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En los textos recogidos en Ayer y hoy, Pío Baroja se posiciona ante la Guerra Civil

Además de un excelente escritor, era un liberal sombrío, un pesimista satisfecho, un hombre pretendidamente neutral, de mirada elevada, pero demasiado propenso a las soluciones cómodas y arbitrarias.  

En los textos recogidos en Ayer y hoy, Pío Baroja se posiciona ante la Guerra Civil
El escritor Pío Baroja.
El escritor Pío Baroja.

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Javier Puig

Javier Puig

Articulista de literatura y cine, colabora en MUNDIARIO. Escritor de poemas y relatos.

En Ayer y hoy se recopilan los textos que Pío Baroja escribió en su exilio en Francia durante la Guerra Civil. Había huido de una situación difícil. A punto estuvo de ser fusilado por los requetés carlistas. Lo detuvieron, pero al fin, le franquearon el paso hasta la frontera. Uno de aquellos requetés le espetó: “Usted es el viejo miserable que ha insultado en sus libros a la religión y al tradicionalismo”.

En estos artículos, desde la distancia física, que no mental, nos describe su interpretación de los dramáticos acontecimientos que siguen acaeciendo en su patria. Desde afuera, pretende una posición objetiva ante el conflicto. Insiste en que no está de acuerdo, ni en la teoría ni en la práctica, ni con las derechas ni con las izquierdas. Además, dice que “de la izquierda y la derecha tengo algunos pequeño agravios, si no que vengar, al menos que recordar”. Pero, contradiciéndose continuamente, pronto se decanta y, sin darse cuenta de que resulta obvio, abandona su teórica imparcialidad.

La crítica al bando rojo es mucho más feroz. Sus argumentos son prácticos. Es verdad que su idea es más producto de una constreñida opción, urgida por los sangrientos choques, que una decisión serenamente valorada. Declara: “En estos momentos soy partidario de una dictadura militar que esté basada en la pura autoridad y que tenga fuerza para dominar los instintos rencorosos y vengativos de la masa reaccionaria y de la masa socialista”. Es como si la dictadura militar no la fuesen a imponer los blancos sino una especie de ángeles protectores, como si pudiese ser un desagradable lenitivo necesario, temporal: “Ya se comprende que la dictadura no tiene los caracteres de un régimen definitivo. Parece más una forma transitoria, la única posible en este país de momento”. Además, cree que se podría demostrar que todos los países viven en una dictadura más o menos disimulada. Lo que sería una verdad, más o menos parcialmente, aún hoy; pero ello no significa que no haya un distancia decisiva, enormemente sustancial, entre la disimulada y la explícita.

“En una época así, tan bárbara y tan bestial, vale más tirano que cien mil”, es su coartada perfecta. Como decía antes, a lo largo de sus textos, pese a sus esfuerzos en otras frases pretendidamente suavizantes, no puede disimular su decantación ante lo que él llama el bando blanco: “Ahora, si los rojos ganaran, lo que me parece poco probable, sería la vida caótica y sin sentido”. Distingue: “La crueldad roja ha sido repulsiva y además sistemática; la barbarie blanca ha tenido caracteres militares, antipáticos.”

De los reaccionarios, dice nunca haber pretendido sus simpatías, pero pensaba que sentirían un mínimo de respeto por quienes no comulgan con sus ideas. Sentencia: “He visto que no ha sido así”. Concluye que, en los prolegómenos de la guerra, los socialistas y los fascistas se atacaban a traición, y dejaban a cada paso cadáveres en las calles. Los jóvenes hacían alarde de su chulería. “La República Española ha vivido en plena dictadura, en pleno despotismo y en plena arbitrariedad. Ha suprimido periódicos, ha tenido el deseo de vejar. El nuevo régimen en lugar de empezar con cautela lo hizo con jactancias y despotismo hacia los enemigos. Nuestra revolución ha sido una revolución de ateneístas. Ateneísta en España es sinónimo de doctrinario, de incomprensivo y de pedante. Todos estos revolucionarios son unos pedantes y tienen una intransigencia parecida a la de los antiguos cristianos: `El que no está conmigo está contra mí”.

