¿Por qué perdieron los cubanos de Miami?

Calle Ocho, Miami. / Marc Averette. / Wikipedia
Calle Ocho, Miami. / Marc Averette. / Wikipedia
La intolerancia y ultraconservadurismo en la Calle 8 no deja de sorprender.
¿Por qué perdieron los cubanos de Miami?

Para quienes hemos vivido en Miami y no somos cubanos, no deja de sorprendernos las posturas de intolerancia y el déficit de empatía que promueve una facción de la diáspora de cubanos residenciados en Miami hacia sus propios connacionales y hacia otras minorías.

Las pasadas elecciones presidenciales pusieron al descubierto, una vez más, el clima de intolerancia y radicalización que priva en un colectivo importante de los cubano-americanos. Esto no es nuevo, como tampoco es novedosa su apasionada militancia por el partido conservador, contrastando de manera muy marcada con las otras diásporas latinas quienes  inclinan más su voto por el partido demócrata.

Y es que durante la administración Trump, algunas facciones conciliadoras del exilio cubano, que promovían un tránsito de Cuba a la democracia sin violencia se fueron diluyendo. A esas facciones más conciliadoras son calificadas de “hacerle el juego a la dictadura”. Se fortaleció el ala dura de la disidencia, así como logró editorializar una narrativa radical que se “convenció” que los demócratas son socialistas y que cometieron un masivo fraude electoral para “robarle” la presidencia a Trump.  Hay que decir que durante la gestión de Obama la oposición cubana en el exilio se había diversificado, como también sus estrategias políticas para llevar a buen puerto dicho tránsito.  Sin embargo, la narrativa supremacista, xenófoba e intolerante de Trump fue música para los oídos de los ultraconservadores de Miami que siempre han soñado con una invasión parecida a la que ejecutaron los marines con Noriega en Panamá.  

Desde la perspectiva de los radicales de ultraderecha, los orígenes de las simpatías caribeñas, por parte del gobierno estadounidense, se remontan a tiempos pre-revolucionarios con la administración de Franklin D. Roosvelt, -según los cubano-americanos-  debido al acercamiento de los Estados Unidos con los soviéticos, en donde les toco ser aliados en su lucha contra el ejército del Eje. En la retórica de estos cubanos, la alianza soviético-americana que buscaba derrotar al fascismo, se permitió que media Europa se convirtiera al comunismo como premio a la Unión Soviética. Pero además en esta misma narrativa, se acusa que en Cuba, antes de los Castro, ya existía suficiente evidencia empírica para prevenir el derrotero cubano hacia el socialismo tropical. Lo que pasan por alto esta facción de cubano-americanos es que las simpatías por la izquierda no gravitaban exclusivamente en Cuba. En esos años Troski estuvo exiliado en México y, existía una clara efervescencia comunista en todo el subcontinente. Así como hubo también una simpatía hacia el autoritarismo italiano, menos conocida en la región, pero que se encuentra documentada la admiración que mostró Perón hacia Musolini, durante los primeros años de su vida política.

 Algunos periodistas cubanos radicados en Miami hablan de una “súper tolerancia” por parte del gobierno americano al comunismo de aquellos años. Ellos creen que a partir del año 33 “desaparece” la ideología de derecha en Cuba, por lo que cuando Fidel Castro emprendió sus reformas, este tipo de discurso ya prevalecía en la clase política caribeña. Al parecer la Enmienda Platt es algo que no molesta mucho a estos cubanos exiliados. Otra vez, los cubano-americanos olvidan que este rasgo no era exclusivo de La Habana. En 1934, en México, sube al poder el General Lázaro Cárdenas, quien expropiaría la industria petrolera y tendría una clara propensión hacia las ideas nacionalistas y de izquierda. De hecho, durante la gestión cardenista se rompieron relaciones con Franco, en España; y se ofreció asilo político a los disidentes republicanos del país ibérico.

