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Seydou Keïta, el fotógrafo malinense que enseñó África

¿Qué nos enseña la fotografía de nosotros mismos, qué de los demás, qué de la naturaleza, qué de la metafísica? ¿Qué nos enseña el fotógrafo sobre sí mismo? ¿Qué nos enseña de África al resto de la humanidad?

Seydou Keïta, el fotógrafo malinense que enseñó África
Seydou Keïta con dos mujeres. / Pinterest
Seydou Keïta con dos mujeres. / Pinterest

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Jesús Millán Muñoz

Jesús Millán Muñoz

Funcionario. Licenciado en Filosofía. Autor de ‘Cuadernos o Ensayos o Soliloquios o Enciclopedia filosofía’. Colabora en MUNDIARIO.

¿Qué nos enseña la fotografía de nosotros mismos, qué de los demás, qué de la naturaleza, qué de la metafísica? ¿Qué nos enseña el fotógrafo sobre sí mismo? ¿Qué nos enseña de África al resto de la humanidad?

Seydou Keïta, 1921, Bamako, Mali, 2001, Paris, Francia.

Cada vida es un misterio y un enigma, aquí tenemos un caso, un fotógrafo desconocido en el mundo, aunque si bastante famoso en su época y en su sociedad, fue descubierto por casualidad por los marchantes europeos y se ha convertido en uno de los grandes fotógrafos del siglo XX para y del mundo.

No hay que olvidar que sus fotografías eran de estudio, eran familiares, no eran creativas en el sentido estricto, sino que eran para el consumo de las propias familias que se las hacían y pagaban por ellas.

Podríamos y quizás deberíamos plantearnos algunas reflexiones:

¿Qué nos enseñan los autodidactas de su mundo, cómo es el caso de este fotógrafo descubierto hacia los años 1990? ¿Están demasiado infravalorados los autodidactas en nuestro tiempo?

¿Podría haberse perdido la obra de este fotógrafo y no lo ha hecho por azar o casualidad o causalidad? ¿Cuánta cultura ya producida en el mundo se puede estar perdiendo en todas las actividades humanas, sean fotografía, sean pintura, sea artes plásticas, sea literatura, sean artículos periodísticos, sea en cualquier realidad humana?

La fotografía como cualquier otra creatividad humana, de cualquier tipo, sea muy cultural o de bajo nivel cultural, sea profesión o sea oficio, sea arte o sea ciencia o artes lo que intenta descubrirse y descubrir la realidad, qué es el ser humano, qué es la naturaleza, qué es las teorías o cultura o culturas, qué es la sociedad, qué son los objetos, que es el más allá, qué es… Es decir, intenta de alguna manera, poner límites o abrir caminos al descubrimiento del yo en el misterio del enigma y del mismo misterio. Pero no solo el yo individual, sino el yo de todos, el yo colectivo, el yo de la historia, el yo en una cultura, el yo igual a todos, el yo diferente a los otros.

La originalidad y la innovación, demasiadas veces, es la localización, el pequeño lugar. El terruño se convierte en algo local y pequeño, pero por eso mismo, lleva las notas de lo universal y de lo general. Lo pequeño se convierte en inmenso. Quién le iba a decir a Keïta, que sus fotografías, en principio de corte tradicional y profesional y comercial, se iban a convertir en algo de alto nivel estético y artístico y ser valorado en las grandes galerías mundiales, por ejemplo, en Gagosian.

Quizás este fotógrafo nos está indicando una característica humana, es que con toda modestia y humildad, el ser humano, todo ser humano debe creer en si mismo, sin caer en la vanidad, ni en la soberbia, ni en la petulancia. Pero si creer en uno mismo, en esa justa autoestima. Durante lustros este fotógrafo guardó sus negativos, cosa muy rara en su época y en su mundo… Manifestación clara de su correcta autoestima, manifestación clara del valor intrínseco que le daba a sus obras, manifestación clara que era posible conservar y guardar un material, porque si hubiesen sido diez mil pinturas no podría haberlas conservado, pero sí los diez mil negativos de fotos que realizó en su estudio.

No sabemos, pero los coleccionistas y marchantes deberían buscar los negativos y las fotos que hizo en su etapa oficial cuando estuvo trabajando para el gobierno de su país. Se deberían buscar antes de que se pierdan o se destruyan.

En Keïta la foto se convierte en una especie de objeto, diríamos que está la realidad de la persona retratada, estaría en segundo lugar la idea mental del fotógrafo, y en tercer lugar, lo que llamamos objeto u obra de arte, que ya no es solo una representación sino algo “nuevo” que está en el mundo. Es decir, es un objeto en sí, un objeto creado por el ser humano, igual que puede ser un arado o un coche, una foto es un objeto, pero además un objeto estético y artístico y por consecuencia tiene distintos niveles de uso y de interpretación y de “estar-en-el-mundo y de ser-en-el-mundo”.

¿Qué es un retrato? ¿En definitivo que es un yo, o muchos yoes en una obra de arte, sea pintura o sea fotografía…? ¿Qué somos en sí, qué somos o creemos ser, qué somos para los demás, qué somos dentro o fuera de una obra de arte? Todo eso y algunas preguntas más es lo que nos pregunta Keïta, es lo que nos hacemos algunos días, cuándo nos estamos afeitando, o sin darnos cuenta, cuándo vamos cansados de vuelta del o al trabajo, o en ese crepuscular anochecer, entre el sueño y la duermevela, esos momentos que no sabes si estás dormido o estás despinto, si estas en vigilia o estás soñando o estás despierto soñando o soñando despierto…

Para terminar creo que Keïta nos plantea demasiadas preguntas, preguntas que nos llegan y nacen de lo más profundo del ser humano. Preguntas y misterios y enigmas que vienen desde la noche de los tiempos, quizás desde la prehistoria más profunda. Por eso, es un genial artista, un genial artista que pudo haberse perdido. Otra cosa es que tú quieras recoger o recordar estas preguntas, podría recordarnos Platón.