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Alberto Couriel, algo más que una cara bonita

Era la persona destinada a ocupar la cartera de Economía en cualquiera de los gobiernos del Frente Amplio en el Uruguay, aunque nunca lo nombraron. Pero ocupó la Presidencia por un día.

Alberto Couriel, algo más que una cara bonita
Alberto Couriel. / Agrupación política de Couriel
Alberto Couriel. / Agrupación política de Couriel

Uno no tiene la suerte de tropezarse todos los días con un personaje tan singular como Alberto Couriel, alguien con un mostacho de guardia civil y poco agraciado de cara, pero de corazón hermoso; de cierta edad, pero de pensamiento joven; y entregado en cuerpo y alma a la política, pero no menos fan de su club de futbol que cualquier uruguayo. Couriel, quien tuvo que exiliarse como tantos compatriotas durante la dictadura militar, era también el mejor candidato para ocupar la cartera de Economía en cualquiera de los gobiernos del Frente Amplio, pero nunca lo nombraron; y tenía una gran vocación de soltero pero, durante su exilio en México, se le cruzó Clara Fassler, médica y psicóloga; una mujer inteligente, buena conversadora y con una mirada que dejaría a cualquiera hipnotizado, como lo dejó a él, y de tal manera que van a cumplir 40 años juntos. Media vida entera.

El padre de este individuo procedía de Esmirna, de una familia de judíos sefardíes que hablaban español. Allí vendía cigarrillos por las calles y de allí emigró a los 14 años en busca de un futuro mejor. Couriel cuenta que la vajilla de sus padres consistía en dos platos y que cuando alguien “caía” a almorzar, compartían uno con la excusa de que estaban muy enamorados; pero es que ¡no tenían otro! Con el tiempo le fue mejor: abrió una tiendita en Juan Lacaze -donde nació Couriel- en una época de esplendor para la economía uruguaya, cuando suplía de alimentos y otros productos a los contendientes de la II Guerra Mundial. Así, sin tener que trabajar de joven, con su inteligencia y laboriosidad, y con las oportunidades educativas tan celebradas que brindaba el Uruguay entonces, Couriel llegó lejos. Confesó alguna vez cuánto le hubiera gustado que su padre lo viera de diputado, pero no pudo ser.

Pasión, devoción y profesión

Trátase Couriel, en fin, de un hombre que, al volver al Uruguay allá por 1984, cuando lo hizo la democracia, tuvo como pasión, devoción y profesión el Frente Amplio. Su deseo: que conquistase el Gobierno nacional para modernizar un país que la dictadura había dejado hundido moral, económica y socialmente. Su obsesión: la unidad de todas las fuerzas que componían el Frente, con libertad interna para debatir todas las propuestas pero, una vez tomadas las decisiones, con un voto disciplinado. Trabajó para ello con denuedo, junto Líber Seregni, el presidente del Frente Amplio, sin nada que lo distrajera de ese objetivo. Bueno, nada no: la pasión por el futbol... ¡Qué dilema para Couriel, aún hoy, si un brujo malvado le hiciera elegir entre un triunfo electoral del Frente o un campeonato de liga para su equipo Nacional!

El personaje es tan único que ocupó la Presidencia de su país por un solo día. El presidente entonces, Tabaré Vázquez, y el vicepresidente Rodolfo Nin Novoa, tuvieron que cumplir en la misma fecha con distintos compromisos internacionales y, de acuerdo a la legislación uruguaya, correspondía ocupar la presidencia interina al senador más votado. Ese era el Pepe Mujica, pero se encontraba de licencia. El siguiente con mayor número de votos era Couriel. ¿Qué creen que dijo, bromista en toda circunstancia, después de tomar posesión? Pues que cesaría a todo el equipo económico del Gobierno. Alguno se lo creyó y llamó alarmado para conocer sus verdaderas intenciones. Imagino la risa que debió escuchar como respuesta a su llamada.