Es durante la administración de Kennedy, con quien se gesta el desencuentro de mayor calado entre parte del exilio cubano y el partido demócrata. En la narrativa del exilio cubano, la “traición” de Kennedy es el argumento más recurrente. Ellos creen que el gobierno americano no brindó el suficiente apoyo durante la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Muchos cubano-americanos que integraron la Brigada 2506, entrenados en Guatemala, no pudieron derrotar a las tropas castristas en las playas de la mayor de las Antillas. Aquí vale la pena decir dos cosas: 1) El exilio asegura que esta invasión sólo tenía como propósito instalar una cabeza de playa, pero que el apoyo aéreo norteamericano nunca llegó como ellos esperaban; 2) Se ha documentado que, peregrinamente, los invasores cubanos pensaban que contaban con el apoyo de la población civil cubana y que la invasión podría provocar un alzamiento popular, cosa que nunca ocurrió.

Pero apenas poco tiempo después, durante la Crisis de los Misiles, Kennedy se comprometió con Krushov a no intervenir en Cuba, a cambio de que los soviéticos desmantelaran los misiles en la isla. En dicho arreglo dejaron de lado tanto al régimen cubano como al exilio en Miami. Este episodio nunca lo perdonaría los cubanos residentes en Miami.

Carter inauguró una oficina de intereses de Estados Unidos en La Habana. Iniciativa que cayó muy mal, al exilio, aunque esta oficina de intereses haya promovido, apoyado y facilitado el traslado de miles de cubanos desde la isla, en medio de la bipolaridad de la Guerra Fría. Además en momentos en que la Revolución Cubana gozaba de un fuerte consenso por su enfrentamiento de Sansón contra Goliat. La lectura del exilio es contraria al acercamiento de Carter con la isla, a pesar de que para muchos cubanos en la isla, a dicha oficina de intereses la entendían como un oasis a la libertad. Desde la Calle 8 de Miami se interpretaba como traición a este acercamiento y, en realidad si observamos bien, esta narrativa nuca ha vuelto a cambiar. Se tenía la sensación de que el gobierno americano debía presionar hasta doblegar al castrismo. El Mariel sería un asunto climático porque a muchos demostraría que el paraíso socialista en Cuba no era lo que la eficiente propaganda del régimen vendía al exterior. A falta de argumentos, el exilio se quejaba de que Castro hubiera enviado presos y enfermos mentales en los botes que cruzaban el estrecho de la Florida. Lo cual es cierto, pero también es un hecho que tendría que haber sido un motivo de celebración por el reencuentro de muchos cubanos alejados de sus familias por años.

El exilio señalaba e insistía en el carácter intervencionista de Castro, lo mismo en África que en América Latina. Pero cuesta trabajo creer que no entendieran estos cubanos de Miami que el problema para Estados Unidos no era en sí Fidel Castro, sino la Unión Soviética. Y que para un país como Estados Unidos intervenciones directas hubieran significado un costo político, diplomático e ideológico altísimo para la Casa Blanca. Era un tema de seguridad nacional y los enfrentamientos se daban de manera indirecta y con sus servicios de inteligencia trabajando en todo el orbe.

Era una época en la que el exilio cubano lograría construir una posición de fuerza pero intransigente.  A partir de 1981 se constituye la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA). Esta entidad comenzó a monopolizar la voz de todo "el exilio cubano", estructurando una estrategia especial de trabajo en varios sentidos, dirigida hacia: 1) Los que querían emigrar 2) Los que llegaban por diferentes vías 3) Los que ya se encontraban asentados y conformaban el llamado "enclave" 4) Los que estaban en otras ciudades y hasta ahora no tenían quien los representara 5) Y de manera particular hacia Washington convirtiéndose en una organización de cabildeo y representativa de los intereses en Estados Unidos de todos los cubanos.

El Chairman de esta organización fue Jorge Mas Canosa, quien desde los primeros momentos trató de desplazar de la cúpula de la FNCA a todo aquel que no coincidiera a sus intereses políticos. El resto de las organizaciones comenzaron a colocarse detrás de la FNCA, incluso aquellas que se caracterizaban por tener un discurso tan beligerante como el de Mas Canosa.

Durante la administración Clinton, muchos de los balseros cubanos que intentaban llegar a los cayos de la Florida, eran devueltos por los guardacostas norteamericanos, eliminando de facto el Plan Éxodo de la Fundación Cubano Americana. De allí que en adelante era vital llegar y, literalmente, pisar suelo americano.  De jure se le conocería como el programa “pies secos, pies mojados”.  

