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Falsificaciones chinas invaden el mercado y mayoristas senegaleses distribuyen al por mayor

Cada año se incautan en España 10 millones de objetos falsificados, valorados en unos 700 millones de euros, pero se reconoce que apenas representa una mínima parte de la falsificación.

 

Falsificaciones chinas invaden el mercado y mayoristas senegaleses distribuyen al por mayor
Siete de cada 10 españoles compran marcas falsificadas.
Siete de cada 10 españoles compran marcas falsificadas.

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Fernando Ramos

Fernando Ramos

El autor, FERNANDO RAMOS, es columnista de MUNDIARIO. Es doctor en Derecho y en Ciencias de la Información. Es profesor titular de la Universidad de Vigo y periodista. Autor de 25 libros sobre temas de Derecho de la Comunicación, Protocolo y Comunicación institucional, es profesor invitado en diversas universidades de Europa y América. Está en posesión de diversos premios como periodista. El Ministerio de Defensa le otorgó la Cruz al Mérito Militar con distintivo blanco como historiador militar. @mundiario

Cada año se incautan en España 10 millones de objetos falsificados, valorados en unos 700 millones de euros, pero se reconoce que apenas representa una mínima parte de la falsificación.

Según datos de la de la Asociación Mundial de Consumidores (WCO), el mercado de las copias, sólo de la moda y sus complementos mueve unos 600.000 millones de euros al año. Se dice que  el poder social de la marca es tal que, en lugar de dejar de comprarlas, muchos optan por adquirir su versión falsificada. La gran factoría que mueve ese mercado está esencialmente en China, pero también en otros lugares del mundo, pero a más reducida escala, como Portugal o la misma España. A veces, la mercancía ilegal es enviadas bajo falsos manifiestos a grandes puertos de Europa y distribuida posteriormente a los mercados elegidos. Es decir, pueden hacer escala en Francia, Reino Unido u Holanda.

China produce industrialmente falsificaciones y réplicas de todo tipo de productos que los manteros senegaleses y otros colectivos venden en nuestras calles. Esto provoca una competencia que acaba con muchos pequeños negocios y tiendas legales, por lo general de autónomos, que pagan impuestos, la seguridad social, el impuesto de radicación y las tasas municipales. No se trata de reprimir la venta ambulante legal, que no tiene nada que ver con la actividad ilícita de la distribución de falsificaciones. Las normas sobre marcas y comercio internacional obligan a España a perseguir esta actividad, que un sector del nacionalismo catalán -en su ignorancia- dice que no debe ser perseguido...Pero todos somos cómplices cuando adquirimos estos productos...El problema de los colectivos de emigrantes extranjeros habrá que resolverlo de otro modo, pero no tolerando una actividad ilegal que crece cada día más.

Hay falsificaciones especialmente peligrosas, como la de juguetes. El Instituto Galego de Consumo tiene un museo de los horrores, de objetos retirados de los bazares orientales. Los plásticos quebradizos de algunas piezas se convierten en armas mortales, y las pinturas y recubrimientos contienen puro veneno que, dada la tendencia de los bebés de llevar todo a la boca, pueden producirles la muerte. Además, los productos chinos siguen sin cumplir los estándares de calidad que exige la Unión Europea y el conjunto de normas de protección de los consumidores.

España, como miembro de todas las organizaciones, convenios y entidades que persiguen la piratería está obligada a perseguir estos negocios ilegales, lo que obligó hace unos meses a cerrar el tradicional mercado vigués de “La Piedra”, tradicional y tolerado mercado de diversas labores y géneros de contrabando, señalado hasta en los Estados Unidos como uno de los focos mundiales del fraude comercial. Pero apenas unos metros, los manteros senegaleses vendían los mismos productos sin ser molestados.

La cultura de la marca produce obsesiones por aparentar.  Louis Vuitton es la firma de artículos de lujo más cara del mundo. Pero por 20 euros o menos si se regatea, se consigue un bolso igual en el top manta o en los mercadillos y rastros del país. Explican los entendidos que la única diferencia entre estos 'Louis Vuitton' y los de los escaparates de Serrano, Goya y Velázquez son —además de los más de 500 euros que cuestan en las tiendas de lujo— el plástico en asas e interiores, alguna costura imperfecta o pliegues de mala calidad. A simple vista, son exactamente iguales. Sólo que el del mercadillo es una falsificación. 

Seis de cada diez consumidores adquiere falsificaciones

Las falsificaciones son un delito contra la propiedad industrial e intelectual que, debe ser perseguida. Se acusa a España de ser especialmente tolerante. Según datos de la Cámara de Comercio de Madrid y la Asociación Nacional de Defensa de la Marca (Andema), uno de cada seis consumidores españoles admite comprar falsificaciones a pesar de conocer que lo que adquieren no es auténtico. Además, la crisis hace aún más atractivo consumir productos falsificados cuyo precio es hasta diez veces menor que el original. En otros países, como Francia, se  multa a los compradores.

Según datos del Ministerio del Interior, al año se incautan en España del orden de los 10 millones de objetos falsificados, valorados en unos 700 millones de euros, pero se reconoce que apenas representa una mínima parte del negocio de la falsificación industrial. China envía a diario contenedores de estos productos que ya cuentan con su propia red distribuidora, con intermediarios diversos.

Algunos manteros establecidos en España, como lo que se trataba de desmontar en Salou han ido ascendiendo en la escala del negocio y constituyen eslabones distribuidores que proporcionan la mercancía a los  escalones inferiores. Del total de productos aprehendidos, siete de cada diez están protegidos por  propiedad industrial —juguetes, electrónica, textil, calzado, complementos, cosméticos o relojes— mientras que los otros tres, a la propiedad intelectual: cds, dvds, o material reprográfico.