El tic tac, tic tac, tic tac... marca las horas en una España surrealista

Pablo Iglesias, líder de Podemos.
Pablo Iglesias, líder de Podemos.

El reloj de España nunca marca el inicio halagüeño de una cuenta hacia adelante, sino el inicio de una cuenta atrás intimidante, arrojadiza y excluyente por los siglos de las siglas.

El tic tac, tic tac, tic tac... marca las horas en una España surrealista

El reloj de España nunca marca el inicio halagüeño de una cuenta hacia adelante, sino el inicio de una cuenta atrás intimidante, arrojadiza y excluyente por los siglos de las siglas.

En ocasiones, Director, veo relojes, como el niño del Sexto Sentido veía muertos. Relojes blandos, viscosos, deformes, que lo mismo se derriten y resbalan sobre la mesa del despacho oval de la Casa de Ladrillo de Rajoy, que cuelgan de la rama sin hojas de ruta de un árbol seco y hueco que se parece un horror a Podemos o se amoldan sibilinamente a una silueta deforme, gangrenada, inescrutable, que algunos estudiosos del surrealismo podrían llegar a asegurar que es España. Ya he acudido yo a la consulta de un amigo comecocos, no vaya a ser el diablo que esté poseído talmente por el espíritu delirante de Salvador Dalí. Pero el discípulo de Freud ha descartado inmediatamente la necesidad de hacerme un psicoanálisis.

Este mal rollo con los relojes es ancestral, genético, consecuente con una historia de España cuya banda sonora es un monótono tic tac, ¿no lo oyes?, que siempre inicia una cuenta atrás y jamás sugiere el comienzo de una cuenta hacia adelante. Aquí, los relojes se ponen siempre en marcha para jodernos los unos a los otros, para que una España acojone a otra, para que un tic tac, tic tac, tic tac agorero, arrojadizo, intimidante, perturbe el sueño de un pueblo condenado a volver a empezar, una y otra vez, por las siglas de los siglos.

El tic tac de Pablo Iglesias

Mismamente, el último tic tac de Pablo Iglesias, ese que ha sembrado el país de incautos españoles con yuyu y mesillas de noche con frascos de ansiolíticos, no es un reflejo proustuiano en busca del tiempo perdido, sino puro vudú electoralista. No suena en La Puerta del Sol donde cada año se reúnen los españoles para engullir las uvas de la suerte, sino en esa otra Puerta del Sol en la que últimamente se comparten uvas de la ira. Cierto es, señores del jurado, que en mi humilde opinión tan escueto discurso fue el más elocuente, el  más sugestivo, el más descriptivo de todos los que le ha escuchado hasta la fecha un servidor al joven aspirante a presidir un País de Nunca Jamás. Lo que pasa es que sólo es un plagio del paradigmático y subliminal tic tac del cocodrilo aquel  con el que la factoría Disney sobrecogió nuestras infancias. Los cocodrilos de todas las especies, dicho sea sin ánimo de establecer odiosas comparaciones, es que en cuanto saborean carne de brazo de Capitán Garfio, de brazo de escaño o del largo brazo del poder, pasan del instinto natural a la obsesión, del hambre a la gula, de los sueños revolucionarios de Robespierre a los delirios imperiales de Napoleón.

Una España surrealista

Pero bueno, a lo que íbamos. Que en ocasiones veo relojes, como el niño del Sexto Sentido veía muertos. Que después de las surrealistas elecciones andaluzas se me ha quedado la misma cara de gilipollas que cuando salí de una sala de cine intentado descifrar el jeroglífico en blanco y negro de Un Perro Andaluz. Que hay días, la verdad, en los que los líderes y lideresas de los partidos políticos españoles, ¡dios los cría, ellos se juntan y revuelven y nosotros les votamos!, je, me permiten intuir cómo pudo germinar en la insondable cabeza de Dalí la delirante figura del Gran Masturbador. Porque estos señores y estas señoras que mandan o quieren mandar están más enganchados/as al onanismo que un mandril en estricto cautiverio, lo que yo te diga. Que ahora resulta que el surrealismo no fue una corriente que pasó por España y fijó su capital itinerante en Figueras o Cadaqués. Ca. En realidad es una manera de ser, una manera de estar, una manera de gobernar, una manera de votar, una manera de convivir, una manera de informar, una manera de escribir la historia de un pueblo y un país con capital permanente en Madrid.

