La burbuja tecnológica se cierne sobre el Homo (¿Sapiens?) digital

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Pantalla, pantallita mágica: ¡el tuit nuestro, el whatsapp nuestro, el selfie nuestro de cada día dánoslo hoy, y mañana, y siempre…¡ ¡Amén!

La burbuja tecnológica se cierne sobre el Homo (¿Sapiens?) digital

Era un tipo que estaba tan sólo, tan sólo, que ni siquiera tenía amigos en faceboock, seguidores en twitter, contertulios a través whatsapp, ni lugares en la red donde pudiese caérsele muerto tan siquiera un selfie, que viene siendo la imagen de un autorretrato que vale mil gritos del silencio: ¡socorro!, ¡estoy aquí!, ¡vivo en este planeta!

Lo que pasa con los selfies, por ejemplo, es que siempre hay que poner a alguien o a algo por testigo, a poder ser una estrella de cine, un crack del fútbol, un galáctico del rock, un Taj Mahal o alguna de las siete maravillas del mundo para que le tomen a uno en serio. O sea, lo mismo que in illo témpore se ponía talmente a Dios como aval, a ver si me entiendes, como toda una generación pudo comprobar al final de una de las películas más taquilleras de la historia cinematográfica de la humanidad: ¡A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre!, un selfie sin el aval de una celebrity o de un paraje del exclusivo catálogo del patrimonio de la humanidad, es la ventanita al mundo al que se asoma un conmovedor ser humano en busca de diez segundos para imaginarse la vida sin la claustrofobia del anonimato y la frustración de la insignificancia.

La industria de la celebridad como producto de consumo en masa, con un proceso de accesibilidad modelo Zara o IKEA, en un caldo de cultivo sociológico que incita a caer en la hipoteca de los presupuestos familiares y permite llegar al extremo de sacrificar el alimento del cuerpo para poder acceder al alimento del ego, demuestra que el hombre sigue siendo el único animal capaz de tropezar dos, tres, mil veces con la misma piedra. Todavía estamos pegando a pedacitos una sociedad destrozada por la explosión atómica de la burbuja inmobiliaria; aún se cierne sobre nuestras vidas el gigantesco y exterminador meteorito de la escalofriante burbuja financiera y, por si fallase esa nueva alternativa para propiciar el fin del mundo, ya estamos desarrollando el nuevo arma letal de la burbuja tecnológica, miradla, que posee una variante aditiva que supera con creces la adición material tradicional de un techo o una tarjeta de crédito: engancha el ego, la razón de ser, el alma de miles de millones de seres humanos, ay, cuya respuesta al enigma de Hamlet: ¿ser o no ser?, es un móvil de última generación, una tablet, un IPhone, o cualquiera de esos artefactos que las pocas abuelas creyentes que nos van quedando calificaría de diabólicos.

No, de verdad. Hemos llegado a ese punto en el que un mocoso sin un móvil que llevarse a la oreja nos produce la misma compasión que in illo témpore, ¿recuerdas?, la imagen de un chiquillo sin un trozo de pan que llevarse a la boca. Nos paseamos todos los días por las calles pobres de solemnidad, ciudadanos pisando la delgada línea roja del umbral de la pobreza o  tipos de aquellos que éramos encuadrados en el enorme pelotón de los económicamente débiles, inyectándonos directamente en vena sobredosis digital talmente como si la regalasen, oye. Las APAS, los docentes y los frívolos y demagógicos gobernantes han incluido el asunto entre las prioridades de un Estado de Bienestar como Dios manda. Y, la sociedad en general, por delante o por detrás de los líderes de opinión, ya habla de la “brecha digital” con un alarmismo social a la altura de la brecha laboral, la brecha de pensiones, la brecha salarial y cualquiera de las brechas de primera necesidad que divide al ser humano (aquí, a los españoles, claro) en ciudadanos de primera, de segunda, al borde de la exclusión e incluso con billete sólo de ida a la nada.

No importa. Siempre nos quedará un Papá Estado para echarle la culpa. Siempre nos quedará un gobierno, cualquier gobierno, para pedirle la dimisión. Mientras tanto, las empresas que dan los mayores pelotazos son las de nuevas tecnologías, y las centrales de publicidad que más cotizan, que más facturan, son aquellas cuyos genios creativos han convertido el asunto digital en el nuevo Santo Grial de la humanidad.

El mundo real, Director, es un extenso Triángulo de las Bermudas sociológico donde van desapareciendo los anticuados seres humanos de carne y hueso. Aquellos que daban besos; aquellos que te abrían los brazos en las bienvenidas y las despedidas; aquellos que te regalaban sonrisas y lágrimas, en vez de enviarte estáticos muñecos sonrientes o melancólicos. Hemos cambiado aquella oración, no recuerdo a quién, en la que pedíamos “¡el pan nuestro de cada día dánoslo hoy!”, por una nueva plegaria en la que le pedimos a una fría pantalla: ¡el tuit nuestro, el guasap nuestro, el selfie nuestro de cada día dánoslo hoy, y mañana, y el día siguiente, y siempre! ¡Amén!

La burbuja tecnológica se cierne sobre el Homo (¿Sapiens?) digital
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