Episodios como la deportación del niño cubano Elián y el derribo de las avionetas Hermanos al Rescate multiplicaron los reclamos porque Estados Unidos interviniera incluso militarmente. Y también sirvió para que los radicales en Miami empoderaran sus ideas.

Cuba está de moda

Si entendemos hasta aquí, nos es difícil explicar porque el exilio más radical de los cubanos de Miami se siente “traicionado” con el restablecimiento de relaciones diplomáticas que promovió Obama. Y aunque dicho acercamiento supuso un alivio para una nomenclatura ávida de los dólares; no es menos cierto que el cubano de pie se  reconfortaba con dicho acercamiento. Los cubanos de la isla cantaban el estribillo de una canción popular que decía: “Cuba está de moda”. Para una parte, cada vez menor del exilio cubano acusaba que Obama fue a Cuba a “regalar la finca”. Es decir, pensaban que el presidente norteamericano permitió muchas concesiones a cambio de nada. Nunca se han detenido a pensar que fue con Obama con quien el internet comenzó a operar, con ciertas restricciones, en la isla. Y eso no era un mero detalle, ya que deba la oportunidad, al cubano de pie, de informarse del acontecer nacional e internacional y así romper el bloqueo informativo que se padece dentro de la isla. Estos cubanos de pie podían reportar incluso, muchas de las arbitrariedades sistemáticas de la dictadura y sus funcionarios. Es decir, comenzó a contar con una herramienta poderosísima de la que el exilio cubano no habla ni ha reconocido su merito.

Con Trump y su discurso beligerante, los cubano-americanos se sintieron en sintonía con su discurso demagógico e inquisidor. Llama la atención que esos mismos cubanos del exilio en Miami que protestaron porque Clinton comenzaba a deportar cubanos que no alcanzaban tierras americanas, eran los mismos que reclamaban porque se cancelara la ley de “pies secos, pies mojados”. El exilio se sentía cómodo con el supremacismo, racismo y xenofobia de Trump.

Las últimas oleadas de cubanos que llegaron a Miami, eran inmigrantes económicos que buscaban mejorar sus condiciones de vida para ellos y para sus familias en Cuba. No sabían ni querían saber de política. Les entusiasmaban más los centros comerciales que la prensa libre. Su preocupación era el capitalismo, no la democracia.  Había una clara ruptura ideológica y generacional, con el viejo exilio, el cual estaba compuesto por personas de la tercera edad a quienes la Revolución Cubana había expropiado sus bienes en la isla. Las nuevas generaciones tenían rencor hacia el castrismo pero, no por lo que les habían quitado, sino por lo que no les habían permitido “gozar”. Era la generación que había padecido el apartheid turístico y que soñaban vestir y consumir lo que los yumas (extranjeros) consumían y del que hacían alarde. Años después el torrente de turistas sería integrado por los propios cubanos de Miami. Siempre impecables y con sus cadenas de oro al cuello.

Las editoriales de la televisión local, América TV, y populares influencers en las redes promovieron hasta el hartazgo esta narrativa. Se han logrado documentar los bonos económicos que han recibido periodistas, políticos, formadores de opinión en medios y en las redes.

Sin embargo, el exilio supo montarse en el discurso de Trump y logró, en un primer momento, hacer creer que Trump estaba evitando que el socialismo desembarcara en Estados Unidos y que; Lo comunistas demócratas les habían robado la reelección al magnate. Las editoriales de la televisión local, América TV, y populares influencers en las redes promovieron hasta el hartazgo esta narrativa. Se han logrado documentar los bonos económicos que han recibido periodistas, políticos, formadores de opinión en medios y en las redes. No es la primera vez que se ofrecen recursos para posicionar ciertas ideas y actores que convienen al mainstream cubano de Miami. El lobby que han logrado construir en Washington y su ayuntamiento con la derecha ultraconservadora de la clase política norteamericana no es un secreto para nadie. También promueven a sus correligionarios en organismos internacionales como el BIB o dentro de los grandes corporativos. Esta ala ultraconservadora sigue teniendo un peso específico que se pensaba se estaba diluyendo durante la administración Obama. Pero fue con Donald Trump donde pudieron reposicionarse y lograr afiliar a un segmento de cubanos que no saben ni se interesan en la política hasta la llegada de Trump.

