Y Pablo Iglesias, ¡ave, César!, giró su dedo pulgar hacia abajo

Pablo Iglesias.
Pablo Iglesias.

El sacrificio de Monedero ha sido en vano. En Podemos, como un disco rayado de mal agüero, sigue sonando la popular copla de Emilio José: “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio…”

Y Pablo Iglesias, ¡ave, César!, giró su dedo pulgar hacia abajo

El sacrificio de Monedero ha sido en vano. En Podemos, como un disco rayado de mal agüero, sigue sonando la popular copla de Emilio José: “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio…”

Ni siquiera utilizó el plural. Acercó su boca al micrófono, bajó la mirada hacia la chuleta que reposaba sobre la mesa y anunció urbi et orbi: “ha presentado su dimisión de los órganos directivos de Podemos y he aceptado su dimisión”. En primera persona del singular, oye, come il faut. O sea, como Felipe aceptó la traumática dimisión de Alfonso Guerra, como Aznar tuvo que abrir la jaula y dejar que alzase el vuelo el díscolo Manuel Pimentel, como Zapatero tuvo que elegir entre el Estatut y José Bono, como Rajoy practicó la interrupción voluntaria del embarazoso Consejo de Ministros en el que se sentaba Alberto Ruíz Gallardón.

Nunca se consulta a eso que llevan años llamando el partido o a eso otro al que ahora han empezado a llamar los Círculos. Aquí, ya ves, el nosotros, la primera persona del plural, solo se utiliza para alentar al personal a pasar por las urnas o a pasar por caja.

¡Marchando otra de caudillitos probeta!

Es lo que tienen los inescrutables caminos del poder (del que se ha tenido, del que se tiene, del que se aspira a tener), que todo sigue dependiendo, al final, de un solo hombre o una sola mujer. Que siempre hay un césar, desde la antigua Roma hasta nuestros días, cuyo omnipotente dedo pulgar decide la suerte física, política y social del resto de los mortales. Cuarenta años después de haberse producido la coincidencia paranormal de que Franco y España pasasen a mejor vida al mismo tiempo, je, en un prodigioso fenómeno planetario que sólo pudo eclipsar aquel otro que nos anunció, años después, una pitonisa a la que llamábamos Leire Pajín, los españoles, erre que erre, seguimos dando a luz caudillitos probeta, dictardozuelos de laboratorio mediático, líderes clonados a imagen y semejanza genética de los Tirano Banderas de los que, sin excesivo éxito, la verdad, intentó prevenirnos mi paisano Del Valle Inclán.  

¿Por qué le llaman dimisión cuando quieren decir cese?

Confieso, Director, que se me ha quedado clavado, como una espinita en el corazón, ese excluyente y egolátrico “he aceptado su dimisión” que ha salido por esa boca de aprendiz de César de Podemos. Es un “he” que ha sonado a mayestático, a ver si me entiendes, como el “nos” protocolario del Vaticano que subraya ante sus rebaños la indiscutible infalibilidad de todos y cualquiera de los sucesores de Pedro. Es una versión castosa y casposa del ¡Roma no paga a traidores!, en un escenario que, a mis escasas luces, desprendía cierto olor, on line, naturalmente, a caída de otro imperio romano. Yo, porque no soy Manuel Gómez Pereira, el director de cine que nos lanzó aquella pregunta hace unos años: ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, si no, estaría ya preparando otra comedia con un nuevo y sugestivo título entre interrogaciones: ¿por qué le llaman dimisión cuando quieren decir cese? Esa contradicción, precisamente, es la que lleva practicando la casta desde que tenemos uso de razón democrática. Y, éramos pocos, llevábamos pocos años aceptando dimisión por cese, y llega este chico de Podemos y nos sirve gato por liebre ¿También tú, Pablo, hijo mío…?

Ni contigo ni sin ti…

Por lo visto nadie, ni Íñigo Errejón, ni Carolina Bescansa, ni Luís Alegre, en permanente riego de sus mentes prodigiosas, le ha explicado que este país, este pueblo, además de perito en lunas, es perito en de la tonadilla y olé. Que todos sabemos que, desde el enojoso asunto con Hacienda, Monedero para Podemos ya no era la estimulante inspiración de una nueva ideología, sino la deprimente y contradictoria inspiración de una vieja copla que sonaba en la organización como un disco rayado: “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio” Contigo, Juan Carlos, porque los estabas matando; sin ti, ay, porque corren el riesgo de acabar muriendo. Lo que ha elegido Pablo Iglesias, no nos engañemos, es el mal menor de la segunda posibilidad frente a la cruda realidad de la primera certeza. Lo que ha hecho es cesarle, coño, aunque intente evitar llamarle a las cosas por su nombre, asunto muy tópico y típico en la política genuinamente española. Y el problema ahora es que el ex cofundador y sin embargo amigo de Pablo Iglesias, puede volar libre como un pájaro de mal agüero, quizá en círculo, en círculos, vamos, como las aves rapaces, quizá solo a través del ciberespacio, tal vez en ambas modalidades al mismo tiempo, hasta convertirse en un incordio, en el Pepito Grillo integral y digital de un proyecto que empieza a correr el riego de que le crezca la nariz.

Tanto, tanto ruido. Tanto ruido y al final…

Dicen que hay una epidemia de tristeza y desencanto en muchos barrios de muchas ciudades. Que han empezado a borrarse pisadas y han dejado de sonar muchos latidos. Que están acudiendo a las comisarías, procedentes del número 15, letra M, de la calle melancolía de Sabina, ciudadanos indignados, ciudadanos ilusionados, que denuncian que les han robado el monedero. Han empezado a hacer un ruido sonoro y fratricida, incompatible con el ruido del silencio de indignados e ilusionados que, desde hace meses, acuden a las comisarías a denunciar que Monedero les robado el corazón, el voto y la cartera. Mucho, mucho, mucho ruido. Ruido platos rotos/ruido compartido/ruido viejas fotos/ruido empedernido. Ruido de cristales/ruido de gemidos/ruidos animales/contagioso ruido. Ruido de conjuros/ruido malnacido/ruido del pasado/desgastado ruido. Ruido qué me has hecho/ruido yo no he sido/ruido insatisfecho/ruido incomprendido. Ruido de frenazos/ruido sin sentido/ruido de arañazos/ruido, ruido, ruido. Tanto ruido y, al final, la soledad. Tanto ruido y, al final, quizá el final.

Y Pablo Iglesias, ¡ave, César!, giró su dedo pulgar hacia abajo
Comentarios