¿Puede resolverse con sanciones una pitada a la marcha real como la del Camp Nou?

Felipe VI, en el palco del Camp Nou en el momento de la pitada al himno.
El Rey, en el palco del Camp Nou en el momento de la pitada al himno.

Que miles de aficionados catalanes y vascos piten el himno español no se resuelve con las sanciones de la Ley Mordaza o mandando la Guardia Civil a casa de esos aficionados.

¿Puede resolverse con sanciones una pitada a la marcha real como la del Camp Nou?

Que miles de aficionados catalanes y vascos piten el himno español no se resuelve con las sanciones de la Ley Mordaza o mandando la Guardia Civil a casa de esos aficionados.

Lo dicho: si miles de aficionados catalanes y vascos pitan el himno español, eso no se resuelve con sanciones de la Ley Mordaza o enviando la Guardia Civil a casa de tales aficionados. La solución pasa, sin duda, por reconocer la plurinacionalidad del Estado y aceptar que hay millones de ciudadanos que no nos sentimos identificados con la marcha real o la bandera roja y gualda como propia, aunque hayamos de respetarlos. Que miles no lo hayan hecho no debe entenderse como agresión a España, sino a una monarquía y a un régimen institucional que no ha sabido integrar la plurinacionalidad.

La marcha real y la bandera roja y gualda fueron adoptados por la monarquía borbónica como símbolos de una monarquía  centralizada, la misma que derogó las libertades catalanas en 1714, los fueros vascos en 1839 y tuvo que aceptar la independencia de las repúblicas americanas y, posteriormente, de Cuba o Filipinas (1898). También la que dividió en cuatro trozos provinciales "como la túnica de Cristo" el Reino de Galicia en 1834 y aplastó la Revolución gallega de abril de 1846. Pero es que este mismo himno y bandera, sustituidos por la República en 1931, representaron la victoria (que no la paz) de 1939.

Bajo esa bandera y a los acordes de ese himno fueron fusilados Alexandre Bóveda, Lluis Companys, Carrasco Formiguera (fundador de Unió), doce capellanes nacionalistas vascos y cientos de miles de españoles. El problema ya no es la desafección que cientos de miles de gallegos, catalanes y vascos le tengamos a este himno y a esta bandera. El problema es que no representa a millones de españoles por su conexión con un régimen que significó la muerte para muchos, la represión, la injusticia y el atraso durante décadas. Sólo en las generaciones más jóvenes ha existido un cierto rescate cívico de la bandera rojigualda con los éxitos de la selección española de fútbol.

La solución pasa, sin duda, por reconocer la plurinacionalidad del Estado

 

La transición blindó, junto con la Monarquía, este himno y esta bandera, al tiempo que evitó una auténtica ruptura democrática. Los Estatutos de Autonomía fueron sometidos a la jurisdicción de un Tribunal Constitucional que ha desarrollado su función como si de un árbitro casero se tratase, declarando la inconstitucionalidad parcial de las leyes de normalización lingüística o el Estatut aprobado por  la ciudadanía catalana y permitiendo una recentralización abierta que ha limitado en gran parte las posibilidades de autogobierno que la Constitución y los Estatutos abrieron.

En fin, el presidente Mariano Rajoy ha intensificado dicha recentralización y ha bloqueado cualquier avance hacia el reconocimiento, no ya del derecho a decidir, sino de toda mejora del autogobierno y de la financiación autonómicas. El sistema institucional español está agotado y cualquier esquema de convivencia plurinacional parece posible, pero ciertamente remota. En estas circunstancias, ¿nos puede extrañar lo ocurrido en el Camp Nou?

¿Puede resolverse con sanciones una pitada a la marcha real como la del Camp Nou?
Comentarios