Me asomo a una ventana, como esa de Dalí en la que Gala contempla el mar a contraluz, y no suena la vida como banda sonora de España, sino un tic tac intemporal, intranscendente, pestilente, procedente de distintos y distantes partidos políticos. El tic tac de Rajoy, por ejemplo, es personal e intransferible. Está marcando el tiempo que le falta para despejar una incógnita que le mantiene con el corazón en un puño: si acabará, ¡oh, Dios!, convirtiéndose en el Churchill español. O sea, si al final de una crisis, de una guerra, en la que se le ha exigido al pueblo tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas, Sir Mariano, como in illo témpore Sir Winston, recibirá como recompensa un billete de vuelta a casa. Que conste en acta que en cuestión de Presidentes de Gobiernos españoles de origen gallego, no es por acojonar, oye, pero las estadísticas te son incluso menos propicias que las funestas encuestas que maneja el actual inquilino de La Moncloa. Desde Eugenio Montero a Portela y Casares Quiroga, pasando por Vincentis, Canalejas, Datos (incluido Calvo Sotelo, aquel señor que acogió en generosa adopción mi pueblo y mi gente), los primeros ministros “made in Galicia” es que nos han durado menos en el cargo que la mismísima Olvido Hormigos en la Casa de Gran Hermano. A excepción de Franco, claro, que en vez de dejarse convencer para ser Primer Ministro, consiguió vencer y convencer al personal, por ese orden, claro, para convertirse en Primer Caudillo.

Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac…

El tic tac del reloj de la calle Ferraz parece el preludio de 2016, Odisea en el espacio socialista español. ¿Qué va a ser de estos chicos y estas chicas, eh?, ¿cómo va a acabar el cuento de Pedrito Sánchez y el lobo, perdón, la loba? ¿Por quién acabarán doblando al final  las campanas? Y el tic tac que estos días repica a gloria en la cabeza de Albert Rivera es el inicio de una peligrosa cuenta atrás que conduce a Ciudadanos hacia una encrucijada homérica: ¿será capaz el joven Ulises catalán de regresar al idílico reino de Ítaca del centro que tanto amó Adolfo o sucumbirá a los hipnóticos y maléficos cantos de sirena de la vieja derecha decaída y decadente? Y, bueno, sale un tic tac fúnebre del reloj de pulsera de Rosa Díez, como un réquiem precoz, como una profecía de otro idus de marzo. Y un tic tac de Izquierda Desunida, ¿no lo oyes?, que retumba en la tupida, ecléctica y obsoleta selva comunista como el eco de inexorables y cada vez menos lejanos tambores de guerra. Y están, verás, el tic-tac de los relojes que no han podido, no han sabido o no han querido sincronizar Artur Mas y  Oriol Junqueras, dos hombres y dos destinos por mucho que intenten demostrar lo contrario. En realidad sus delirios independentistas no han marcado a la misma hora, en el mismo lugar, con las mismas oscuras intenciones, sus respectivas citas (una artificial, la otra apasionada) con la historia.

¡Menudo Cristo!
No me negarás, Director, que España está hecha un Cristo, asunto por otro lado recurrente a lo largo de nuestra historia. Lo que pasa es que antes era un Cristo convencional, de toda la vida, de esos que evocabas contemplando el Cristo de Medinaceli, el de los Gitanos de Granada, el de imagineros de Pucela, el yacente de las “madrugás”. Y no como ahora, en esta España que está metida en un Cristo tan surrealista, tan surrealista, que sólo te permite establecer odiosas comparaciones con el estrambótico Cristo Invertido de Salvador Dalí.

 

El tic tac, tic tac, tic tac... marca las horas en una España surrealista
Comentarios