Sobre los militares, a propósito de un libro

Portada del libro Los militares en Bolivia.
Portada del libro Los militares en Bolivia.
Sobre los militares, a propósito de un libro

Los militares en Bolivia: Ensayo de interpretación sociológica (distribuidor Los Amigos del Libro, 1971) se publicó hace un poco más de cincuenta años, y su aparición le ganó a su autor la inquina de la casta militar boliviana. Tanto, que lo interpeló e incluso quemó gran parte del tiraje de la obra. Sin embargo, aquel libro es de los mejores de Guillermo Bedregal, teniendo en cuenta que casi toda su producción bibliográfica (dispersa en libros, artículos y folletos) tiene un fondo reiterativo, aburrido y machacón, referido a la Revolución Nacional de 1952 y las ideas del nacionalismo revolucionario. Y es, por eso mismo, junto con la semblanza que realizó de Víctor Paz Estenssoro (Paz Estenssoro, el político: Una semblanza crítica, colección Tierra Firme, Fondo de Cultura Económica, 1999), probablemente el libro en el que Bedregal se muestra más analítico y menos dogmatizado por el discurso de su partido.

A medio siglo de su aparición, me parece relevante desempolvarlo, con el propósito de hacer un análisis de qué es actualmente y qué papel desempeña en la vida pública de hoy el estamento militar. Por ello, la “interpretación sociológica” de Bedregal nos servirá para indagar en qué se hallan las Fuerzas Armadas y, sobre todo, qué efecto provocan en la política y la sociedad de nuestros días. Ahora bien, Bedregal, como buen movimientista, analiza incluso este fenómeno de los militares en clave dialéctica binara de nación-antinación, la cual a mí no me parece objetiva. Pero hay algunas ideas que son interesantes, las cuales trataré de rescatar.

En Bolivia siempre ha primado —y sigue primando— la fuerza normativa de lo normal fáctico (teorizada por Jellinek) frente a la fuerza normalizadora de lo normativo. En palabras sencillísimas: la fuerza bruta y la astucia frente a la ley, la razón y las instituciones. Es por eso, en gran medida, que desde los albores de la república los castrenses han gozado de tanto poder y tantos privilegios en la vida pública.

¿Podían gozar la ley y la razón de primacía frente a las bayonetas en un país sumido en la anarquía, al inicio de la república? Bien, poco de esa realidad ha cambiado. Es por ello que en los hechos de 2003 o 2019, por ejemplo, no fueron las instituciones sino las fuerzas del orden las que terminaron interviniendo en la realidad sociopolítica. En ambas fechas el sistema institucional colapsó, y fueron los militares los que tuvieron que poner orden.

En su libro, Bedregal indica que los gobiernos de inicios del siglo XX adoptaron la escuela prusiana para la formación de militares en Bolivia. Por entonces, la Prusia ganadora de la guerra con los franceses era el modelo de ingeniería, disciplina y táctica militares; había, pues, que imitarla. Pero pienso que, al igual que sucedió con las leyes y las instituciones, los gobernantes no se dieron cuenta de que trasladando moldes y prototipos europeos a una sociedad casi analfabeta, no se iban a solucionar los problemas estructurales. ¿Qué sucedió, entonces, importando la pedagogía militar prusiana a un medio signado por el analfabetismo, la propensión al alcohol y los prejuicios sociales de raza? —Se formaron bribones uniformados.

Cuando se introduce disciplina militar en la mente de un ignorante sucede más o menos lo mismo que cuando se introduce la Biblia o un credo religioso en un pobre de lecturas o el liberalismo en una persona que lo reduce a librecambio: se genera un fanático intolerante que cree que el mundo comienza y termina en lo que él cree. Algo así sucedió con los militares en Bolivia. (Obviamente, como en todo, hubo y hay notables excepciones).

Una cosa que es importante señalar es que el mundo ha vivido en constantes guerras durante muchos siglos, hasta bien entrado el XX, motivo por el cual, en la mayor parte de los Estados, se instituyó el servicio militar obligatorio. Pero en un mundo —en teoría—  cada vez más civilizado y que apunta hacia la paz, aquél ya no tendría que tener sentido de existir. Menos cuando se es, por Constitución, un Estado pacifista. Por otra parte, si se reclama igualdad total para el género femenino —lo cual me parece pertinente—, también se debería entender que el servicio militar obligatorio solo para los varones es un anacronismo. Las Fuerzas Armadas no deberían desaparecer, pues claramente un Estado necesita sus servicios, pero sí reducirse drásticamente, teniendo en cuenta que gran parte del Presupuesto General del Estado está destinada a sostenerlas, pudiéndose destinar esos mismos gastos a vías de comunicación, salud o educación.

Cuando tenía dieciséis años, en 2011, se presentó el momento de prestar el servicio militar. Por fortuna lo evadí, con el apoyo de mis padres. Y lo evadí no por perezoso, sino más bien por todo lo contrario: en mi condición de jovencito imberbe ya me daba cuenta de que estando allí no haría otra cosa que perder el tiempo groseramente. La abrumadora mayoría de mis compañeros de curso, en cambio, entró, pero tristemente impelida más por la cultura del macho fuerte que por un genuino deseo de prestar ese servicio. Lamentablemente, vivimos en una cultura ultraconservadora para la cual el que no bebe alcohol, el que no se acuesta con mujeres o el que no hace el servicio militar, no es un varón al cien por cien. En el altiplano esta situación es todavía más grave: allí se cree que es a partir del cuartel que el hombre es verdaderamente hombre: con capacidad de procrear, ganar dinero y hacer familia. En estas cosas, poco —o nada— ha cambiado la mentalidad desde los tiempos coloniales.

Luego de un breve tiempo supe que mis compañeros de curso en el servicio premilitar estaban siendo golpeados, insultados o simplemente dejados al aire libre bajo el ardiente sol de invierno.

La influencia fáctica de los militares en la vida social y política de Bolivia es, por desdicha, todavía una realidad. Las Fuerzas Armadas tuvieron papel relevante en las dictaduras, en los hechos de 2003 y en los más recientes sucesos de hace poco tiempo. Desdichadamente, los últimos gobiernos no han hecho nada por desarraigar a los militares de la praxis política, muy posiblemente en el afán de seguir congraciándose con su voluntad, para apelar a su fuerza en casos de crisis o inestabilidad política. Baste mencionar, como ya lo dije, que una gran parte del Presupuesto del Estado se sigue destinando a las Fuerzas Armadas. Pero lo evidente es que el militarismo en la vida pública es nocivo, y no solamente porque menoscaba el sistema democrático, sino también porque, como hemos visto, retarda la evolución civilizatoria de las mentalidades colectivas. Y esto es probablemente más pernicioso que lo anterior. @mundiario 

 

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