En el pensamiento ultraconservador de Miami pesa más la valencia ideológica que los colores de la bandera nacional. Hace poco más de un año, el CEO de los productos hispanoamericanos Goya celebró al gobierno de Trump como parte del protocolo al que estaba invitado el ejecutivo. Esto hubiera pasado sin pena ni gloria hasta que la representante demócrata puertorriqueña Alejandra Ocasio llamó a boicotear esta marca de comestibles, como un gesto de protesta por del sentimiento antiinmigrante que ha distinguido a la administración Trump. De inmediato la maquinaria conservadora promovió un contra-boicot y lo curioso es que esto en ningún momento supuso, por parte de la diáspora cubana de Miami, un mayor consumo por los productos cubanos. De ninguna manera. Primero conservadores que cubanos.

Quizá sea más sintomático este rasgo cuando algún equipo cubano compite en las olimpiadas. La ambivalencia de muchos cubanos en Miami es notoria. Sienten un profundo cariño por sus raíces, pero es políticamente incorrecto aplaudirle a la selección cubana cuando se toma café en el Versailles de la Calle 8. No se puede vitorear a un equipo que representa –también- a los comunistas que les “robaron el país”.

Pero en la narrativa del mainstream conservador de Miami, se critica que los cubanos que llegaban a Miami en condición de “refugiados”, quisieran regresar de inmediato para llevar los dólares a su familia como cualquier otro inmigrante económico. Es este tipo de influyentes cubanos que hacen todo lo posible por entorpecer la entrada de dólares a la isla. Impiden que artistas cubanos que cantan y se “atreven” a saludar a los castro, cuando se presentan en Cuba; después vayan a Miami y cobren en dólares. Irónicamente, en los dos lados del estrecho de la Florida se politiza la cultura y es manifiesta la intolerancia.  Muchos cubanos no se sentían identificados con la retórica más conservadora de Miami, pues no les agradaba la idea de que se les impidiera enviar remesas a sus familias; ni que se les obstaculizaran sus viajes a la isla. Pero estos cubanos que decían abiertamente que ellos no querían saber nada de política, ni estaban dispuestos a dejar de ayudar a sus familias como sugerían los influencers y formadores de opinión que residían en Miami. Pero este grupo no era la totalidad de las nuevas generaciones que componían la diáspora. Había otro grupo que seguía mandando dinero a Cuba, seguía buscando diversión en isla  y apoyaban a Trump y a los conservadores de la Florida. Había una doble moral y una hipocresía que costaba trabajo discernir. Esta simulación era un desplazamiento de la simulación con la que se vive en Cuba. La dictadura ha forzado a que la gente dijera una cosa e hiciera otra. Esta doble vida ya la había plasmado en sus novelas Milán Kundera, cuando explicó magistralmente el socialismo real que padeció en la otrora Checoslovaquia.   

Durante la campaña presidencial, los cubanos que realizaban caravanas en autos sonando el claxon por las calles de Miami y que navegaban con sus botes zurcando el mar de la Florida, nunca entendieron que las manifestaciones políticas no son carnavales ni desfiles. Ellos no buscaban convencer ni reclamar nada. Ellos querían exhibirse de manera arrogante para reconocerse entre ellos mismos. Inocentemente pensaron que hacer política era un parade por la Calle 8. Nunca se imaginaron que eso no iba a sumarles votos a sus preferencias políticas. Se les olvidó que en Miami también residen otras minorías con una formación política muy distinta a la de ellos. Esas exhibiciones provocaron la animadversión del votante indeciso. Y el votante afroamericano tenía cada día más claro que ellos eran sus adversarios debido a su falta de empatía al movimiento Black Lives Matter. Pero esa falta de empatía también era registrada por otras minorías latinas, con las que muchos cubanos de Miami se desmarcaban abiertamente. Pero más importante, se les olvido que había también muchos cubanos en Miami, que de dientes para afuera apoyaban a los republicanos, pero que votaron por los demócratas Después de todo su cariño y su familia permanecen en Cuba y no están dispuestos a dejarlos de ver y de ayudarlos por lo que desde la Calle 8 les dicen que es lo políticamente correcto. @mundiario

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