Sin embargo, de Baroja se podrían rastrear algunos precedentes ideológicos, no sometidos a los acontecimientos posteriores, como su anticlericalismo o su antisemitismo. “¿Se puede decir que la Iglesia ha favorecido a la clase adinerada? Sí se puede decir. Pero se persiguió al bajo clero, se prohibieron fiestas religiosas que a nadie estorbaban”. Su queja es la de los excesos, que existieron, pero que casi siempre ve en el mismo bando. No obstante, cuando sus ideas están enraizadas, es posible cierto equilibrio en su mirada: “En España los católicos se lanzan a la guerra a matar a los que, según ellos, son sus hermanos, a luchar por Jesucristo y por el amor al prójimo. Es cómico y absurdo”.

Baroja es profundamente antirrevolucionario: “La revolución es como un espasmo. Muchos se creen profetas. Las revoluciones son casi  siempre inútiles”.” La revolución no rechaza a nadie. Honorables y estafadores todos le sirven”. Se asombra de la pobreza intelectual de los contendientes: “Hoy nadie tiene ideas propias. No se leen libros despacio y bien. Se aceptan las teorías un poco porque sí. La humanidad no se enmienda”. No cree en el derecho del hombre llano a posicionarse en la política. Cree que los ciudadanos se dejan  embaucar, adquieren una fe ciega: “Que el socialismo y el comunismo tienen una raíz religiosa se comprende por su carácter absoluto y autoritario”. “Para arrastrar a una multitud, lo que se necesita son palabras sonoras, gritos, una canción, una bandera, un tambor. Ideas, ¿para qué? La mayoría de los políticos es gente oratoria, doctrinaria y mediocre”. Está claro que no cree en la autenticidad de sus coyunturales ideologías: “Llega un momento en que no son sus pobres ideas lo que defienden, sino su mando como sea”.

Distingue el fin que impulsa a ambos bandos: “Los rojos quieren castigar, vengarse. Tienden a la crueldad y el sadismo. Los blancos quieren vencer, puede que luego quieran castigar”. Es curioso cómo disculpa los males que infligen las dictaduras: “Ciertamente a los que somos liberales no nos asusta la libertad de acción de las dictaduras; lo que nos molesta es la falta de libertad de pensamiento”.  

 “El hecho de que la mayoría de los escritores viejos seamos odiados indica nuestra neutralidad. No tenemos simpatía ni en la derecha ni en la izquierda”, insiste. “No tengo interés personal en que triunfen los militares. Los carlistas estuvieron a punto de fusilarme, mi casa de Madrid ha sido bombardeada por los nacionales”, dice para excusar sus definitivas preferencias. Pero no olvida: “En “Claridad” – publicación socialista - se dijo que era una lástima que no me hubieran fusilado”. Y comprende la razón de ser del fascismo que para él ha sido el contragolpe del comunismo.            

De Baroja, leí hace años una biografía demoledora, en la que su autor, Eduardo Gil Bera, se ensañaba en cada página con él, presentándonos todas sus afirmaciones como falsedades. Leyendo estos textos, aun haciendo el esfuerzo de comprender la dramática época en que fueron escritos, solo se puede salvar su lamento por una situación en la que los españoles se posicionaban en el odio, en el más intransigente antagonismo. Pero esa visión tan visceral, ese descrédito del ser humano, tal vez le impedía ver que, junto a esas insanias, al lado de esos delincuentes que accedieron a un mundo donde prodigarse sin extrañeza, hubo otros buenos y generosos proyectos truncados. Baroja no creía en la democracia: “La democracia y el culto de la masa de los comunistas están acogotando el pensamiento”. Su posición clasista emergía detrás de cada idea. Su cinismo, también. Nada es mejorable, salvo su propia situación: “El hombre unilateral que cree que guarda el secreto de la mejora del mundo es un pedante”. Se excedía mucho cuando generalizaba: “Los hombres de bandera distinta se odian como los perros, por el olor, por el instinto, por lo que sea”. Ya lo dice el periodista francés que le hace una entrevista: “Mr. Baroja es reputado por hombre adusto y huraño”. Tal vez nunca tuviera la voluntad de proponer algo más digno que el corsé de la dictadura que lo acogió luego hasta su muerte. Además de un excelente escritor, era un liberal sombrío, un pesimista satisfecho, un hombre pretendidamente neutral, de mirada elevada, pero demasiado propenso a las soluciones cómodas y arbitrarias.