Egipto enmudece mientras los sables desenvainan su brillo acerado

Los militares egipcios protagonizan el control del gobierno en un oscuro y cruento proceso de reafirmación del golpe de estado.
Los militares egipcios protagonizan el control del gobierno en un oscuro y cruento proceso de reafirmación del golpe de estado.

El ejército egipcio controla el gobierno. La complicidad de las fuerzas opositoras, que clamaban democracia en la plaza de Tharir al derrocado Mubarak en 2011, hipoteca el futuro del país.

Egipto enmudece mientras los sables desenvainan su brillo acerado

José Saramago en su obra Ensayo sobre la ceguera, publicada en 1995, arguía la descomposición de una sociedad en el que el egoísmo exacerbado contribuía a la ceguera de sus protagonistas. Tan sólo uno de ellos permanece indemne a la enfermedad cegadora. "Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos", así definía el escritor luso la insondable cavidad del alma. Lo innombrable es la común aceptación del horror. Desde ese preciso instante, dejamos de ver y la ceguera se aposenta en nuestro iris. En un mundo de ciegos, ¿cuál es nuestra responsabilidad?.

 

En Egipto las mezquitas se han transformado en provisionales campos de refugiados. La cruenta represión que han sufrido los miembros del partido Libertad y justicia, ha configurado un mapa de prófugos y clandestinos en todo el país. Son más de 3000 los detenidos Al secuestro del Presidente electo Mohamed Morsi y su círculo de colaboradores, se le sumó el 14 de agosto el asesinato de más de un millar de partidarios de los Hermanos Musulmanes por la acción de los militares, tras el desmantelamiento de la acampada en El Cairo. Posteriormente la estrategia planteada por el gobierno provisional que sustenta el ejército, fue la de detener a los máximos dirigentes espirituales y organizativos, como es el caso de Mohamed Badie.

 

Adli Mansur preside el gobierno transitorio tras el golpe de estado del 3 de julio. La manifestación del 30 de junio fue la excusa que esgrimieron las fuerzas opositoras -salvo contadas excepciones- para apoyar incondicionalmente el protagonismo violento e instigador de las fuerzas armadas. Lo único relevante en la esfera política gubernamental ha sido la dimisión de Mohamed el Baradei. La aceptación del que fue Premio Nobel de la Paz en el año 2005 en esta confabulación, resultaba dificilmente comprensible. Tras las muertes provocadas por el ejército, el exvicepresidente indicaba. "Creo que la estabilidad y prosperidad sólo se lograrán mediante un consenso nacional y, la paz social, a través de la creación de un estado civil, en el que no se implique la religión en política". Mientras el poder militar gestione la capacidad de diálogo éste no existirá. Ha volado todos los puentes de entendimiento. A este creciente escepticismo favorecen las inquietantes declaraciones que realizó en días previos a la matanza el Secretario de Estado estadounidense, Jhon Kerry, cuando manifestaba que: "Al ejercito le pidieron que interviniera millones y millones de personas. Los militares no tomaron el control, según nuestra interpretación, hasta este momento. Hay un gobierno civil que rige el país. De hecho, restauraron la democracia". ¿Son imaginables estas declaraciones, por ejemplo, en el caso de España, y otros países europeos con creciente y masiva oposición y manifestación de los ciudadanos frente a los ajustes económicos y la corrupción...? En el mismo interrogante se halla la UE -Unión Europea- que se ha mantenido en un insolente mutismo salvo para una breve visita de la jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton, a la que no dejaron entrevistarse con Morsi y que tuvo que contentarse con un escueto "se encuentra bien", del juez que preside el gobierno golpista. Luego ha venido una tímida suspensión de la concesión de licencia de exportación de armas, que chirria con la no condena a la insurgencia militar.

 

El desconcertante escenario no sólo se mantiene en la perspectiva política. Tras el furibundo y sangriento ataque armado contra los manifestantes musulmanes, éstos han respondido en las poblaciones rurales y alejadas de El Cairo o Alejandría con el incendido de hasta 42 iglesias de los cristianos coptos que, junto a laicos, liberales e izquierdistas respaldaron la caída del gobierno legítimo. De esta manera la concatenación de hechos va propiciando la consolidación -si alguna vez no dejo de serlo- del ejército como fiel de la balanza con respecto al orden y a la convivencia. Y aquéllos se han convertido en cómplices y colaboradores del nuevo régimen. Precisamente las fuerzas que clamaban en la plaza Tahrir contra la expresión del gobierno autoritario de Mubarak, son las que ahora defienden a su aparato represor, que ahora lidera -siempre lo fue con la anuencia de las fuerzas de seguridad y los aparatos de inteligencia- la confusión de esta incierta transición.

 

En la plaza de Tharir, espejismo de un tiempo nuevo, no cesan en modificar los iconos que lo alejan de esa visión ilusoria. La fotografía de Abdelfatah al Sisi se hace habitual. El actual comandante de las Fuerzas Armadas y del Ministerio de Defensa, nombrado por Morsi y, aparentemente hombre de su confianza, no dudó en mantener cerrada la espita de la presión social, para asegurarse la explosión de la olla egipcia. La más que probable ilegalización del partido Libertad y Justicia, confina a los musulmanes a otra etapa de oscuridad, como la que vivieron desde el año 1954, con el gobierno de Abdel Nasser, hasta el 2011 con la caída del poder de Hosni Mubarak. La fractura social se recrudece. Cuestión benefactora para los privilegios de la milicia que se frota las manos. El brillo acerado de los sables parece haber cegado a todos los que contemplan con vehemencia la pérfida actuación militar.

 

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