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Relato erótico: Sueño

Saboreé los placeres de aquella vagina cubierta de rubio vello mientras ella realizaba un esfuerzo atroz para evitar gritar en aquella blanquecina celda.

Relato erótico: Sueño
Mujer desnuda. / RRSS
Mujer desnuda. / RRSS

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Patricia Medinaceli

Patricia Medinaceli

Escritora. Colabora en MUNDIARIO.

Apenas quedaban cinco minutos para las  cinco menos veinte de la mañana, o eso es lo que indicaba el reloj digital de la celda situada en la prisión de la Santé de París en aquella madrugada de 2021. Las funcionarias ya habían dejado la camisa blanca y la falda gris que me acompañarían al cadalso sobre la cama, y yo había hecho lo mismo con el camisón que me había cubierto durante la última noche de mi existencia.

Ante el espejo, y con las funcionarias como testigos, pude observar, a través de mis ojos azules,  cómo mis senos aún se mantenían tersos y firmes a pesar de los cuarenta y un años vividos hasta esa madrugada. Una leve brisa producida por el aire de la climatización produjo el endurecimiento de mis pezones, lo que provocó en Justine el mismo enrojecimiento en la piel de su cara que días atrás había experimentado al hacerla partícipe de mis deseos, cuando, después de haberme traído la cena, la tomé de los hombros, empujándola hasta mi cama y, tras haberla quitado el uniforme, saboreé los placeres de aquella vagina cubierta de rubio vello mientras ella realizaba un esfuerzo atroz para evitar gritar en aquella blanquecina celda.

En ese momento entró él. De casi dos metros de altura y con más de ochenta centímetros entre los extremos de sus hombros. El traje negro que portaba (en cuya solapa podía vislumbrarse el emblema nacional), sus maquiavélicos y oscuros ojos, casi felinos, y la angulosidad de su rostro me hicieron entender que serían sus poderosas manos las que tomarían mis brazos con la intención de que diese el paso hacia la báscula de la guillotina, en donde mi cuerpo sería inmovilizado sobresaliendo solamente mi cabeza.

Sus poderosa mano izquierda, tan fuerte como los músculos de una anaconda, agarró mi oscura y ondulada melena, en aras de contemplar mi largo y estrecho cuello. Sus labios comenzaron a recorrerlo desde la parte inferior de la oreja en el preciso momento en el cual los dedos de su mano derecha acariciaban mi vientre suavemente, alrededor del ombligo.

Dejando mi melena nuevamente libre pero sin apartar los labios de aquella zona de mi cuerpo que no sería salvada de un rápido y aséptico corte, hizo un gesto a las funcionarias para que estas se despojasen de sus prendas oficiales. En ese momento comencé a notar el plácido humedecimiento.

La primera en acercarse fué Justine, que comenzó a lamer mis labios menores como si estuviesen recuviertos de un dulce y exquisito néctar. Otras dos se acercaron (una a cada uno de mis costados) y comenzaron a lamer los pezones que todavía se mantenían duros. Mientras, el verdugo, apartando nuevamente la melena, comenzó a recorrer mi nuca y espalda, lo que unido a las otras sensaciones experimentadas en diferentes partes de mi anatomía (en especial las realizadas por los labios de Justine) produjo  un electrizante espasmo a lo largo de mi columna vertebral. Comencé a jadear cuando observé que las dos funcionarias restantes se masturbaban, desnudas, contemplando aquella escena.

Después de aquel orgasmo, y rodeada de las cinco funcionarias y el verdugo, supliqué, poniéndome de rodillas, que ataran mis manos a la espalda en ese preciso momento, antes de vestirme para acudir hacia la guillotina. En ese momento, ya podía sentir mi cuerpo en horizontal atado a la báscula y mi cuello atrapado en el cepo, mientras el verdugo ultimaba las últimas comprobaciones en el aparato que llevaría mi cabeza al cesto.

— No es momento todavía-  replicó el verdugo.

— De rodillas te digo que mi cuerpo es tuyo, y que te has ganado el derecho de volver a besar mi nuca con la cuchilla que te hará poseedor de mi cabeza en unos momentos- repliqué sin poder aguantar la excitación. Temblaba y no era de miedo.

— Primero serás tú la que juegue con mi cabeza. Túmbate boca abajo.

Obedecí.

Se quitó el traje que podría ser perfectamente fúnebre a la velocidad del rayo, y se sentó delante mío con las piernas abiertas. Su glande se situaba a apenas dos centímetros de mi boca, por lo que agarré la base de su pene mientras comenzaba a besar la punta de aquella metafórica cabeza. El piercing de mi lengua ya rozaba la altura media de su pene cuando comencé a sentir el de Justine realizando circunferencias sobre el tribal tatuado en mi cintura (en el que podía leerse, en unas suaves letras, Liberté, Egalité, Fraternité, 1789). Cuando los labios de Justine recorrieron mi ano hacia posiciones más sensibles, mi cuello comenzó a realizar el movimiento de vaivén que llevó al futuro exterminador de este a los altares de la percepción. Fue en ese momento cuando ocho manos expertas comenzaron a masajearme la espalda hasta que el verdugo gritó de placer.

Todos se vistieron con las prendas que traían excepto yo, que me puse la camisa blanca y la falda gris con las que las condenadas a muerte se presentaban ante una dama mucho más alta y mortal que el verdugo. Este me dijo:

— Puedes expresar tus últimas voluntades-. Sonrió-.Pero creo que ya sé cuáles son.

En ese momento se arrodilló y bajó mi falda, y mientras cogía mis manos, su lengua comenzó a hacer estragos en todos los rincones de mi vagina. En el momento en el que llegaba al orgasmo, la más mayor de las funcionarias tomó mis manos de las del verdugo y las esposó a mi espalda.

Volvió a tomar mi melena, pero esta vez para cortarla con unas tijeras tradicionales. Acarició suavemente mi nuca para hacerse cargo del cuello de mi camisa, que empezó a cortar formando un escote que mostraba la mitad de la espalda y el pecho casi hasta la altura de los senos. En ese momento acarició mi nuca apoyando la mano sobre los hombros. Justine me ofreció el último sorbo de vino y la última calada del cigarro que fumaba con lágrimas en los ojos.

El verdugo, poniendome su mano en la espalda, indicó que era hora de ponerse en pié. Una de las funcionarias abrió la puerta metálica y allí estaba, con más de dos metros y medio de altura, la dama hacia la que ya me acompañaba el verdugo. Aquella cuya lengua me haría sentir el último de los orgasmos terrenales.

En apenas cinco segundos mi cuello ya se encontraba  atrapado y mis ojos solo visualizaban el cuero en el que reposaría mi cabeza como resultado de aquella orgía.

Comencé a escuchar el silbido de la guillotina cuando me desperté empapada en sudor en aquella celda del nuevo penal femenino de Riad, repitiéndome una y otra vez que mi nombre era Zoraida.

No volvería a leer nada sobre la biografía de aquella espía francesa decapitada en París en 2021. Anabelle Lavoisier se llamaba...