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El trono de barro, jaque al duque de Lerma, es la nueva novela de Teo Palacios

Podemos clasificar la nueva novela de Teo Palacios como un tributo al melodrama donde el contexto histórico es un recurso literario para lograr ese objetivo.

El trono de barro, jaque al duque de Lerma, es la nueva novela de Teo Palacios
El trono de barro, portada. / Edhasa
El trono de barro, portada. / Edhasa

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.

Teo Palacios se maneja bien en el asunto histórico y obras como La predicción del astrólogo son narraciones en las que suyace la intención literaria, aunque lo que se persigue es sobre todo el entretenimiento.

El trono de barro, publicada por Edhasa, es un melodrama logrado que utiliza la biografía de Francisco de Sandoval, valido del rey emperador Felipe III, para construir un relato en el que el amor, la infidelidad y la traición pervierten el curso ordinario de los acontecimientos. Palacios logra convertir el tema histórico es un pretexto para escribir una novela bizantina, como ya hiciera en su anterior trabajo, La predicción del astrólogo, dejando que los lances y romances palaciegos se conviertan verdaderamente en un asunto a novelar.

Que nadie espere una novela galdosiana o una sutil proeza literaria a lo Graves; estamos ante un autor que tiene la habilidad para estudiar el género y cultivarlo, que es hábil en las descripciones y se esmera en su fidelidad a reproducir uno de los formatos más cultivados por su aparente sencillez y por su exacerbado sentimentalismo. El melodrama nunca es fácil y, tras las biografías de los Austria, Palacios busca la anécdota, la intrahistoria, el detalle, los problemas de alcoba y los enamoramientos, sin otro fin que elaborar un marco costumbrista donde los personajes interpretan roles sentimentales que obedecen a las convenciones de la época, donde la nobleza aparece como vasallaje y los vasallos se comportan bajo un código de valores irreprochables.

Quizá la mayor virtud de la obra es su mezcolanza,pues ficciones, retratos y trifulcas amorosas entretienen desde la primera página, con sus errores y sus aciertos, pero dignificando un género que tiene su público y requiere cierta mano de orfebre.