Con el pelo plateado y con nietos, muchos olvidan que somos hijas del rock

Hijas del rock.
Hijas del rock.

Tuvimos una educación represiva, pero la rebeldía adolescente nos ayudó a superar tanto adoctrinamiento. Además ahí estaba el mundo,  la música fue el motor que nos empujó a conocerlo.

Con el pelo plateado y con nietos, muchos olvidan que somos hijas del rock

La verdad es que ya sabíamos bailar el twist, con nuestros 13 años gloriosos de 4ª de Bachiller. A pesar de la responsabilidad amenazante y pesada de la Reválida,  lanzábamos el Diabolo hasta dejarlo colgado en los aleros del tejado del colegio, y hacíamos girar el Hula hop y sobre todo bailábamos el twist con la misma dedicación total. Los Beatles nos eran atractivos por raros, por extranjeros, porque eran un refresco efervescente que nos distraía de nuestros rutinarios estudios, y sobre todo, nos alejaba de la grisura de rosarios y novenas obligadas y   rechazadas con gesto de aburrimiento. Aunque todavía no éramos conscientes de la perversidad de una educación represiva, nos defendíamos sin esfuerzo con toda la fuerza de nuestra ingenuidad, con las ganas de jugar y de vivir  sin pensar en el futuro. Lo teníamos todo por delante y quizá por eso corríamos por el patio de recreo persiguiéndonos y jugando para luego volver a codazos a ocupar los pupitres asignados, rayados y tatuados con tinta Inoxcrom.  13 años nosotras, y los Beatles sacudiendo el flequillo. Una vez  en la clase bailábamos,  y nos reíamos mucho antes de que llegara Sor Adoración, porque la entrada de Sor Adoración significaba el fin de la fiesta, y probablemente nos caería algún castigo para ponernos en orden inmediatamente.

— ¡Qué vergüenza, señoritas, parece mentira!

Y a nosotras la vergüenza de Sor Adoración nos importaba un comino porque estábamos a mediados de los 60 y el aire era música. Hacíamos que al ritmo de la música se levantara el tableado de nuestros uniformes hasta cotas inadmisibles y a la salida de clase seguíamos girando la cintura adolescente bailando y tarareando “come on, come on, come on  baby…na”

Teníamos 14 años, revoltosos y contestones, los de “no me da la gana” y de “Ah, pues a mí me gusta”. Y a las tardes nos sentábamos en los respaldos de los bancos del parque a comer pipar y a hablar, y hablar hasta por los codos porque pasaban muchas cosas interesantes por ahí.

Con el pelo plateado y con nietos, muchos olvidan que somos hijas del rock
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