¿Está contaminado el caso Asunta para que lo juzgue imparcialmente un jurado popular?

Alfonso Basterra y Rosario Porto, rodeados de policías.
Alfonso Basterra y Rosario Porto, rodeados de policías.

"Me cuesta creer que Basterra sea un asesino, más bien quisiera creerlo también una víctima, aunque haya sido cómplice del execrable crimen, lo que no merma su responsabilidad", escribe este autor.

¿Está contaminado el caso Asunta para que lo juzgue imparcialmente un jurado popular?

Me cuesta creer que Basterra sea un asesino, más bien quisiera creerlo también una víctima, aunque haya sido cómplice del execrable crimen, lo que no merma su responsabilidad.

Hace un año escribí un artículo en el que, basándome en mi conocimiento de la personalidad de Alfonso Basterra, a quien traté profesionalmente como periodista, concluía que me costaba mucho suponerlo un asesino, y menos de un crimen tan atroz. Básicamente vine a decir que me parecía una buena persona, acaso un tanto taciturno y reservado; pero nada más. De Rosario Porto poco podía opinar, salvo que cuando Alfonso me la presentó en un acto social en el Hostal de los Reyes Católicos, me pareció una muchacha alegre, culta y enamorada. De Basterra me sigue costando admitir que pueda ser el monstruo que se dice.

A raíz de aquel artículo, que era la única voz que defendía a Basterra, me requirieron infinidad de medios para que opinara sobre el caso; pero precisé que lo que yo podía aportar no era ni un dictamen médico ni un informe pericial, sino una simple opinión social, basada en el afecto que conservaba por Alfonso y mis recuerdos de nuestro trato cordial como compañeros en un mismo periódico.

Debo confesar que la primera nube que se interpuso en mi apreciación natural era la falta de emoción que tanto uno como otra mostraron, sin especial abatimiento, una vez detenidos, en cuanto trascendieron las conversaciones entre ellos, digo la falta de emoción que mostraron y que se supone debe ser reacción humana en los padres que han perdido a una hija.

Estos días, he vuelto a participar en un debate sobre el caso, con la participación de un prestigioso criminólogo y del letrado de Rosario Porto. Expuse mi punto de vista: me cuesta creer que Basterra sea un asesino, más bien quisiera creerlo también una víctima, aunque haya sido cómplice del execrable crimen, lo que no merma su responsabilidad.

Con carácter general, he de decir que nunca me gustó el modo en que ha sido diseccionado este caso, especialmente por algunas televisiones, que han formulado juicios paralelos de manera harto insensata. El caso va a ser conocido por un jurado popular, y la terrible pregunta es si los dos acusados tendrán un juicio justo o un proceso contaminado por la irresponsabilidad con que se han presentado como hechos probados meras conjeturas. El veredicto del juicio paralelo ya está dictado.

El letrado de Rosario se quejaba de que las filtraciones que, a su entender, pueden haber contaminado el caso, no proceden, curiosamente de los medios, sino de la propia sede judicial. Por otro lado, el secreto del sumario afecta a quienes tienen relación con el mismo, pero no priva a los medios de ejercer su derecho a investigar y contrastar los hechos por su cuenta. Cierto que hay jueces, como el famoso juez Bermúdez, de la Audiencia Nacional, que es partidario de ciertas restricciones a la investigación paralela de los medios, mediante un disuasorio sistema de multas, que podría no ser plenamente compatible con el artículo 20 de la Constitución española. Pero los medios deben de ser responsables antes de establecer conclusiones precipitadas sobre pruebas endebles o meramente circunstanciales.

En crimen, al juzgar, lo que importa es el crimen en sí mismo; es decir, el acto que provoca un determinado resultado. Y luego, la causa que lo ha provocado; pero es imprescindible establecer la relación entre ambos extremos para determinar la responsabilidad agravada o no de los asesinos. Desde el punto de vista de la “técnica criminal”, si nos atenemos a las pruebas que han ido trascendiendo, este crimen es bastante estúpido en cuanto a su ejecución. Algunas evidencias son descuidos que cuesta creer se permita un criminal que ha preparado sus acciones.

Pero sigue sin descubrirse la gran incógnita: ¿Qué pudo llevar a los presuntos asesinos a matar a su hija, si es que efectivamente lo hicieron ellos? Las primeras pesquisas establecieron que el matrimonio de Alfonso y Rosario no era una familia tan modélica como parecía. Algunos medios se encargaron de establecer sus propias conclusiones. Para unos Alfonso Basterra se presentó como un hombre débil de carácter, enamorado de su ex mujer, Rosario Porto, y atado a ella por una dependencia emocional y económica. Ella fue presentada como una bruja, una niña bien, de una familia en buena posición, a la que querría recuperar con la esperanza de que las cosas volvieran a ser como antes. Como cuando eran felices y adoptaron a Asunta.

La prensa del País Vasco descubrió que el padre de Alfonso, Ramón, cobró 3.000 euros antes de acceder a hacer un retrato de su hijo para una televisión, como “un pobre hombre que adoraba a su familia y sería capaz de cualquier cosa con tal de dar gusto a su mujer. Bueno, de cualquier cosa no: en el peor de los casos, su papel se limitaría al de encubridor, mera comparsa”.

Sin embargo, pronto apareció la teoría opuesta: la de un Alfonso Basterra manipulador y posesivo, resuelto a vengarse de su pareja. Del contenido de los correos electrónicos que se cruzaron los padres de Asunta y del resultado del examen psiquiátrico a que se sometió Rosario Porto se estableció que  Alfonso ejercía gran influencia sobre ella, del que sólo se habría liberado al iniciar una nueva relación.

Algunas televisiones se sumaron a la nueva teoría. La bruja no era ella. El malo era él. Basterra no fue capaz de superar la separación ni las aventuras de su ex mujer, una vez separados. Quedó en una situación peculiarmente curiosa: era el refugio al que se acogía Rosario cada vez que terminaba alguna de sus esporádicas relaciones. Y, siempre según los medios diseñadores del caso, Alfonso se hizo de nuevo con las riendas de la pareja.

En este caso, ¿qué papel jugaba en esta tragedia la pobre Asunta? Era una niña inteligente, brillante, prometedora…¿Por qué matarla? Aquí las especulaciones se disparan: celos, herencias, necesidad de borrar el pasado y sin obstáculos empezar de cero. Los primeros móviles que se barajaron en los medios apuntaron que podían ser los celos de la madre por el éxito de una hija tan brillante que la relegaba a un segundo plano. Cuando irrumpió en escena un amante, la niña se convirtió en el lastre que la impedía empezar de cero.

Algunos investigadores dicen que las pruebas contra Rosario son abrumadoramente críticas; pero entienden más desdibujada la responsabilidad de Basterra, pese a los extraños sucesos de su entorno. Pero también es cierto Alfonso quien había comprado esas enormes cantidades de Orfidal -el medicamento con que se sedó a la niña antes de matarla- y quien presuntamente se lo suministró en la comida. Además, ¿quién cambió el disco duro del ordenador de Alfonso, que apareció limpio de información en el segundo registro de su domicilio?  

Dicen los criminólogos que, con frecuencia, los casos que parecen más complicados son en realidad la cosa más sencilla del mundo. O al revés.

Pero nunca dejará de conmovernos esta tragedia, el amargo destino de la pobre Asunta y desde luego, la horrible maldad de quienes la asesinaron.

¿Está contaminado el caso Asunta para que lo juzgue imparcialmente un jurado popular?
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