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No nos representan: el Bicentenario de cabeza y la breve aventura de Merino

Dos muertos resumen el día de ayer, en la segunda jornada de marcha contra el gobierno de Merino, en la oscurísima situación que vivimos.

No nos representan: el Bicentenario de cabeza y la breve aventura de Merino
Protestas en Perú.
Protestas en Perú.

Dos muertos resumen el día de ayer, en la segunda jornada de marcha contra el gobierno de Merino, en la oscurísima situación que vivimos.

Nuestro país ya carcome una seria y durísima inestabilidad política y social a raíz del proceso de vacancia a Martín Vizcarra aprobado esta semana por el Congreso de la República, y se podría resumir todo este embrollo en una frase suspicaz: No era el momento de la vacancia, teníamos diferentes índoles de problemas y una raya más al tigre era innecesario e infantilmente irresponsable. Y claro, esto complica aún más la lucha frontal contra la pandemia del COVID-19, que había registrado un descenso en los contagios, así como impulsar la recuperación de nuestra golpeada economía. Era importante que todos los actores políticos y nuestras autoridades tomen conciencia de esta situación y se enfoquen en priorizar las necesidades y preocupaciones de la ciudadanía.

El actual statu quo social, legal y administrativo del Perú se formó a lo largo de varios gobiernos que no han sido de izquierda, pero sí esencialmente progresistas, y conscientes de que frente a la pobreza el derechismo debe tener un límite. Ese es el piso consensual sobre el que se ha asentado nuestra democracia, con imperfecciones y todo.

Yendo al problema per se, la insostenible situación del Gobierno aventurero de Merino, que pareciera ser insensible al clamor popular, no puede continuar. Aún si no tuviese un origen inconstitucional, la presencia de un grupo que pretende dirigir un país armado de quizás ignorancia prepotencia, es irreconciliable con el Estado de Derecho. El fondo de cómo se dio todo este frenesí por parte de Manuel Merino agrava su desempeño improvisado y torpe.

Su retiro del poder es un imperativo democrático. El Congreso de la República, autor de la infeliz decisión de pasado 9 de noviembre, tiene la obligación de rectificarse y en el más breve plazo dar paso a una salida constitucional que garantice la recuperación de la paz nacional para volver a enrumbar al Perú a las elecciones del año 2021, nuestro anhelado Bicentenario, atendiendo las impostergables necesidades de la pandemia y la crisis económica.

Los partidos que le entregaron al país una decisión espuria que ha derivado en un gobierno ilegítimo no pueden reducir su papel en esta hora a la realización un control de daños minimalista. Es correcta la decisión de detener la alevosa selección de miembros del Tribunal Constitucional (TC) retirar de la presidencia de la comisión de Fiscalización a su cuestionado presidente, e incluso anunciar que no respaldarán el gabinete golpista y trasnochado. No obstante, deben comprometerse con una medida definitiva de reparación y que garantice la paz.

Esta reparación pasa por la censura de la Mesa Directiva del Congreso y la designación de otra que sea capaz de darle certidumbre a la transición democrática y pacífica.

Un nuevo gobierno confiable será capaz de reunir al país en estas horas de pandemia y de crisis. Su composición deberá ser realmente amplia y comprometerse a garantizar que las elecciones sean libres, transparentes, participativas, con una elevada cuota de calidad.

Desde su orfandad de simpatías ciudadanas, estos gobernantes, listos, y hasta ávidos, para la represión, llaman a responder con mano dura. Olvidan que “es mejor ganar la confianza de la gente que confiar en la fuerza”, como escribió, en el siglo XVI, Nicolás Maquiavelo. En realidad, aquí no es posible ganar la confianza de la gente. Estamos ante la soledad más solitaria de la que se tenga memoria.

Gracias a la torpeza de los confabulados, lo que ayer parecía remoto y casi inalcanzable hoy resulta viable. Es cuestión, claro está, de que haya elecciones limpias; y de que la indignación no se disuelva en los protagonismos caudillistas. Es decir, que se proyecte una concertación democrática y, esta sí, republicana. No de fórmulas electorales, sino de esfuerzos éticos refundadores. Un gobierno limpio será toda una revolución en el Perú, como decía Alfonso Barrantes. La indignación colectiva es el mejor acicate para ella.

Si estos esfuerzos no cuajaran, quedaríamos destinados a tener, en el Bicentenario, solo más de lo mismo: congresos electos, pero ajenos a la gente; y gobiernos bajo la “incapacidad moral permanente”, convertida en espada de Damocles. Al servicio de la corrupción sistemática. Ojalá cerremos aquí este nefasto ciclo. @mundiario