España está tomada por influyentes e influenciables jaurías humanas digitales

Dibujo de David Vela.
Dibujo de David Vela.

Si se nos cuela un Hitler, un Stalin, un Franco, un Chávez, un tipo de esos proclive a instaurar oprobiosas dictaduras, en esta era de la virulenta velocidad del ADSL, que Dios nos coja confesados…

España está tomada por influyentes e influenciables jaurías humanas digitales

Si se nos cuela un Hitler, un Stalin, un Franco, un Chávez, un tipo de esos proclive a instaurar oprobiosas dictaduras, en esta era de la virulenta velocidad del ADSL, que Dios nos coja confesados…

Como aquellas ciudadanas de París, ¡libertad, fraternidad, igualdad!, que bajaban su taburete y su calceta a la Plaza de la Bastilla para vibrar con los siniestros conciertos de la guillotina. Como el populacho que acudía a las citas de la Inquisición para esnifar el insoportable hedor a carne quemada. Como los espontáneos coros de alemanes arios, cuyos nietos quieren hacer marcar a Europa su paso de la oca, que jaleaban a los verdugos nazis y se mofaban de las víctimas propiciatorias judías. Como todos los seres anónimos que, a lo largo de la historia de la humanidad, se han consolado de sus desgracias propias con el nauseabundo efecto placebo de las desgracias ajenas.

El impune delito del asesinato social electrónico

Asco. Esa es la palabra que se le viene a uno a la boca después de cada paseo diario por las hediondas catacumbas de la red. En los nocturnos, alevosos e impunes núcleos urbanos y rurales virtuales nos hemos declarado en huelga permanente de recogida de basuras. La basura espacial es una anécdota en comparación con la basura ciberespacial que circula en órbita alrededor de este planeta azul por fuera y negro en el insondable interior de sus habitantes ¿Quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde coño vamos en realidad?

Tras una ventana en la que se divisa una lucecita de madrugada, en un inocuo vagón de metro, en el enternecedor patio de un colegio en horas de recreo, en el salón de un hogar, dulce hogar, donde un ama de casa se toma un respiro, en solemnes despachos públicos y reputados despachos privados, millones de francotiradores aprietan los gatillos de sus ordenadores, sus IPhones, sus tablets, sus incruentos y sofisticados artefactos, ¡oh, esas armas de destrucción masiva adaptadas para sembrar la tierra de muertos vivientes!, y practican esa frívola o dolosa, pero siempre cobarde modalidad del asesinato social, que ni siquiera deja cuerpos del delito.

Seres humanos reducidos a trofeos caza digital

Y luego, claro, está la caza. La menor y la mayor. La cinegética cibernética que no pudo incluir Miguel Delibes en su antológico y apológico “Diario de un cazador”. La despiadada caza del ser humano, a ser posible, tocado, herido, hundido (que siempre resulta un blanco más sencillo), para poder exponer sus despojos, en forma de trending topic o fenómeno viral, en las salas de exposición de twitter, de facebook, lugares intangibles de esos donde la gratuita vanidad de vanidades se marchita como flor de un día. Hombre, por lo menos en la caza tradicional los inquietantes trofeos de la cosa, cabezas de jabalí, de venado, de zorro, resisten toda una generación expuestos en un discutible, discutido y, a mis escasas luces, trasnochado salón.

¡Dadme un ratón de apoyo y moveré el mundo!

¡Patético, tronco! Hemos pasado de un pensativo y épico Arquímedes que clamaba por un punto de apoyo para mover el mundo, a una epidemia de atolondradas y vulgares fotocopias que pretenden mover el mundo, con mayor o menor ingenio, apretando el botón de un ratón. ¿En esto consiste la teoría de la evolución de las especies, incluida la especie humana, claro, en los albores del siglo XXI? Por favor: ¡que paren el mundo, que me apeo! Como además el asunto es viral, según la definición de los intelectuales de la cosa, su velocidad de contagio por ADSL (Línea de Abonado Digital Asimétrica), resulta más alarmante que la velocidad de contagio de la gripe aviar, de la legionella o del ébola, aunque al personal se la traiga floja la virulencia digital que plaga la tierra de cadáveres vivos, y se los ponga de corbata la virulencia orgánica que alarma a la humanidad con oleadas de certificados de defunción.

Así somos, así estamos viviendo los habitantes de la Tierra en pleno siglo XXI. Adorando ante un ordenador, un Iphone, una tablet, el más perverso ingenio digital, y bostezando de aburrimiento ante cualquier síntoma de inteligencia emocional. Nos pone mucho más, y a muchos más, un hilarante tuit elaborado con alevosía, que algunos hombres buenos que todavía intentan prevenirnos de que las campanas, aquellas que el Tío Hem se preguntaba por quién doblaban, han empezado a hacerlo, ding, dang, por la empatía.

Las nuevas jaurías humanas  

Escribo estas líneas, Director, sobrecogido por la crueldad, consciente o inconsciente, ¿qué más da?, que está exhibiendo mi prójimo en las redes sociales que se han convertido en un paradigma de hacer leña de los árboles caídos: las tonadilleras convictas, confesas y encarceladas, las Duquesas muertas e incineradas, cualquier víctima propiciatoria para organizar nauseabundas jaurías humanas digitales.

Virgencita, virgencita: que no se nos cuele ahora un Hitler, un Stalin, un Mussolini, un Mao, un Batista, un Castro, un Franco, un Che, un tipo de esos que podría instaurar otra oprobiosa dictadura a la supersónica y perversa velocidad del ADSL.

España está tomada por influyentes e influenciables jaurías humanas digitales
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