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Nombrar a Felipe Príncipe de Asturias en vida de Don Juan fue una chapuza

Los partidarios del Conde de Barcelona, que en aquel momento no había renunciado al trono de España, lo consideraron una 'bofetada' al entonces jefe de la dinastía.

Nombrar a Felipe Príncipe de Asturias en vida de Don Juan fue una chapuza
Felipe VI y su bisabuelo Alfonso XIII.
Felipe VI y su bisabuelo Alfonso XIII.

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Fernando Ramos

Fernando Ramos

El autor, FERNANDO RAMOS, es columnista de MUNDIARIO. Es doctor en Derecho y en Ciencias de la Información. Es profesor titular de la Universidad de Vigo y periodista. Autor de 25 libros sobre temas de Derecho de la Comunicación, Protocolo y Comunicación institucional, es profesor invitado en diversas universidades de Europa y América. Está en posesión de diversos premios como periodista. El Ministerio de Defensa le otorgó la Cruz al Mérito Militar con distintivo blanco como historiador militar. @mundiario

Los partidarios del Conde de Barcelona, que en aquel momento no había renunciado al trono de España, lo consideraron una 'bofetada' al entonces jefe de la dinastía.

En el libro Un reinado en la sombra, que recoge una serie de conversaciones entre Pedro Sainz Rodríguez y el Conde de Barcelona, aparece una interesante revelación sobre las relaciones entre don Juan de Borbón y su hijo Juan Carlos. No deja de ser curioso que don Juan afirme que lo de llamar a su hijo Juan Carlos y no Juan (o Juanito, como se hacía en el entorno familiar) fue idea de Franco para diferenciarlo de su padre. “Fue Franco el que lo inventó”, dice don Juan.

Franco instituye a Juan Carlos, como su sucesor a título de Rey, el título de Príncipe de España, en tanto su padre, Conde de Barcelona, como rey a la expectativa, lo consideraba Príncipe de Asturias, como sucesor suyo. Al cumplirse las previsiones sucesorias de Franco, don Juan de Borbón requirió a Juan Carlos la devolución de la placa de Príncipe de Asturias que él, como sucesor de Alfonso XII, había recibido de éste, luego de que, por cierto, se la retirase previamente al infante don Jaime, el sordomudo, tras forzar su renuncia.

A lo largo de su vida, el conde de Barcelona recibió no pocos desaires de su hijo. El 21 de enero de 1977, Juan Carlos I nombra por Decreto Príncipe de Asturias a Felipe de Borbón. Desde el punto de vista de las leyes de la Casa de Borbón, eso que al rey le parecen “una antigualla” (aunque gracias a que otros las respetaron, él recibió la llamada “legitimidad histórica”), el episodio recuerda otros lances de esta familia y no parece nada ortodoxo.

Para algunos monárquicos “juanistas” con el nombramiento se atizaba públicamente una bofetada al conde de Barcelona, que aún no había renunciado a sus derechos dinásticos, según los cuales el principado asturiano correspondía a su hijo, el rey sucesor nombrado por Franco, y no a su nieto. Pero en aquel contexto se podían hacer, y de hecho se hicieron, otras varias lecturas: Que Felipe asumiese el Principado de Asturias, es decir, la condición de heredero de la Corona, reafirmó de manera indirecta la condición de rey de su padre. O sea, que, renunciase o no quien luego llamaría “Juan III” a sus derechos a la Corona, iba a dar lo mismo. Es decir, que ya estaba asentado el rey de la dinastía creada por el general Franco, conforme al Ley de Sucesión del Régimen del 18 de julio que estaba en plena vigencia; Monarquía que nada le debía al pasado, excepto el hecho de que su titular, como tantos otros, era de estirpe regia. Pero podría haber sido otro.

Cuando las Cortes elegidas el 15 de junio de 1977 elaboraron la Constitución se encontraron con un hecho consumado: el sucesor de Juan Carlos l, con anterioridad a la Constitución salida de aquélla, era Felipe de Borbón y Grecia, de suerte que el varón marginaba a la mujer, tal como establecía la Ley de Sucesión franquista en razón de la cual don Juan Carlos había accedido al trono.  En el entorno de la Casa Real se comentó que, en el fondo, la causa de todo estribaba en cierta inadecuación posible de la infanta (léase que era algo retrasada) cuestión que, al margen de toda especulación, tampoco sirve, porque quedaba como alternativa mujer, su propia hermana.

Tras difundirse la noticia oficial del nombramiento del infante Felipe de Borbón como Príncipe de Asturias con los otros títulos y denominaciones usados tradicionalmente por el heredero de la Corona, un redactor de Europa Press se puso en contacto con el conde de los Gaitanes, presidente del Gabinete de Información de don Juan de Borbón, conde de Barcelona y padre del rey Juan Carlos. Preguntado por el significado del nombramiento, propuesto por el Gobierno y dispuesto por don Juan Carlos de Borbón, el conde de los Gaitanes, Luis de Usía, dijo textualmente: “Yo no tengo instrucciones y, por tanto, no quiero hacer declaración alguna como presidente del gabinete. Ahora yo puedo dar mi opinión personal. Mi opinión personal es que evidentemente el nombramiento se puede hacer si se tiene en cuenta que aquí no se ha producido una restauración. Franco, con su poder omnímodo, hizo una instauración designando a la persona que él quería designar. Por tanto, pueden hacer lo que quieran”.

Aunque dentro de las habituales posteriores maquinaciones, este noble sería desmentido, pero en aquellos tempranos días incluso se llegó a afirmar, como recoge la prensa de la época, que Juan Carlos I debería renunciar a la Corona, no abdicar, “puesto que no  accedió al trono  como hijo y heredero  del titular  de la Corona, don Juan de Borbón  sino, a propuesta  del general Franco, como Rey electo (491 votos  a favor,  19 en contra,  9 abstenciones de  unas  Cortes  que,  paradójicamente, repudiaban  el  sufragio universal)”.

Entonces, ¿quién era el Príncipe de Asturias verdadero, depositario de la legitimidad histórica: el conde de Barcelona, sucesor de Alfonso XIII; Juan Carlos, por un lado hijo de quien ahora resulta ser Juan III, o Felipe de Borbón, proclamado como tal antes de la renuncia de su abuelo a la jefatura de la Casa Real?