La espada en la palabra

El licor en la política

Bandera de Bolivia.
Bandera de Bolivia.
Modificar este tipo de conductas —problemas que, repito, son más importantes que los avatares económicos, de la salud o las relaciones internacionales— es un trabajo colosal que podría demandar varias décadas.
El licor en la política

Hace dos años leí el libro “A bala, piedra y palo”: La construcción de la ciudadanía política en Bolivia, 1826-1952, de la historiadora española Marta Irurozqui Victoriano. La obra, que combina un extraordinario despliegue académico de fuentes primarias con un estilo literario elegante y ágil, es quizás la primera historia de los procesos electorales bolivianos. Entre muchas otras cosas referidas al cohecho, el soborno y las prebendas en los procesos electorales, narra rigurosamente cómo las turbas embriagadas de alcohol jugaron un papel tan relevante en el ascenso y el descenso de gobiernos en la historia boliviana.

En realidad, el asunto del alcohol en la vida política ya había sido observado, aunque de manera indirecta y algo superficial, por Alcides Arguedas, en su libro Pueblo enfermo. El capítulo IX (“Causas de decadencia física”) del mencionado libro, pues, describe cómo el alcohol vale como una especie de lubricante en las relaciones sociales y políticas de los países hispanoamericanos (en unos más que en otros, obviamente). Es con el alcohol como se consiguen muchas cosas: un empleo, un favor, una candidatura… Esta actitud obedece, según Arguedas, a un rotundo desdén por la biblioteca, el salón de té, el teatro o la ópera, a una afición a la molicie del cuerpo y, finalmente, a las penas que signan la existencia humana —sobre todo en los países pobres—.

A un siglo y un decenio de la publicación de Pueblo enfermo, poco o casi nada de esta situación ha cambiado. Cuando estuve en política como candidato a diputado y, posteriormente, como asesor en la Cámara de Diputados, muchas veces me situé en la posición del cientista social antes que en la del político o asesor. Es así como en aquellos intensos meses de campaña política y trabajo parlamentario noté que muchas veces las simpatías y la popularidad son ganadas con copas y comilonas antes que con debates e ideas. De esta forma, un convivio importa más que un foro o un diálogo de propuestas para conseguir o asegurar, por ejemplo, una candidatura o la secretaría de un comité.

En febrero de 2020, en calidad de candidato, asistí a la inscripción de candidatos a las cámaras y a la Presidencia y la Vicepresidencia, llevada a cabo en el Tribunal Supremo Electoral. Asistieron candidatos de los dos partidos con mayor preferencia electoral. De pronto llegaron multitudes de militantes vestidos del color del mar, mascando coca, fumando y ebrios de ira y alegría, pero sobre todo de licor. Sobre sus hombros llevaban a sus candidatos a la Presidencia y la Vicepresidencia. Y al son del bombo y el siku (instrumento de viento andino), bailaban, pero también insultaban a sus adversarios políticos. Lo más reprochable de ello fue que llegaron a agredir física y verbalmente.

Hace muy pocos días escuché en radio Panamericana a un dirigente del Comité Cívico Potosinista quejarse indignado por “hordas masistas” que, con palos con clavos y piedras, y bajo los efectos del alcohol, habían agredido a los manifestantes potosinos durante las jornadas del paro. Ese hecho da cuenta de que esas actitudes vinculadas con, en este caso, el alcohol en la política —problemas que son los que realmente importan porque tienen que ver con las formas de pensar colectivas y que los políticos y la ciudadanía parecen no notar— siguen afincadas en la psicología de la sociedad.

Modificar este tipo de conductas —problemas que, repito, son más importantes que los avatares económicos, de la salud o las relaciones internacionales— es un trabajo colosal que podría demandar varias décadas. La cultura del alcohol está enraizada en lo más profundo de la psicología del boliviano. Y no poco de su razón de ser se debe a las tristezas y desventuras que por la estupidez de la clase política tiene que sobrellevar el boliviano en su ya de por sí baja autoestima. Tristezas y desventuras que ahoga en la taberna. @mundiario 

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