Guerra contra el azúcar: los implicados con los que no contabas

Azúcar. / Mundiario
Azúcar. / Mundiario
La gente, las empresas y el propio Gobierno quieren que la ciudadanía pare de consumir azúcares refinados.
Guerra contra el azúcar: los implicados con los que no contabas

Estos últimos dos años hemos visto cómo se popularizaban ciertas cuentas en redes sociales con un mensaje muy crítico hacia alimentos con azúcar y ultraprocesados, animando a la gente a ser más consciente sobre qué está comiendo realmente. Estas cuentas fueron también las que llamaron la atención a todo el mundo sobre sus hábitos y creencias erróneas: no, el zumo de piña que uno compra en el supermercado no tiene por qué ser más sano que un refresco solo por su sabor a fruta. Ya no se trata sólo de la cantidad de azúcar que el producto contiene sino el tipo de edulcorante al que pertenece y cómo ha sido refinado mediante procesos industriales.

Uno de estos nuevos gurús de la alimentación fue Carlos Ríos, creador del movimiento “realfooding” y autor ya de tres libros. Era bastante conocido en instagram por sus recetas y consejos sobre las propiedades de los alimentos cuando decidió iniciar un boicot hacia la cadena de supermercados Alcampo. Pedía la retirada de la campaña “La Vida Azul”, que aunque estaba destinada a promover un estilo de vida más saludable, incluía entre sus productos bebidas energéticas, azucaradas, chocolatinas, etc. La credibilidad de Ríos era ya muy alta en este sentido, pues una de sus actividades en Instagram consistía en acudir a los supermercados y mostrar a su audiencia qué productos eran más perjudiciales de lo que parecían, y cuáles recomendaba en su lugar. El boicot fue un “éxito” entre sus seguidores, y el influencer de la alimentación siguió adelante con campañas similares contra otros supermercados. Desde entonces, el movimiento realfooding no ha parado de crecer, calando en la mente de todos.

Esto nos muestra que cuando figuras públicas nos animan a tomar decisiones conscientes para mejorar nuestra alimentación, somos capaces de hacerlo, sólo hay que querer y poner un poco de esfuerzo. La gente está cada vez más concienciada sobre la necesidad de sacar de su dieta alimentos ultraprocesados. Ahora, ¿cuál es el siguiente paso?

El tema de la alimentación es algo de lo que apenas oímos hablar a nivel institucional, pero realmente la guerra contra el azúcar que muchas personas están librando en su vida privada también se refleja en las propuestas del Gobierno. Es una cuestión que va más allá de partidos políticos, pues la primera vez que se intentó establecer un impuesto extra a las bebidas azucaradas fue en 2017, bajo el mandato de Mariano Rajoy. La medida pretendía afectar solo a refrescos y bebidas carbonatadas, que son un blanco obvio para las críticas de los consumidores, pero no llegó a imponerse nunca en españa, fue tan solo un borrador de propuesta, según se dice, por la presión de ciertos lobbys. El sector de las bebidas azucaradas fue rápido en defenderse: ¿por qué no la bollería industrial, que afecta enormemente al sector más joven de la población, los niños? ¿Por qué no las golosinas directamente? Cuando el Gobierno propuso esta idea en 2017, se estimó que el tributo añadiría alrededor de 200 millones de euros a las arcas del Estado, pero si nos fijamos en qué pasó en el resto de sitios donde ya existe, quizás esta cifra sea errónea. Aunque países vecinos como Francia y Portugal han implantado esta medida, no hay que irse siquiera al extranjero para ver qué pasaría en el territorio español de seguir adelante con la idea, y es que en Cataluña sí que llegó a imponerse. ¿Los resultados? Se recaudó un 30% menos de la esperado porque el consumo se redujo. Para la ciudadanía, que pasó a beber menos bebidas azucaradas, fue bien, para el gobierno autonómico...no tanto. En Francia o Hungría, el resultado de las medidas taxativas fue similar al obtenido en Cataluña: se redujo el consumo. En Reino Unido, sin embargo, el efecto fue distinto. La venta de estas bebidas no se redujo, pero la cantidad de azúcar libre en la fórmula se redujo un 29%. La diferencia entre los resultados de un país u otro puede deberse también a qué bebidas entran en el sesgo del impuesto (sólo las azucaradas y carbonatadas, o también batidos, zumos, etc.),

Parece que los mandamases sí consideran que intentar mejorar la alimentación de la sociedad española como conjunto forma parte de sus responsabilidades, al fin y al cabo, tiene una influencia directa sobre el estado de bienestar, pero para demostrarlo lo que les queda por hacer es tomar acción directa como hacen las personas a nivel individual; hasta entonces, una intención no ayuda a nadie. La gente ya está en ello, cada vez más concienciada. Han nacido influencers de la comida que mueven a las masas, empresas como sinazúcar.org que tratan de educar a la gente, y lo único que queda es una medida oficial que ayude a las personas por encima de las grandes multinacionales. ¿Tendremos pronto alguna ley o impuesto contra el azúcar como tienen ya muchos de los países europeos? @mundiario

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