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MUNDIARIO

Entre el programa Sálvame y las tertulias políticas existe una delgada línea

El programa Sálvame se ha convertido en un modelo inspirador para conseguir audiencia en los programas de información y opinión de todas las cadenas.

Entre el programa Sálvame y las tertulias políticas existe una delgada línea
Kiko Matamoros y Lidia Lozano, en Sálvame.
Kiko Matamoros y Lidia Lozano, en Sálvame.

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

El programa Sálvame se ha convertido en un modelo inspirador para conseguir audiencia en los programas de información y de opinión de todas las cadenas.

 

Leo en un artículo de Ricardo de Querol que apenas existe diferencia entre el cotilleo y los medios que dicen llamarse "serios". Es cierto que la berlusconización de muchas cadenas ha conseguido inflamar de espectacularidad los contenidos hasta convertirlos en una clase de gore informativo donde interesa más la vida privada del cadáver que los motivos del crimen.

La aparición de Pablo Iglesias en televisión y sus enfrentamientos con los periodistas de la casta, la lasitud de la prensa escrita por temor a que se pierdan las subvenciones, la vie en rose de jugadores de fútbol y copleras, así como las intimidades de algunos políticos corruptos han creado una tendencia autodestructiva en los contenidos presuntamente objetivos de muchos programas donde ya es difícil diferenciar qué es clave y relevante para el ciudadano.

Todo parece indicar que se consume más televisión con este tipo de shows en el que un programa como Gran Hermano parece la misa de los domingos si se compara con el frenesí de algunas tertulias políticas, pues la afectación de algunos colaboradores y la difamación de algunas intervenciones recuerdan a los orígenes del programa Tómbola, en Canal 9. Sin duda, lo importante es la hiperestimulación del espectador que agarra el mando en casa a fuerza de gritos, interrupciones, chascarrillos y publicidad, mucha publicidad, en una realidad tan mezquina que ha superado ya cualquier ficción.

La información queda solapada por el pan y circo de unas productoras que han dado con la gallina de los huevos de oro, pues ahora el modelo Sálvame se está implantando en todos los formatos televisivos de opinión y de información. Porque, detrás de todo, está el negocio, el negocio de las exclusivas, el negocio de la publicidad, el negocio de las revistas, el negocio de la representación de los agentes, el negocio de las marcas que visten y desvisten.

Detrás de todo está Berlusconi que al final ha conseguido lo que se proponía; ser un ente que acapare la filosofía de los medios, que aniquile su deontología y convierta al periodista, al observador y al intelectual en manufactura. Posiblemente, en breve, Sálvame se convierta en un claustro de monjas comparado con la que se va a montar en las tertulias políticas una vez que las elecciones estén a tiro de piedra. Kiko Matamoros ya no tiene tanto tirón como Marhuenda. Qué se le va a hacer. Siempre nos quedará la 2. O no.