Precipitación, errores, quebrantos y chapuzas en la proclamación de Felipe VI

El acto de juramento de Felipe VI.
El acto de juramento de Felipe VI.

Mariano Rajoy no estuvo en su sitio. Tampoco su mujer. Ni Gallardón. Y el viaje de la Reina Sofía a Suiza no ayuda a la anunciada regeneración moral del Reino.

Precipitación, errores, quebrantos y chapuzas en la proclamación de Felipe VI

Mariano Rajoy no estuvo en su sitio. Tampoco su mujer. Ni Gallardón. Y el viaje de la Reina Sofía a Suiza no ayuda a la anunciada regeneración moral del Reino.

 

El análisis con la calma y perspectiva adecuadas de los acontecimientos que acaba de vivir y está viviendo el Reino de España permiten establecer ya una serie de conclusiones en el sentido que las cosas pudieron hacerse de otro modo, con menos precipitación, por un lado, con más respeto al propio sentido de los actos y su carácter simbólico y, sobre todo, sin conculcar los derechos y libertades de los españoles.

Visto en conjunto, tal y como se han desarrollado y se están desarrollando los acontecimientos, todo parece una chapuza improvisada. Si se sabía con tiempo que Juan Carlos I iba a rendir su mandato, ¿no hubiera sido razonable legislar lo necesario con calma y serenidad en un asunto de tanta importancia, en lugar de ir improvisando sobre la marcha?

Resulta esclarecedor el análisis que, desde el punto de vista del valor jurídico de determinados actos realizó la profesora Dolores del Mar Sánchez González, titular de Historia del Derecho y de las Instituciones de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, centrada en el valor simbólico del protocolo, como elemento visualizador del orden constitucional y el modo en que Rajoy, como presidente del Gobierno equivocó su papel en los actos principales, usurpando las funciones de los presidentes de las Cámaras, especialmente la del titular del Congreso de los Diputados, aparte de la extravagancia de llevarse a su señora, que institucionalmente no es nada.

Rajoy no estuvo en su sitio

Según la Constitución, el rey es proclamado “ante las Cortes”, no ante el Gobierno. Por lo tanto, a Rajoy (sin su esposa) no le correspondía estar en el estrado, junto a los presidentes de las Cámaras, sino en su sitio en el Congreso, el banco azul del Gobierno. Y lo mismo se puede decir de cualquier otro poder del Estado, invitado al acto. También se pregunta la doctora Dolores del Mar Sánchez, si en un acto civil como aquella no hubiera sido más adecuado que Felipe VI vistiera chaqué y no uniforme de gala de Capitán General.

Pero aparte se echó en falta la presencia en primer plano del notario mayor del Reino, el ministro de Justicia, Ruíz Gallardón, que debería aparecer justamente en el acto de la jura donde se impuso Rajoy.

El discurso del Rey

En cuanto discurso del joven Capeto, existe general unanimidad en que fue una ocasión perdida para dedicar las diversas lenguas de España partes de su parlamento, en lugar de la pobre y limitada alusión a intelectuales indudablemente republicanos y, en algún caso, muertos en el exilio.

Parecía una cita de muy forzado pie. Fue un discurso aseado, pero las alusiones a los graves problemas del país y la sociedad española deberían ser más profundas y explicarnos de qué modo al Corona arrimará su distante hombro al del resto de los españoles.

Faltó parte de la sociedad

En el abundante material gráfico que ha circulado con respecto a la recepción real, llama la ausencia de intelectuales, poetas, escritores, filósofos….¿Dónde estaba la España del pensamiento y la crítica? Sólo vivos toreros, gentes habituales del papel couché y la farándula, además de políticos de los partidos dinásticos… ¿Eso es lo que representa a la sociedad española?

Pero lo pero de todo de estas jornadas estuvo en la calle: no sólo en la forma arbitraria en que se conculcaron la libertad de expresión y manifestación, las coacciones policiales y otras agresiones, sino en el silencio cómplice de los medios o las hipócritas explicaciones como la delegada del Gobierno en Madrid, que no hace tanto se declaraba republicana. El 19 de enero de 2012, Cristina Cifuentes  se manifestaba contradictoriamente republicana, en sus declaraciones al diario “Abc”:

Acato la Constitución y creo en el papel fundamental de la Monarquía como institución, en la transición, en el intento de golpe de Estado y en la actualidad. Soy republicana por convicción ideológica. La Monarquía como concepto abstracto es una institución anacrónica en el siglo XXI. Entiendo que todas las instituciones sean electas. Para mí el modelo es el de los EEUU o el francés. Es una reflexión de carácter intelectual. Dicho lo cual, defiendo la actuación del Rey y no tengo ninguna pega. Hemos tenido mucha suerte con el Rey Juan Carlos.

O sea, una de cal y otra de arena. Pero lo más indignante es la hipócrita explicación que armó para justificas los atentados a sus derechos fundamentales que sufrieron numerosos ciudadanos, culpando poco menos que a los policías encargados de reprimir todo signo de pensamiento republicano, de haber actuado poco menos que por su cuenta a iniciativa.

La familia

Por último, hay dos secuencias de los invitados a la proclamación en el Congreso que parecen fotogramas de una película neorrealista italiana o del mundo onírico de Passolini.  Me refiero a esa tribuna del Congreso, donde una locutora de radio y un nonagenario taxista flanquean a una sindicalista que copia en los exámenes, la familia de la nueva reina, mientras una gradas más arriba, emerge el padre de la reina consorte de Su Majestad Católica, acompañado de su nueva pareja, que por lo visto ya ha sido admitida con visibilidad pública por la Casa del Rey. Estas imágenes hacen pensar inevitablemente en función de que unción sagrada, si un vástago de esta familia puede ser reina de España por qué de una familia parecida no puede salir una presidente de República, si los españoles así lo deciden.

Y el remate lo ha puesto la reina saliente, apenas ha esperado cuatro días a la proclamación de su hijo para enviar un inequívoco mensaje a la sociedad española, al correr al lado de su hija Cristina, a punto de ser imputada, y aparecer públicamente junto a Iñaki Urdargarín, un justiciable, de conducta no ejemplar, del que debería sentirse avergonzada. Se puede comprender que, como madre, acuda a su hija; pero sigue gozando de un estatuto público y sus gestos no pueden ser tan inequívocos en cuanto a su respaldo a dos personajes que la sociedad repudia. Y eso no es mostrar el respeto debido a los españoles.

No decía Felipe VI no sé qué de ejemplaridad, de tiempo nuevo…

Precipitación, errores, quebrantos y chapuzas en la proclamación de Felipe VI
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