Soldadito español, soldadito valiente; empresario español, empresario cobarde…

Mariano Rajoy. / Mundiario
El presidente Mariano Rajoy, en la CEOE.

Fatuos gobiernos se ponen las medallas y se comen los marrones del empleo. Pero son los empresarios los que lo crean, los que lo destruyen y los que son incapaces de transformarlo...

Soldadito español, soldadito valiente; empresario español, empresario cobarde…

Los fatuos gobiernos españoles se ponen las medallas y se comen los marrones del empleo. Pero son los empresarios los que lo crean, los que lo destruyen y los que son incapaces de transformarlo, como se transforma la energía.

Se ha perdido la buena costumbre de dedicarle pasodobles al personal. Pasodobles de chufla, pasodobles de fuego, pasodobles de lidia, pasodobles de fondo de armario, como aquel que cantaron generaciones de abuelos en plazas de toros y generaciones de biznietos en campos de futbol, no sé si te acuerdas, en dos épocas, distintas y distantes, en las que un tal Marcial Lalanda les parecía “el más grande” a algunos adictos  a los pases de pecho entre sangre y arena y, un tal Marcial Pina, su viva reencarnación para algunos forofos de los pases al hueco en inolvidables tardes de esplendor en la hierba.

Marianete, Marianete, si no sabes gobernar pa qué te metes

Hemos cambiado el pasodoble resiliente a los avatares del tiempo, “Cántame un pasodoble español que al oírlo se borran mis penas”, por el dichoso hashtag comprimido, cutre, obsolescente, que apenas da tiempo “pa que hierva la sangre en mis venas” mientras se  diluye en las redes sociales como un azucarillo. Antes, primero iba el mensaje del respetable público, del pueblo, convenientemente envuelto en el papel regalo de la música: “Manolete, Manolete, si no sabes torear pa que te metes”, y después venía el correspondiente diluvio universal de almohadillas. Pero es que ahora, verás, se empieza siempre por las almohadillas y luego se sirve una sopa de letras concatenadas, de ganso, con un mensaje más austero que las dichosas recomendaciones de Bruselas:

#marianetemarianetesinosabesgobernarpaquetemetes.

 A lo mejor es que estos hashtag cañís, typical spanish, son la evolución natural del viejo pasodoble español que se ha impuesto en este país que ya no es para viejos. Puestos a recortar, por recomendación explícita de la Troika, hemos reducido a la mínima expresión las nóminas, las pensiones, la población ocupada, el honor político, la dignidad sindical, el número de españoles con techo, las raciones del pan nuestro de cada día, la autonomía de vuelo de nuestros dulces pájaros de juventud, el periodismo incoloro e inodoro, el mundo maravilloso, What a wonderful world,  de las clases medias cuyos sueños giraban a 45 revoluciones por minuto al compás de la esperanza que surgía de la garganta rota de Louis Armstrong. En esa escalada de recortes, era inevitable prescindir de los derroches de explicaciones como esas sobre el estado anímico de la Zarzamora. ¿A quién coño le importa ahora qué tiene, por qué, hasta cuando, la dichosa zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones? ¿Para qué entrar en superfluos detalles de un drama, tantos dramas de tantas anónimas Zarzamoras, que se pueden reducir a una almohadilla y 19 letras comprimidas como sardinas en lata:#quetienelazarzamora?

¡El pasodoble ha muerto! ¡Viva el hashtag!

¡El pasodoble ha muerto! ¡Viva el hashtag! Ya no importa la madre que parió a Lola Flores, sino los internautas que dan a luz cada día los trending topic que compiten en las listas efímeras de los nuevos “40 principales”. Cierto es, señores del jurado, que el hashtag tiene una clara ventaja sobre el pasodoble: resulta mucho más sencillo memorizar la letra. Lo que pasa es que es una ruina para los karaokes y un repelente para nuestros mayores, miradles, que se refugian en Benidorm como último reducto para echarse un baile con Los Pajaritos. Hombre, sí. Hay abuelas y abuelos que todavía trasnochan en las verbenas de las fiestas mayores de sus pueblos, entre versiones de David Bisbal y perversiones de los Rolling, con la desesperada esperanza de poder emular a John Travolta si la orquesta de turno saca del baúl donde se pudren sus viejos repertorios, qué sé yo, Suspiros de España o Paquito el Chocolatero que, por cierto, a lo tonto a lo tonto, se ha hecho imprescindible para los más sofisticados DJs de la jet y los más friquis pincha discos del vulgo cuando quieren que el personal desinflado se les venga arriba.

¡Cántame un pasodoble español…!