Diputado y senador

Couriel fue diputado por el Frente Amplio y durante veinte años senador, aunque cuando lo conocí, en 1986, durante mi primera misión en Uruguay, todavía no había llegado al Parlamento. Era entonces un economista cepalino recién regresado del exilio que había publicado El FMI  y la crisis económica nacional con Samuel Lichtensztejn -quien fue rector de la Universidad de Montevideo- y que asesoraba a Seregni en los asuntos económicos. Un contrato con Naciones Unidas lo había llevado durante el exilio a la Nicaragua sandinista, lo que nos unió enseguida. Pero además, su compromiso y simpatía cautivaban  de inmediato y era imposible resistirse a su amistad. Así que, de vez en cuando, siguiendo la tradición uruguaya, me atrevía a organizar algún asado y a contar entre los comensales con Couriel y Clara, Eduardo Galeano y Helena Villagra y Ruben Castillo y Cecilia Pérez, mis personas uruguayas más queridas y admiradas.

Cuando regresé a Madrid, llamado a la sede de la Agencia Española de Cooperación Internacional, pensé que, sin el apego que produce el contacto habitual, los amigos/as uruguayos de entonces dejarían de serlo. Me equivoqué de plano. Couriel, quien se había convertido ya en todo un señor diputado, viajaba a España con frecuencia, a algún evento, a impartir alguna charla… y nunca dejó de llamar. En una ocasión en que lo tuve de huésped, había quedado con Enrique Iglesias, otro uruguayo insigne -aunque nacido en Asturias- presidente entonces del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y con quien, a pesar de sus diferencias políticas, siempre ha mantenido una buena amistad. Se nos pasó el tiempo charlando y, cuando nos dimos cuenta, con aquel tráfico endemoniado de Madrid, le dije a Couriel que no había manera de que llegara puntual a la cita salvo si lo acercaba en mi Vespa. Ya septuagenario, o a punto de serlo, no dudó en ponerse el casco, subirse a la grupa de la pequeña moto y recorrer medio Madrid en 20 minutos, acortando distancias por las aceras, saltándonos semáforos y metiéndonos por más de una dirección prohibida. Llegó a su cita el primero, muerto de risa.

De izquierdas y con principios éticos

En algún momento tuvimos esta conversación: el Frente Amplio había perdido las elecciones de 1999, pero el apoyo popular iba en aumento. Era muy posible que ganase las siguientes, las de 2004, como así sucedió. Con su humildad habitual, Couriel me confesó que previsiblemente sería ministro de Economía y Hacienda. Y yo le dije que no. Me salió así, del alma, sin pensar, como una profecía lanzada por un oráculo, lo que le dejó asombrado. “Pues eres el único que piensa así –respondió–. En Uruguay todo el mundo da por hecho mi nombramiento”.

Tuve que razonar mi afirmación. Couriel era, y es, una persona de izquierdas y con principios éticos arraigados. El capital financiero dominaba la economía latinoamericana y, con independencia de quien gobernase, trataría de impedir por todos los medios que alguien como él estuviese al frente de ese ministerio. Por desgracia, acerté. Couriel nunca fue ministro. Danilo Astori, quien procedía de las filas del Partido Comunista pero quien había hecho una inteligente travesía hacia la socialdemocracia, daba mucha más tranquilidad al capital financiero y se convertiría en el eterno ministro de Economía del Uruguay. A Couriel le propusieron más de una Embajada, pero él nunca aceptó otro exilio, aunque fuese dorado.

