de sus funcionarios. En realidad tratan de emular la retórica de aquellos gobiernos, pero cuidando de no repetir los errores macroeconómicos. La ilusión petrolera aún permanece.

A falta de ideas AMLO critica el modelo de acumulación de mercado. Hace bien, pues hay mucho que criticar y, no sólo eso. Es importante entender las distorsiones y externalidades del modelo neoliberal. El problema con esto y, no sólo de él, es que no ofrece nada a cambio. Su Cuarta Transformación supone el andamiaje de un sistema de transferencias para paliar la desigualdad. El problema también es que administrar los recursos de esta manera, sin la capacidad para crear mayores fuentes de riqueza ha provocado que desde antes de la pandemia, México se encontrara en una recesión económica inusitada desde 1995. Sin embargo poco importan en realidad los resultados de las propuestas amlistas: ¡Los out comes! Para sus seguidores lo importante es sentir que López Obrador perjudica a los ricos y a los corruptos que los mantienen pobres. El libreto ya lo habían escrito en el “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano”. Su retórica ha creado los clivajes suficientes para dividir a la sociedad. No importan los datos, no importan las razones. El presidente supinamente los desconoce y ya está. El tiene “sus propios datos”. Todas las mañanas, predica su verdad y, maneja la agenda de acuerdo a sus intereses. Con “periodistas” a modo, se realiza un performance en donde la figura presidencial trata de reiterarse hasta la saciedad. Ni siquiera los fines de semana, permite descanso a los reflectores. El narcisismo de este personaje ha logrado que este episodio de la historia mexicana luzca tragicómico. Y “las carcajadas nos harían llorar”, como rezaba la vieja canción feminista, si no fuera porque los asuntos de una potencia intermedia como lo es México, se encuentran en manos de las ocurrencias de un presidente que se entiende a sí mismo como “predestinado”. Un “Mesías tropical”, recordaba un controversial historiador mexicano en el encabezado de la revista Letras Libres.  Da igual si organiza una rifa cuyo premio es un avión que no es posible entregarlo. Da igual si intenta expropiar la compañía eléctrica. Da igual si sus hermanos incurren en actos de corrupción. Da igual si le reclama a España un perdón para los indígenas de un lugar en donde México no existía aún. El presidente autoritario puede desconocer y atacar la prensa y a las instituciones sin reparo alguno. Su visión de país del siglo XIX así se lo permite. Después de todo, Juárez también era enérgico y mandó decapitar a un fugaz emperador. Tampoco importan las intransigencias de Juárez porque el presidente ya lo sacralizó.

López Obrador cree que tiene al “pueblo” mexicano de su lado, aunque se le olvide que la otra mitad del país mira desconcertada como aumenta la inseguridad, las muertes por la pandemia pésimamente gestionada, en donde  la pobreza también lamentablemente aumentó. Donde los científicos nacionales pueden ser acusados y amenazados con ir a una prisión de máxima seguridad, debido a que la ciencia neoliberal los ha hecho gastar en congresos y cenas caras. Y podríamos enlistar una serie de disparates presidenciales que cuesta trabajo creer que esto haya ocurrido en la segunda década del siglo XXI en México. Lo verdaderamente importante para la sociedad mexicana, es saber qué se habrá aprendido después de la gestión populista de un presidente megalómano. Un presidente que quiere pasar a la historia como el gran transformador, aunque no quede claro si bregar con esta transformación de la que presumen en verdad promoverá una sociedad más próspera y equitativa; una sociedad que goce de instituciones que brinden certidumbre jurídica y promueva, no sólo el capital social, sino la acción colectiva. El tiempo permitirá evaluar con mayor serenidad  un sexenio que marcará México de distintas maneras. Quien le suceda podría tratar de imitar los protocolos, la intolerancia, la retórica y la semiótica del actual gobierno, después de todo, gozar con el 50 por ciento de popularidad no es nada desdeñable. Además, algunos de los proyectos obradoristas podrían llegar a buen puerto e, incluso, ser eficaces. El Tren Maya, el aumento al salario mínimo y el asilo a Evo Morales podrían sentar un buen precedente.  Pero también podría dar un golpe de timón y desmarcarse a tal grado que el populismo de derecha suene como la reacción natural a los años ocurrentes obredoristas. Al menos el Bolsonaro de Brasil nos muestra esta gran lección.

De lo que no hay duda es que el ogro filantrópico seguirá oyéndose a sí mismo y, sus fanáticos, seguirán gustosos escuchando las ofensas que éste infiere a los malos, aunque los malos sean los empresarios, España, Estados Unidos, los ecologistas, los neoliberales, los científicos, las feministas conservadoras, la prensa nacional e internacional, los adversarios que se atreven a cuestionar cualquier capricho presidencial, sus propios funcionarios que ya le han renunciado, los partidos políticos opositores, las instituciones autónomas que aún prevalecen, los intelectuales y un largo etcétera que se reinventa todos los días. Y a pesar de llevar a su toma de posesión a Silvio Rodríguez y haya homenajeado al dictador cubano durante el Desfile Militar, un icónico Día de la Independencia de México, muy probablemente, la historia no lo absolverá… después de todo, de su lado tiene a la mitad del país, al ejercito, al Cartel de Sinaloa a los dictadores de izquierda latinoamericanos y a Donald Trump. @mundiario 

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