Para algún ávido lector que haya llegado hasta este punto y aparte en un encomiable acto heroico de paciencia, soportando el síndrome de abstinencia de política, economía y droga dura de esa que nos inyectamos directamente en vena, Director, acepto los reproches que se me puedan hacer por no haber ido al grano, al lío, a los asuntos del chollo de la cuestión que interesan en esta España efímera que pasó y no ha sido. Esa que sigue teniendo la cabeza cana, como la volvería describir Antonio Machado. Pero no me negarán ustedes que, en un país en el que el que está a la page, de rabiosa actualidad, todo lo doble: doble contabilidad en los partidos, doble moral en los políticos, doble vara de medir en los juzgados, doble interpretación de la Constitución, doble número de parados que la media europea, doble índice de pobreza que en occidente, doble número de imputados que en los países civilizados, doble rescate a la banca, doble producción de ERES, organizaciones sindicales desdobladas en ángeles y demonios, patronales con el doble de mercachifles y carteristas que de empresarios, tampoco es una aberración rescatar el pasodoble genuinamente español, ¡Cántamé un pasodoble español!, de sus cárceles de vinilo y de celuloide en blanco y negro.

Empresario español, empresario cobarde

Hoy quería cantaros un pasodoble español como aquellos que hacían que hirviese nuestra sangre en las venas. Una réplica de Soldadito español, soldadito valiente, pero por la cara B, inédita, cuya letra se transforma en Empresario español, empresario cobarde. Porque, aquí, mucho echarle la culpa al que nos pilla más a mano. Mucho desahogarnos con el pim pam pum a Zapatero, a Rajoy, como muñecos de feria democrática que nos permiten hacer terapia placebo colectiva con el tiro al blanco. Pero, los verdugos son los empresarios, no nos engañemos. Esos reyezuelos Sol, rodeados de Esquilaches, Richelieus, validos doctorados en economía y recursos humanos en rimbombantes universidades (con sus respectivos currículos que cortan el hipo), cuya vacuna contra la crisis, la baja productividad, las anémicas cuentas de resultados y la ansiosa avaricia de sus amos y señores, es presentar a la firma de sus absolutistas soberanos sentencias de muerte laboral en cadena. No sé si detrás de una gran mujer habrá un gran hombre o viceversa. Pero estoy seguro que detrás de un empresario o una empresaria españoles hay siempre un pequeño/a ejecutivo/a ratificando el infalible Principio de Peter con la salida mediocre de los despidos en masa y el volumen de ERES genuinamente españoles que se merecen un apartado en el libro Guiness de los record.

Los lunes, las semanas, los años, la vida al sol

Ya sé, ya sé que nuestros políticos son tan tontos, tan oportunistas, tan marionetas manejadas por hilos invisibles de sus asesores, tan fatuos, que han llegado a creerse que pueden crear empleo, que el empleo son ellos, ja, como in illo témpore el Estado era el Rey Sol. Pero el empleo son los empresarios. Ellos lo crean, ellos lo destruyen y ellos son los incapaces de transformarlo a imagen y semejanza de la energía. Un empresario español de esos que habitan en el Olimpo del IBEX 35 o de esos otros que les andan a la zaga por los inescrutables caminos los Mercados, son ahora mismo dioses con pies de barro, becerros huecos chapados en oro adorados por gobernantes serviles y gobernados rebotados, desconcertados, hastiados de caminar sin rumbo por el desierto de la crisis. Pero con todas las honrosas excepciones que puedan confirmar la regla, me atrevo a afirmar y afirmo que los empresarios españoles, esos que un día sí y otro también claman para que se promocione la dichosa “Marca España”, son precisamente los que están dejando el pabellón de este país por los suelos. El hazmerreír de Europa, del occidente y del mundo. Esos payasos, con ínfulas de salvadores de la patria que, por cualquier evento político, económico o sociológico internacional en el que hacen acto de presencia, provocan escenas y murmullos de esos que hieren la sensibilidad de los espectadores:

        ¡Ahí tienes a esos aspirantes a Rockefellers hispanos, oye! ¡Esos bárbaros de

        ahí abajo que por donde pasan no crece el empleo! ¡Hay que tener cara para ir

        de estiradillos con una joroba a sus espaldas de seis millones de parados y

        un 55% de jóvenes tirados en las cunetas profesionales y laborales!

¡Hay que tener cara, mucha cara, para calificarse de empresario en un país en el que, más de 25 de cada cien españoles censados como población activa, se pasan los lunes, y los martes, y los miércoles, y las semanas, y los meses y los años y, quizá el resto de su vida, al sol!

Soldadito español, soldadito valiente; empresario español, empresario cobarde…
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