Desde entonces, Couriel y Astori mantuvieron una entrañable enemistad. Couriel defendía una política económica que promoviese la industria nacional -por ejemplo, con devaluaciones más atrevidas del tipo de cambio, para mantener la competitividad de las empresas- y que privilegiase vínculos y cadenas productivas de valor con América Latina. Astori prefería atender al capital financiero. Y, la verdad sea dicha, ni molestaba en polemizar con Couriel. Por si acaso. A mí siempre me convencían más las razones de Couriel, aunque en verdad no sé hasta qué punto idealizaba a la clase industrial. Pero este es un viejo debate que tengo conmigo mismo: siempre he creído que si fuera un gran empresario apoyaría a la izquierda moderada, con una visión más amplia sobre la igualdad, la estabilidad social que ésta procura y, ahora, sobre los problemas medioambientales que tanto pueden hipotecar la economía en el futuro próximo. Pero está claro que la mayoría de los grandes empresarios no comparten este punto de vista. Por algo Keynes pensaba que desde el Sector Público había que “salvar” a la clase empresarial de sí misma, con medidas de política que no serían de su agrado -como la imposición fiscal-. En Uruguay, como mal menor, optaron por la socialdemocracia moderada de Astori, su ministro favorito, aunque, cuando las derechas pudieron recuperar el gobierno en las últimas elecciones, volvieron a las andadas. ¿Prejuicios míos sobre las derechas en estos temas? No los niego, pero ¡es que hay que ver las que tenemos en el mundo iberoamericano!

“Couriel, algo más que una cara bonita”

Vuelvo a Couriel. En una campaña su eslogan fue: “Couriel, algo más que una cara bonita”. ¡Lástima que Uruguay haya dejado pasar la oportunidad de contar con un ministro de Economía tan preparado y divertido, tan capaz de reírse de todo, y también de sí mismo!

Hace tiempo leí un cuento que relataba la historia de un viajero condenado por un delito que no había cometido. El extranjero pidió ver al Rey para expresarle su último deseo: volver a su país para despedirse de sus seres queridos. Se comprometía a regresar en un mes. El Rey preguntó: “Y ¿cómo sé que volverá?” El extranjero respondió: “Majestad, dos amigos se ofrecen a tomar mi lugar. Si no regreso, están dispuestos a que les corten la cabeza”. El Rey se quedó maravillado de que aquellas amistades se fiasen tanto del reo y, deseoso de ver en qué terminaba todo aquello, accedió.

Transcurrido el plazo fatal, el extranjero se presentó puntualmente ante el Rey. “Majestad, he arreglado todos mis asuntos. Ordene por favor la liberación de mis amigos y disponga de mi cabeza como mejor entienda”. El Rey quedó maravillado una vez más ante aquella muestra de amistad y replicó: “Mire extranjero, le hago una propuesta: le concedo la libertad a condición de que de ahora en adelante me cuente también entre sus amigos.

Una persona comprometida

Bueno pues, así veo a Couriel, una persona tan comprometida con su palabra como fiel a la amistad. ¿Pondría entonces mi cuello por el suyo, a la espera de que arreglase sus asuntos, en una situación como la del cuento? Pues sí, sería una de las pocas personas de las que me fiaría hasta ese punto, aunque… ¿y si el día acordado para su regreso juega su equipo Nacional?

Recuerdo los cumpleaños de Couriel, siempre con sus numerosas amistades. El del pasado año fue especial: la senadora Constanza Moreira organizó un seminario internacional sobre los retos actuales de América Latina haciendo coincidir la fecha con el 84 cumpleaños de Couriel, una inteligente forma de homenajear al senador ya retirado, con mesas redondas y debates y la participación de académicos uruguayos, como Rodrigo Arocena (rector de la Universidad de Montevideo), Rodrigo Arim, Sebastián Torres… y otros llegados desde distintos puntos de la región: Tito Pizarro (Chile), Pepe Denis (España), Jorge Marchini (Argentina),  María Eugenia Correa (México)… En la noche se le rindió otro acto de homenaje en la sede del Frente Amplio en Montevideo donde hablaron el Pepe Mujica, Enrique Iglesias y la propia senadora Moreira.

La pandemia de la Covid-19 impedirá este año una celebración parecida de sus 85, que cumple este mes de agosto, pero que no falten las felicitaciones de los amigos. Salud y amistad, Alberto Couriel. @mundiario