El magnicidio colectivo político, monárquico, popular y mediático de Adolfo Suárez

Adolfo Suárez con Felipe González.
Adolfo Suárez con Felipe González

¡Oh capitán! Tu espantoso viaje está a punto de concluir. Las conciencias de los Brutos no logran conciliar el sueño desde aquel “Idus de Marzo”. ¡Has ganado!

El magnicidio colectivo político, monárquico, popular y mediático de Adolfo Suárez

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Tu espantoso viaje está a punto de concluir. Las conciencias de los Brutos no logran conciliar el sueño desde aquel “Idus de Marzo”. ¡Has ganado! La historia te ha puesto un piso amplio y soleado en sus páginas

En una cama de la Clínica Cemtro, bajo las sábanas de la primavera recién nacida en Madrid, se me desvanece como del rayo Adolfo Suárez, el único Presidente de la restauración democrática española al que he votado, al que tanto he echado de menos y con quién tantos sueños enterré cuando cayó abatido por las balas políticas, financieras, sindicales, militares, populares, mediáticas y monárquicas de la confabulación más grande jamás contada para planificar, organizar y ejecutar un vergonzoso magnicidio colectivo.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Tu espantoso viaje está a punto de concluir…

El paso del Rubicón y los Idus de Marzo

España es un país tan cobarde, que ni siquiera dejó cuerpo del delito. Es un país tan cínico, que utilizó indetectable democracia envenenada para que la historia forense certificase su muerte política por causas naturales. Es un país que ha acumulado tanto rencor entre sus dos eternas, destructivas y manipulables dos mitades (esas que incluso helaron ilustres corazones como los de Larra y Machado), que no pudo, no quiso permitir que un joven y desconocido intruso de Cebreros intentase acabar, de una vez, con su patética adición a los juegos prohibidos entre vencedores y vencidos y viceversa. Todavía late el corazón del hombre que cruzó el Rubicón que separaba la dictadura de la democracia, y salen vomitivos Marco Antonios de debajo de las piedras, escuchadles, plagiando el teatral discurso de Shakespeare tras los idus de marzo: “¡Amigos, españoles, compatriotas, prestadme atención! Vengo a despedir a Adolfo….”

El único presidente al que voté

Hoy puedo confesar, sin el mínimo rubor democrático, que no he votado a ninguno de los sucesivos inquilinos que fueron “okupando” La Moncloa tras el desahucio de Suárez. Quizá porque mi niñez y mi juventud trascurrió en una zona sociológica de nadie, donde las campanas no repicaban por los últimos vencedores y no doblaban por los últimos vencidos. Tal vez porque en la república independiente de mi casa, de mi cole, me hicieron soñar con un pueblo capaz de salir del diván de un doctor Freud liberado de su esquizofrenia cainita. Probablemente porque me enseñaron a creer que los seres humanos, a pesar de sus circunstancias orteguianas, no hemos nacido para ser prisioneros de nuestra historia pasada, sino escultores de nuestra historia futura.

Quitadme, si queréis, ese carné de demócrata devaluado que nos concedemos o declaramos caducados con tanta facilidad, ay, en esta arrogante e intolerante España, miradla, invadida de paladines de la libertad advenedizos y ridículos “nuevos ricos” pavoneándose en el selecto club de Estados de Derecho. Porque hoy puedo confesar que sigo enamorado platónicamente de la Transición. Que la usencia del Centro que yo amé, o sea, del espacio sociológico equidistante entre Génova, Ferraz y su respectivos satélites “ideoilógicos” (¡toma ya palabro!), me duele como a Juan Ramón Jiménez la ausencia de Zenobia o a Matilde la nostalgia de Pablo Neruda. Hoy puedo confesar que la célebre y celebrada foto de Felipe y Guerra en el balcón del Palas, se me antoja un paradigma electoral de secular revancha cañí; y las fotos de un Aznar laureado en el balcón de Génova, una ridícula, absurda y estéril recreación de batalla del Ebro servida en plato frío, tras 14 años de falsa paciencia democrática; y el advenimiento de ZP, ¡más madera para el “guerracivilismo” patológico nacional!, un desafinado canto de sirena de una izquierda, cogida por hilillos genéticos, que ha olvidado el rumbo hacia Ítaca; y la última victoria de Rajoy en el clásico PSOE-PP, aunque las comparaciones resulten odiosas, otro frívolo Madrid-Barça o Barça-Madrid, ¿qué más da?, en el que nunca salen ganando las aficiones y jamás salen perdiendo los jugadores, los Cristianos de Génova, los Messis de Ferraz, sea cual sea el resultado.

