Buscar

Sociedad

Horacio Cardo, un argentino internacional, maestro de la ilustración

Horacio Cardo, un argentino internacional, maestro de la ilustración

Cuando le pedí al multipremiado caricaturista cubano-mexicano Ángel Boligán una opinión sobre Horacio Cardo me dijo: Es un gran artista, tronco de dibujante como has visto, es de la vieja guardia,  vivió muchos años en Estados Unidos y publicó en los principales periódicos y revistas. Ahora está redescubriendo nuestra cultura latina según me cuenta después de tantos años en USA. Horacio es de los grandes de Argentina, al nivel de Quino, Fontanarrosa, Crist, Sabat , entre otros. No fue difícil contactar con él, vía internet, y aquí les presento una síntesis de nuestra conversación, para disfrute de  los lectores de MUNDIARIO.

Ilustrador de opinión, dibujante, pintor de excelsas cualidades estéticas y conceptuales, con una visión crítica del mundo,  Horacio Cardo tiene, además, una destacada trayectoria internacional que le ha valido un bien reconocido prestigio artístico. Nacido  en Temperley, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 20 de mayo de 1944, desde niño le gustó dibujar. Los años pasaron y la vida y su talento le dieron una valiosa oportunidad laboral: llegó a residir en Manhattan durante doce años y allí publicó sus ilustraciones en el New York Times, el Washington Post, Los Angeles Times, las  revistas Times, Playboy y otras. Su trabajo despertó tanta admiración que recibió varias distinciones. Pero una combinación de factores de carácter familiar le obligaron  a regresar a  Argentina.  Retomó entonces su labor en Clarín, donde pertenece a su plantilla.

"Comencé a trabajar –expresa Horacio-  como humorista a los 17 años en Tía Vicenta, suplemento del diario El Mundo, el más importante de aquel momento, y a los veinte años fui contratado por la Compañía General Fabril Editora.  Mi debut fue ilustrar “El Compadrito”, de Jorge Luis Borges y Silvina Bullrich. He visto esos dibujos hace un tiempo y no me explico cómo me los publicaron."

"La ilustración  el dibujo, la pintura, la escultura, todo es una misma cosa. Los grandes pintores fueron todos ilustradores, pero algunos de capacidad limitada, denostan a la ilustración, a la historieta, a la caricatura, y se ponen por encima de ellas", añade. "Hay una diferencia fundamental entre el ilustrador free-lance y el ilustrador estable de una publicación. En mi caso, dibujo para Clarín desde 1979,  recibo un salario, y publico regularmente en la sección de  Opinión. Los editores confían en mi profesionalismo y no me piden bocetos. Esto es, me llega la nota, la leo, la interpreto visualmente y la envío para ser impresa, un proceso que nunca tarda más de tres horas (caso: el dibujo sobre el proxeneta). Hay un respeto mutuo. De trabajarse con bocetos, esto demoraría muchísimo más y solo redundaría en perjuicio del resultado final. En la sección de  Opinión generalmente escriben pensadores y políticos de todos los sectores, algunos inclusive contrarios a los intereses del diario, y los contenidos son muchas veces bastante controvertidos. De ahí que la ilustración a veces deba amortiguar o morigerar exabruptos. Reafirmar los exabruptos solo conduciría a rispideces innecesarias", sostiene.

"Con la mezcla de la técnica de la pintura con la imagen digital –dice-  quiero dar la ilusión del constante e interminable paso de imágenes de la vida, las cosas que se funden en otras, los recuerdos que se desdibujan y transforman en otros, porque ese circo íntimo ocurre únicamente en nuestra psiquis, y se hace más fuerte al entrar en la última parte de la existencia, cuando se apaga el ímpetu. Nos reinventamos todos los días para no exhibirnos ante nosotros mismos con la crudeza de la realidad. Es el ego que intenta mantenernos de pie para no caer de rodillas. Somos actores de un solo personaje, que es muchos. En el cine, esto se hace naturalmente, pero en una ilustración o una pintura —que para mí difieren en muy poca cosa—, esto es, en una imagen congelada, uno echa mano a cualquier subterfugio para lograrlo. Me parece que la mezcla de lo digital y lo manual, de la fotografía con la pintura, hace que una imagen quede a medio camino entre la realidad y la ficción."

"El collage -afirma-  es una inseminación artificial que mejora la raza de la pintura, un objeto real que sacude la uniformidad de un medio ficticio. Caballos de Troya a los que le damos la bienvenida como extranjeros capacitados que mejorarán nuestro medio. La computadora nos permite incorporar absolutamente cualquier cosa a las imágenes que creamos. Es una herramienta extraordinaria denostada injustamente, como todo lo nuevo."

La pintura ilustra nuestra realidad íntima; la ilustración, la realidad compartida. No hay otra diferencia, para mí. La ilustración es el verdadero arte conceptual, tan de moda, tan mal utilizado por advenedizos inescrupulosos. Ahora que el arte se ha convertido en una comodity más, todo vale. "Siempre les dije a mis colegas norteamericanos que era imprescindible cambiar la palabra “ilustración”, porque el editor cree que esa imagen debe ceñirse al texto escrito.  Y no es así. Cuando uno ilustra, lo hace en forma personal y generalmente ilustra el tema y lo enfoca según sus creencias, su forma de pensar. La visión del escritor ya fue dada, ¿para qué repetirla visualmente?", se pregunta.

El humor, la sátira y la ironía le resultan imprescindibles para salvarse de la desesperación. De manera que una ilustración a la que se le pueda agregar estos condimentos, hará de triunfante caballo de Troya en la conciencia del lector, dice. "Creo que la frase más irónica sobre el argentino no la crearon los humoristas sino los militares con su slogan: 'Los argentinos somos derechos y humanos'. Para reír hasta las lágrimas  El argentino es un ser incomprensible, impredecible, un lunático que habita su propio pedestal, construido prolijamente en ajuste con el de sus vecinos. Su inclaudicable ego le hace disparar desde lo alto de ese pedestal absurdo tanto una broma siempre hiriente y burlona, como una bala", concluye.