El tardío 'mayo español' electoral no ha traído cola, sino una anecdótica coleta

Pablo Iglesias.
Pablo Iglesias.

El Objeto Volante No Identificado de Podemos ha desencadenado expedientes X por toda la geografía política y mediática española. ¡Quién dijo miedo habiendo democracia!, comenta este autor. 

El tardío 'mayo español' electoral no ha traído cola, sino una anecdótica coleta

El Objeto Volante No Identificado de Podemos ha desencadenado expedientes X por toda la geografía política y mediática española. ¡Quién dijo miedo habiendo democracia!

Están los ufólogos como locos, oye, intentando averiguar de qué planeta sociológico procede ese Objeto Volante No Identificado al que llamamos Podemos. Van pasando los científicos de la cosa por las tertulias, los amanuenses por las columnas de los periódicos, los enteradillos por las charlas de café, los millones de nuevos Sabios de Grecia por las redes, cada loco con su tema, con su teoría, con sus claros u oscuros objetos del deseo y, a medida que el pasado 25-M ha iniciado su inexorable destino de desvanecerse en la historia, no le da a uno la sensación de haber ejercido de televidente, de lector de periódico, de miembro de una peña de cafetería, de radioyente o de navegante solitario por los insondables océanos on line, sino talmente de gilipollas.

¡Esa guerra de sus mundos, no es mi guerra!

Hubo un tiempo, cuando Orson Wells montó aquel legendario show radiofónico de “La guerra de los mundos”, en el que personal se lo hizo encima, con perdón, acojonado ante la hipótesis de una invasión de los extraterrestres. Pero, francamente, chico, tras el generalizado show mediático español que ha precedido a la ficticia guerra electoral europea, confieso que la diarrea amenaza la integridad de mis gayumbos ante la  evidencia de un aterrador guión basado en hechos reales: La invasión de los terrestres.

Tanto tiempo mirando hacia arriba a ver si acababan destruyendo el mundo los alienígenas, y resulta que vamos a acabar con él, con nosotros mismos, los terrícolas, esa especie en el vértice de la pirámide evolutiva de Darwin que, a mis escasas luces, padece, padecemos instintos básicos e irrefrenables de autodestrucción personal y colectiva. Terrícolas como  Merkel, como Rajoy, como Susana Díaz, como Madina, como Junqueras, como Le Pen, como euroescépticos, como xenófobos, como Pernandos Barrenas, como Draghis, como Lagardes, como lobos de Wall Street, como citymen de Londres, como fantasmas de Forbes, como Junckers, como Shulzts, como Tsipras, como Valderas, como Pablos Iglesias, gente así, obsesionados con provocar la guerra de sus mundos, en los que tradicionalmente han acabado jodiéndonos, con perdón, los mismos perros con distintos collares ideológicos de quita y pon. Con todos los respetos para los millones de colegas de especie que se alistan entusiásticamente, iracundamente, desesperadamente, interesadamente, resignadamente en sus distintos ejércitos, ésta no es mi guerra, colegas.

Cambiarlo todo para dejarlo todo igual

Llamadme desertor, si queréis. Pero me produce melancolía dedicar mi tiempo a eliminar discapacitados capitalistas que ya están muertos en vida, enterrados bajo escombros de Dollares y Euros. Me produce alergia resucitar a Pablos Iglesias que ni siquiera saben que, de mayores, a pesar de su inteligencia artificial reflejada y avalada en sus aireados expedientes académicos, podrían acabar reencarnándose en aburguesados Dani El Rojo o en enloquecidos Stalin. Me da grima malgastar mi corta vida al monótono y estéril compas de los tecnócratas. Me revuelven el estómago los tipos que lanzan sermones de rojos y acumulan patrimonios y cuentas corrientes de azules. Me dan arcadas cuando los conservadores lanzan mensajes progresistas en una botella que navega por aguas revueltas electorales. Un intelectual, en la actualidad, con honrosas excepciones, es un imbécil que ha tirado su vida leyendo y repitiendo lo que han pensado otros, a cambio de la efímera recompensa en vanidad que le otorga esa parte del pueblo que se pasa su existencia admirando a papagayos. Me joden los empresarios que, si fuesen trabajadores, dirigirían “piquetes informativos” Me conmueven los trabajadores que, si fuesen empresarios, se rasgarían las vestiduras ante el derecho a la huelga. Los ricos son adictos al dinero, porque en sus pesadillas están cubiertos de harapos, huérfanos de techo y hurgando a la desesperada en los contenedores de basura. Los pobres son adictos a la caza de los ricos porque en sus sueños de las mil y una noches recorren las deslumbrantes alfombras rojas que conducen a las listas de la revista Forbes. Y claro que siempre nos queda una revolución pendiente. Pero la maldita y tozuda historia nos ha demostrado que siempre lo han cambiarlo todo para acabar dejándolo todo, al final, exactamente igual.