La mayoría siempre tiene razón

Ahora, como te digo una cosa te digo la otra. Siempre he aceptado los designios de las mayorías. Creo, como planteaba un graffiti pintado en las paredes de la España de Suárez, que millones de moscas no pueden equivocarse, aunque luego no siguiese el consejo que nos daba a los transeúntes aquel anónimo filósofo urbano: ¡coma mierda! He respetado a todos los presidentes que habéis votado, a vuestros Felipes y Zapateros, a vuestros Aznares y Marianos. Los he respetado mucho más que vosotros al mío, el Adolfo de unos cuantos, aquel hombre sólo ante el peligro, el que estuvo decidido a morir de pie la larga noche en la que la España parlamentaria prefirió intentar vivir de rodillas, besando los suelos del Congreso, mientras un guardia civil con bigote, como de copla de Lola Flores, montaba una “Sanjurjada” que nunca comprenderé cómo acabó formando parte de la filmografía de Berlanga.

¡Qué error! ¡Qué inmenso y maravilloso error!

Ahora, mientras se desvanece en la historia el único Presidente de este país que ha intentado ser de todos, en vez de ser presidente sólo de los suyos, me habría gustado que en Madrid apareciesen las violeteras como aves precursoras de otra primavera. Hermosas chulapas, con cestillos al brazo, pregonando a los cuatro vientos que volviésemos a lucir en el ojal de España, donde sólo se reflejan pines de partidos, de sectas ideológicas, de siglas resultadistas, la herencia de pacto, de diálogo, de consenso, de tolerancia, de unión, de borrón y cuenta nueva (sin vencedores ni vencidos y viceversa) de aquel chico de Cebreros que llegó a La Moncloa conduciendo un humilde 127. Aquel error, inmenso y maravilloso error humano, en cuya cabeza hervía una Constitución equidistante, un Estado de Derecho homologable, la humildad de leerse el Samuelson y escuchar las lecciones magistrales de Fuentes Quintana, el valor de resucitar a Carrillo dos años después de haber enterrado a Franco, la osadía de poner firme al ejército, el pecado mortal de aprobar el divorcio, la bendita imprudencia de enfrentarse con un gobierno de PNNs a los mitológicos dioses de la banca, a los empresarios “bulldozer” del franquismo, a la sigilosa epidemia del Opus, al vudú clandestino de la burguesía y al hambre de revolución pendiente de un pueblo llano, de padres e hijos, avergonzados de haber dejado morir a un dictador en la cama, de viejo.

El centro sólo era Suárez, como el Atletic era Iribar y 10 más

Adolfo I “el constituyente” se va, pero se queda. Lo echamos del Palacio de La Moncloa, pero le ha puesto un piso amplio y soleado la historia. La misma vieja dama que acabará desahuciando de sus páginas a muchos de sus sucesores. Dejó la política cuando comprendió  que en España no existía el Centro, sino que el centro era él sólo y unos cuantos arribistas, como el Atletic fue una vez Iribar y diez más. Perdió la memoria cuando se dio cuenta de que en este país empezaban a ocurrir cosas que no merecía la pena recordar. Cosas que ahora se pasean como fantasmas por las cabezas de Felipe, de Aznar, de Zapatero, de Rajoy, uuuuh, quizá incluso por sus conciencias, hasta que la muerte pise sus respectivos huertos. Claro que quiso vencer en las urnas, pero jamás renunció a no intentar convencer. Incluso es posible que fuese el tahúr del Misissipi que desenmascaró el ingenioso y visionario Alfonso Guerra. Pero el tiempo ha demostrado que sus ases en la manga siempre intentaban beneficiar a España. Y no como las sucesivas trampas de sus sucesores, oye, que el tiempo ha demostrado que intentaban beneficiar a sus partidos y a sus cuentas corrientes.

Ni está el mañana ni el ayer escrito

Me confieso, padre, de haber votado sólo a Adolfo Suárez for president. Al Kennedy español que trazó una “Nueva Frontera”, fue víctima propiciatoria de un magnicidio y por el que nadie encendió siquiera una llama en su Arlington político. Al chico corriente, de clase media, de Seat 127, cuya triste mirada castellana, tras enterrar a Amparo (premio Romi Lachi, mujer buena, del Secretariado Pro-Gitano), fue tan elocuente y conmovedora como la prosa de Delibes tras enterrar a Ana, la inmortal “Señora de rojo sobre fondo gris”. Al hombre que subió a la tribuna de las Cortes para iniciar el desguace del franquismo y, echándole un par, puso a los procuradores en suerte y les entró a matar con la sutil espada de unos versos proscritos de Machado:

    “Está el hoy abierto al mañana/Mañana al infinito

     Hombres de España: ni el pasado ha muerto,

     ni está el mañana ni el ayer escrito”

A los demás, simplemente, los he aceptado democráticamente; los he padecido en minoría absoluta; les he dado márgenes de confianza y me han hecho sentir serena vergüenza ajena con sus Gales, sus napoleónicas fotos de las Azores, sus nauseabundos brotes verdes artificiales y sus apestosas historias interminables de casos Gürtel. Me alegro de no haber sido corresponsable, en ninguna de las urnas, de sus pasos con pocas huellas democráticas y muchas huellas sospechosas.

 
 
Fotos históricas de Adolfo Suárez, el político que puso a andar la democracia en España.
 

El magnicidio colectivo político, monárquico, popular y mediático de Adolfo Suárez
Comentarios