Un año después, seguimos descarrilando sociológicamente en la curva de Angrois

Primeros momentos tras el descarrilamiento del tren en Santiago.

Vivir va perjudicando su salud y la de los que están a su alrededor (¿en la misma proporción que fumar?) y, al final, más tarde o más temprano, en distintas y distantes circunstancias, mata.

Siento mucho recordarles que sólo somos mortales. Que vivir va perjudicando gravemente su salud y la de los que están a su alrededor (ignoro si en la misma proporción que fumar) y, al final, más tarde o más temprano, en distintas y distantes circunstancias, mata.

De vez en cuando hay que tomarse un café con la vida. Vagar por las calles melancolía, esas que ignoran los callejeros de todas las ciudades y los municipios de España, y reconciliarse con uno mismo y con el prójimo convergente, divergente e indiferente que se cruza contigo procedente del mismo lugar de origen en dirección a la misma estación de destino. En esta aldea global construida sobre intangibles y controvertidos dogmas científicos, religiosos, políticos económicos, sociales y cosas así, el único axioma que no requiere un acto de fe por parte de una humanidad, cuya vasta trayectoria sintetizó Saramago en su “ensayo sobre la ceguera”, es que somos polvo y en polvo nos convertimos. Ya sé que jode, oye. Sobre todo en estos tiempos en los que la máxima aspiración del personal contemporáneo, de todo origen, de toda condición, de toda ideología, de toda edad, es la abolición de nuestra inexorable fecha de caducidad. O sea, como los dichosos yogures de Arias Cañete. Pero, chico, como le he oído yo y muchos de ustedes a Serrat, que ya anduvo por la cuerda floja, NUNCA ES TRISTE LA VERDAD, LO QUE NO TIENE ES REMEDIO. Mismamente, incluso nos fabrican con un polvo, dicho sea con el máximo respeto a la intimidad entre un hombre y una mujer, naturalmente. Y luego se deshacen de nosotros, cuando ya estamos hechos polvo, mediante una higiénica y civilizada solución final en un horno crematorio.

Una sociedad en huelga de recogida de basuras

De vez en cuando, Director, hay que interrumpir nuestra huelga permanente de recogida de basuras genealógicas, ideológicas, psicopáticas, miméticas, mediáticas, inducidas, deducidas, fratricidas, que se amontonan en nuestra historia colectiva y nuestras historias individuales con devastadores e imperecederos efectos radioactivos. De vez en cuando hay que vaciar los contenedores de basura de nuestros cerebros, míralos, rebosantes de hediondos residuos tóxicos que, por lo visto, escuchado, leído, twitteado, guaseado en las últimas tres décadas, ni siquiera son biodegradables.

Hoy, verano de 2014, quiero confesar que estoy conmovido. Tras dos semanas en estado contemplativo, con el corazón tendido a un sol que hubo un tiempo en el que no se ponía en nuestro imperio y las neuronas sesteando en una hamaca mecida por los distintos y distantes vientos de la opinión pública y la opinión publicada (que es como llamamos ahora a lo que Miguel Hernández llamaba vientos del pueblo), me siento ante la pantalla en blanco de mi ordenador impersonal como un autómata, poseído por un irresistible impulso de compasión hacia mí mismo y con la osadía de hacerla extensible, por extrapolación, a los monos vestidos que comparten conmigo especie, territorio, lengua, bandera, himno e insignificancias de esas (a mis escasas luces sobrevaloradas) que, en realidad, sólo nos permiten señalizar dónde estamos, aunque las trascendentes mentiras históricas, repetidas miles de veces, nos hayan convencido de que explican quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos.

El síndrome de Angrois

Soy consciente de que estoy manejando material altamente peligroso. Que la maldita curva de Angrois, aquella en la que hace un año descarriló un tren cargado de vidas y de sueños malogrados, se ha convertido ahora en un “punto negro” en la red de comunicaciones sociológicas. O estás con las víctimas y sus familiares o estas contra ellos. No hay término medio. No hemos dejado una zona de reflexión de nadie, neutral, en la que puedan convivir la comprensiva conmoción social y la correspondiente autopsia a una sociedad contradictoria. En el siglo frenético de la velocidad, como bautizó al siglo XXI un veterano distribuidor de automóviles, queremos llegar a cualquier sitio, en el menor tiempo posible y con absolutas garantías de llegar a nuestros destinos de una sola pieza. El problema es que la velocidad mata, la enfermedad mata, la vida mata, ¡maldita sea!, aunque las autoridades sólo se atrevan a advertir tan funesta e inexorable posibilidad en las cajetillas de tabaco ¿Se imaginan ustedes un vagón de tren, un avión, un automóvil, en los que fuese obligatorio exponer dantescas escenas de siniestros a imagen y semejanza de las que soportamos todos los días los estúpidos fumadores? O evocadores murales de “zonas cero” en los halls de entrada de los rascacielos. O escenas de intervenciones fallidas en las puertas de entrada de los quirófanos. O la calle de la Estafeta, en plenos Sanfermines, empapelada de reproducciones fotográficas de cornadas mortales…

¡Vivir, mata!

Vivir mata, no nos engañemos. Por fallos humanos, por reventones de ruedas, por imprudencias temerarias, por arteros misiles tierra aire, por tsunamis, en una de aquellas calles de Euskadi a punto de recibir un diluvio irracional de casquillos del nueve parabellum, en un inofensivo estanco de Vallecas, en un tren de cercanías elegido por fanáticos e ignorantes exégetas de Alá que han descontextualizado y degradado su guerra santa.