La poligamia ideológica

Que conste en acta que un servidor está encantado con la promiscuidad electoral que ha surgido del frío de las urnas. El 25 de mayo, la España cerrada y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma inquieta, se levantó con la tradicional bigamia entre un partido en el gobierno y una “querida” como alternativa en la oposición, y se acostó practicando la poligamia desenfrenada en una comuna ideológica que me río yo de las legendarias comunas hippys de California dreams. Si aquellos chicos de la playa, ¿recuerdas?, nos encandilaron in illo témpore con buenas vibraciones, ¿por qué se han extendido las malas vibraciones con los chicos de podemos, eh...?

El tardío “mayo español” y otros mayos de Europa

Es el miedo, Director. El miedo de unos contra el miedo de otros. El virus sociológico más letal contra la salud de la democracia. Hemos renunciado a la valentía de la democracia interior e interiorizada, y nos hemos aferrado al pavor que produce la democracia de cartón piedra, el decorado sociológico de la intolerante libertad que sólo es legítima cuando ganan “los nuestros”. Se ha mostrado en todo su esplendor y toda su miseria en éste tardío y peculiar “Mayo español” que, a diferencia del mítico “mayo francés”, en vez de estallar sólo en las calles ha explotado como una bomba racimo en las urnas. Como el retardado mayo británico del euroescepticismo; como la versión indigesta del nuevo mayo francés que los ha puesto a Europa de corbata; como ese xenófobo mayo danés que volvería a inspirar la Náusea a Jean Paul Sartre; como el mayo paneuropeo de la abstención, del que por lo visto han tomado buena nota todos los dirigentes de la cosa, “hemos entendido el mensaje”, je, pero con tinta invisible, naturalmente, por coherencia con el mantra sagrado de la austeridad.  

De las urnas de los nuevos europeos ya no salen Freddys Krueger

A mí, este “mayo español” electoral me ha dejado con mal cuerpo, qué quieres que te diga. Al principio parecía que podría traer cola, reflexión, propósitos de enmienda, controles de calidad de nuestra depauperada democracia. Pero, al final, en la España política, mediática, sistemática y automática, solo ha traído coleta. La larga y anecdótica coleta de Pablo Iglesias: ese señor que puede mirar hacia atrás y comprobar que le han seguido un millón doscientos mil españoles. Allá él con el uso o el abuso que haga de sus votos, como el uso y el abuso que han hecho de los suyos todos y cada uno de los partidos políticos españoles. En la democracia que late en mi interior, no existen votos útiles y votos inútiles, ni votantes listos y votantes tontos. Eso queda para la democracia de salón, para el estadismo escénico, para los sesudos gurús mediáticos, para los salvapatrias, de un lado y del otro, que se pasan la vida acojonando al personal con la vil amenaza de que viene el “coco”

¡Qué poca confianza debe tener la neo Europa oficial en la vieja Europa civil, si cree que vamos a permitir que los “cocos” de nuestras pesadillas puedan ser las Le Pen, los euroescépticos, los nórdicos Xenófobos, los Tsipras o los Pablos Iglesias…! La democracia europea postnazi y postGulag, es una placenta sociológica en la que abortaría cualquier reencarnación política e ideológica de Freddy Krueger. A mí, por ahora, me quitan más el sueño los eurócratas, los mercados, los banqueros, los gobernantes castrados, los medios de comunicación subvencionados, los mercaderes de Bruselas y el subjetivo parecido de Ángela Merkel a Cruella Deville.

El tardío 'mayo español' electoral no ha traído cola, sino una anecdótica coleta
Comentarios