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El sacrificio de un ciervo sagrado, la última crudeza de Yorgos Lanthimos

La cámara juega continuamente a ser elocuente, a transmitirnos con sus movimientos, con su ubicación, unas impresiones que nos resulten sugestivas, novedosas.

El sacrificio de un ciervo sagrado, la última crudeza de Yorgos Lanthimos
Cartel de la película de Yorgos Lanthimos, El sacrificio de un ciervo sagrado. / Productora.
Cartel de la película de Yorgos Lanthimos, El sacrificio de un ciervo sagrado. / Productora.

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Javier Puig

Javier Puig

Articulista de literatura y cine, colabora en MUNDIARIO. Escritor de poemas y relatos.

Desde el primer plano, con esa obertura que muestra un corazón palpitante, Yorgos Lanthimos nos está declarando su intención de crudeza. La imagen se va ampliando y descubrimos el escenario de un quirófano. Y es que Steven (Colin Farrell) es un cardiólogo al que la fallida operación de dos años atrás le va a suponer unas consecuencias inimaginables para él, sus dos hijos y su esposa oftalmóloga (Nicole Kidman). Una familia a la que, ya desde el principio, antes de ser invadida por la fatalidad, se la ve atenazada por una fría corrección, sujeta a unas distancias infranqueables, como si sus miembros tuvieran algún atisbo de la existencia de misterios fatídicos, de secretos tal vez inasumibles.

La vocación de la película es la de la crudeza, la de introducir al espectador en una historia asfixiante

Desde el principio, seguimos a Steven en ese acorralamiento al que se ve sometido por Martin, un joven de dieciséis años, hijo de aquel padre que murió joven en el quirófano ante la inoperancia de ese cirujano al que no tardará en reprocharle eso que él llamará “asesinato” y que tal vez fue la gravísima negligencia de un hombre que se había tomado dos copas. El joven le exige el más doloroso sacrificio. La presión para forzarlo a cumplirlo la ejerce Martin con poderes sobrenaturales que despliegan una punzante malignidad disfrazada de justicia.

Como decía al principio, la vocación de la película es la de la crudeza, la de introducir al espectador en una historia asfixiante, precipitada hacia la previsible desgracia, y lo hace a través de técnicas cinematográficas que resultan muy efectivas. Hay pocos planos convencionales y estos están justificados por el profundo acercamiento a rostros altamente emotivos aunque inmersos en una permanente sobriedad. La cámara juega continuamente a ser elocuente, a transmitirnos con sus movimientos, con su ubicación, unas impresiones que nos resulten sugestivas, novedosas. Así utiliza esos travellings que realizan sigilosas incursiones hacia los lugares de lo oprimente, o la cámara lenta como imagen de un tiempo que acoge con ampliada magnitud el suceso de los pensamientos definitivos; y luego está esa música contemporánea, hecha de disarmonías, de vibraciones y percusiones ominosas, de pavorosos teclados que subrayan las acciones hasta extremarlas.

 

 

En todo momento tuve la sensación de que la historia avanzaba a su justo ritmo, con las debidas adiciones de elementos desasosegantes. La película es original, creativa sin descanso, pero no sé, si como rendido homenaje o como mimetismo irrenunciable, en bastantes momentos parece dirigida por Stanley Kubrick, recordándome, especialmente, a El resplandor en sus largos travellings por los pasillos del hospital o del colegio, o a 2001: Una odisea del espacio, en ese gran angular que abarca una estancia en que los personajes hablan con educada mesura, con el eludido nombramiento de lo terrible.

En todo momento se transparenta en ellos un silencioso grito de angustia

Se ha criticado el hieratismo de los personajes, su robotización, y es cierto que se mueven como faltos de una reactiva impulsividad, que parecen aceptar demasiado pétreamente la desgracia que se va cerniendo en torno a ellos, pero no me parece que estén en absoluto vacíos, sino que en todo momento se transparenta en ellos un silencioso grito de angustia, de sentirse perplejos, una sensación de estar prisioneros en unos acontecimientos que les completan decisivamente su identidad. 

Colin Farrell ensaya continuamente el rostro de la ataraxia, desmontado apenas en sus últimas explosiones. Nicole Kidman reedita su ya sabida estirada gelidez y combate los hechos desde una tensión encapsulada. Los hijos interpretan la debilidad, la sumisión a unas normas, convencionales primero, y misteriosas después. Y Martin nos ofrece un rostro insondable, inquietante, que llena la pantalla con el mudo estallido de su enigma.

No es una película fácil de aceptar por cualquiera. Para ser apreciada, requiere de un espectador propenso a sus audacias. En todo momento recordamos que estamos viendo la construcción de una ficción, nos sentimos fuera de ella pero no dejamos de permanecer conectados con lo que sucede en la pantalla, como espectadores alertados de la irreversibilidad de unas situaciones dramáticas que, si bien resultan en su desarrollo inverosímiles, en una situación límite como la que se nos propone, plantean dilemas de cierta probabilidad, nos cuestionan sobre nuestras posibles dramáticas decisiones, apelan a nuestra más íntima filosofía. 

No es una película fácil de aceptar por cualquiera... requiere de un espectador propenso a sus audacias

El sacrificio de un ciervo sagrado es una película que acongoja, pero no deprime. No es un remedo de documental sobre la invariable tristeza de un ser sino una hipótesis terrible pero altamente improbable, un thriller psicológico -de hechuras, eso sí, un tanto singulares- de indudable efecto sobrecogedor a partir del  resquebrajamiento de una paz siempre endeble. En la lentificada secuencia final, la mirada de Martin nos advierte de que nunca podremos sentirnos del todo a salvo. @mundiario