La vida es una hermosa y arriesgada aventura en la que siempre acabamos muriendo. A veces de eso que llamamos muerte natural y otras prematuramente, cruelmente, injustamente, accidentalmente, estúpidamente, ante invisibles e imprevisibles enemigos que aprovechan el factor sorpresa de la fragilidad humana. Hemos combatido bacterias, virus, insectos asesinos, plagas devastadoras, en una conmovedora utopía por alcanzar la inmortalidad. Pero, al mismo tiempo que descubríamos antídotos y vacunas, perfeccionábamos sofisticadas armas de destrucción masiva. Llevamos siglos intentando echarle un pulso a la muerte, pero sin renunciar a cruzar los cielos sin alas, los océanos sin escamas y los límites de la velocidad al albur de los fallos humanos y los fallos mecánicos. Siglo XX y XXI, como diría Gardel, cambalache problemático y febril, el que no llora no mama, el que no mama es un gil…

¡Piove, porco governo!

Con todo mi desprecio para los verdugos nocturnos y alevosos, mi compasión para los verdugos por despiste y mi consideración, empatía y solidaridad con las víctimas que proliferan en este lugar llamado Mundo, la funesta curva de Angrois se me aparece estos días como un paradigma de las peligrosas curvas de la vida. Me conmueve el maquinista en su laberinto sin salida; me rompen el corazón las víctimas condenadas al silencio eterno y las que siguen condenadas a revivir la noche de aquel día en sus pesadillas; me pongo en el lugar de un juez al que la opinión pública y la opinión publicada  (¡queremos carne de banquillo!) le incitan a instruir avanzando por la delgada línea roja que separa la justicia de la chapuza; me sobrecoge una oposición dispuesta a subirse en marcha a cualquier tren, en cualquier circunstancia, que pueda llevarle a la estación término del poder.

¿Quién está manipulando a las víctimas? ¿Qué cabrones de derechas, de izquierdas, mediáticos, judiciales, sistémicos o anti-sistema, han convertido el dolor que producen las irreparables pérdidas humanas en arma arrojadiza? Ya no son temblorosos bisturís de un cirujano los que siegan una vida en un día aciago, sino las tijeras de podar de un gobierno asesino. Ya no son turbulencias atmosféricas o desajustes mecánicos los que hacen capotar a un avión, sino turbulencias del Estado y ajustes presupuestarios. Si se estrella un automóvil, la culpa es del estado de las carreteras. Cuando mataba ETA, los gobiernos eran siempre pasivos colaboradores necesarios. Si llegaban los tentáculos de la “yihad” a Madrid, con antecedentes en pleno corazón de la inexpugnable Manhattan, siempre teníamos al gobierno, ¡piove, porco governo!, para cargarle los muertos.

El victimismo como coartada perfecta para la sociedad

Hemos hecho del victimismo civil, alimentado y amplificado por pepitos grillos intelectuales, mediáticos y políticos, la coartada perfecta de una sociedad que siempre se declara inocente aunque la cruda realidad demuestre muchas veces lo contrario. La sobrecogedora deuda privada de las familias, por ejemplo, no es cosa nuestra, de 46 millones y medio de españoles que tiramos las casas por la ventana con pólvora del rey financiada por cuenta ajena, ca, sino de unos cuantos listos que fueron capaces de tomar por tontos a millones y millones de españoles ¿Hay tantos tontos en España? La lacerante proliferación de NiNis ni siquiera aparece reflejada, aunque sólo sea en su parte alícuota, en el debe de tantos hogares españoles indignados en los que moraba para otro lado, sino exclusivamente en el debe de los libros de contabilidad de unos cuantos miles de ejecutores y legisladores institucionales indignantes.

Francamente, señores: es un chollo este invento de la democracia en el que la culpa de todo recae siempre en los elegidos y pasa de largo por las puertas de las casas de los electores. Los electores es que siempre tienen razón, oye, como los clientes de los grandes almacenes. Ya sé, ya sé que no obligan a nadie a presentarse como Mesías prometidos de los pueblos con derecho a voto. También sospecho que los aspirantes a timoneles de un Estado o son masoquistas, o víctimas de una enajenación mental transitoria o “yonquis” irrecuperables adictos a la droga dura, alucinógena y letal del poder. Pero, a mis escasas luces, entre tanto aforamiento oficial y tanta impunidad civil, entre tantas castas de intocables indignados y esas castas indignantes sobre las que algunos Pablos, tantos Pablos, quieren construir sus Iglesias, vamos a acabar escribiendo un lamentable epitafio sobre la tumba de la democracia: todos juntos la matamos y ella sola se murió.

¡No disparen al pianista!

Entre los muchos cambios que está pidiendo a gritos el sistema de libertades “made in Spain”, me ha venido estos días a la cabeza, como una alegoría, aquel cartel que acabaron colocando sobre los pianos de los turbulentos salones del lejano oeste genuinamente americano: “por favor, no disparen al pianista”

       -¿Aunque desafine…?

       -Aunque desafine, hombre. Ya tendremos tiempo,

        convocatorias electorales, herramientas democráticas,

        mejor oído, más ojo, mayor capacidad de criterio, para

        seleccionar pianistas más afinados.

Lo importante es que no pare la música. Que la sinfonía del nuevo mundo que empezamos a interpretar los españoles en 1977, supere este deprimente adagio y devuelva a las nuevas generaciones las notas de un allegro. Aunque sólo sea un allegro ma non troppo.