López Obrador contra los medios: una batalla que parece tener perdida

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México. RR SS.
Andrés Manuel López Obrador, presidente de México. / RR SS.
En una democracia, un político dispone, en su mejor momento, de un plazo perentorio; un medio de comunicación, de entrada, no tiene fecha de caducidad.
López Obrador contra los medios: una batalla que parece tener perdida

Desde hace tiempo el presidente de México, Andrés López Obrador, enfrenta una batalla contra los medios y comunicadores que considera adversarios, y que parece tener perdida de antemano. Los políticos que los enfrentan han perdido, hasta ahora. El tiempo con que cuenta cada contendiente es la clave para entender el resultado: en una democracia, un político dispone, en su mejor momento, de un plazo perentorio; un medio de comunicación, de entrada, no tiene fecha de caducidad. En este sentido, no es difícil imaginar para donde se inclinará la balanza a partir del 1 de diciembre de 2024, cuando terminen las conferencias mañaneras del presidente de la República.

Existe una larga historia de desencuentros de políticos con medios de comunicación y no todos se circunscriben a la defensa de la libertad de expresión y el derecho a la información que argumentan tiros y troyanos. Más allá de los gritos y sombrerazos que caracterizan este tipo de enfrentamientos, hay un lado obscuro del efecto de los medios de comunicación en los regímenes democráticos que, casualmente, no se discute en la agenda mediática.

Hace 26 años, en 1995, Alain Minc publica su ensayo titulado La borrachera democrática. El nuevo poder de la opinión pública, en el que ante la gravedad de las distorsiones que producen los medios en la vida democrática se pregunta: ¿estará condenada a morir la democracia precisamente después de haber triunfado? Vayamos al lado obscuro de la mano del autor francés.

La representación política. La democracia de la opinión pública, encarnada en los medios y en los comunicadores, desplaza el entramado institucional, encarnado en los partidos políticos y las instituciones, en la gestoría y defensa de los intereses de los gobernados. La democracia representativa es herida de muerte porque la ciudadanía encuentra más eficaz denunciar en algún medio de comunicación alguna demanda o problema que militar en un partido o dar la pelea con la burocracia institucional. Los partidos se convierten en entidades en vías de extinción. Por algo Emmanuel Macron es el primer presidente francés que llega sin partido.

La acción política. Buena parte de los políticos se vuelven esclavos de los índices de popularidad que publican periódicamente los medios. Su quehacer se orienta a ganar puntos de aprobación pública o a consolidar sus cuotas de popularidad. Su horizonte termina por ajustarse a los límites de tiempo que transcurre entre dos mediciones; sus discursos y sus actos se ciñen a la búsqueda del mayor impacto mediático posible. Su vida política depende más del aplauso fácil que de las soluciones de fondo a los problemas.

El tiempo. La velocidad y periodicidad de las emisiones informativas presionan una respuesta inmediata y perentoria a los problemas de la sociedad, so pena de parecer indolente, irresponsable o ineficiente. La dinámica de los medios demanda la solución a los problemas prácticamente entre una emisión a otra. Lo que es imposible, con el consiguiente descrédito de los políticos que, como señala Joaquín López Dóriga parecen desconocer la realidad real, claro la de los medios.

Judicialización de la política. Con un ejecutivo y legislativo cuestionados permanentemente por los medios, el poder judicial se erige como el único regulador de todos los conflictos. La sociedad encuentra en los mecanismos arbitrales la única respuesta a la vigencia cada vez mayor de los litigios y de la búsqueda de las responsabilidades individuales. Los amparos se vuelven cotidianos en la resolución de conflictos públicos.

Opacidad. Contrario a la idea de que la democracia de la opinión pública es la que dota de transparencia a la sociedad y la hace legible y fácil de entender, provoca un ciudadano esquizofrénico con varias lealtades contradictorias entre sí. La multiplicidad, variedad y contradicción de la información que se produce en una democracia genera un ambiente complejo, contradictorio y en permanente crisis para los consumidores de medios. Más que transparente, la abundancia de la información cierta y falsa generan una sociedad opaca. Se instaura la infodemia y el reino de la memecracia.

Por lo que se ve, la batalla contra los medios no es de ahora, no es fácil y, por el momento, no se le ve fin. En el caso de México veremos pronto si la estrategia de AMLO de enfrentar frontalmente a medios y comunicadores en su sección de los miércoles de las Conferencias Mañaneras, ¿Quién es quién en las mentiras de la semana? que tanto le funciona o no. Pero esa ya es otra historia. @mundiario 

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