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Regresando después de los años a una obra de Borís Pasternak, Mi hermana la vida

Mi hermana la vida, traducida por J.L. Reina Palazón, nos descubre la estética de una poesía donde se mezcla la belleza del paisaje con la miseria de los desvalidos

Regresando después de los años a una obra de Borís Pasternak, Mi hermana la vida
Mi hermana la vida. / Amazon
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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, es el coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Es columnista y crítico de MUNDIARIO.

Después de muchos años vuelvo a leer Mi hermana la vida, de Borís Pasternak, libro que reseñé en la revista de creación Empireuma hace quince años. Ahora vuelvo al mismo texto y a la misma traducción, la de José Luis Reina Palazón, publicado por Alfar, y sobrecoge esa visión del mundo, sutil, elegante, pero no exenta de un misticismo que nace del sufrimiento personal y colectivo: "Y los estanques, jardines y vallas y de blancos gemidos el universo hirviendo - pasiones son descargadas que el corazón humano lleva adentro" (pág. 51).

Lo que transmite su poesía es una visión compleja del mundo, donde lo religioso y lo pagano se mezclan para crear una especie de mundo personal que no es solo propiedad del autor, sino también una especie de traslación de un pensamiento colectivo, en el que la exclusión y el dolor de la exclusión figuran como motivos de los versos: "Sobre el muro se deslizan las agujas. La hora se asemeja a una cucaracha. Basta, para qué tirar los platos, tocar la alarma, romper las tazas" (pág. 57) No hay sentimentalismo ni artificio en este autor, sino una puesta en escena en la que la naturaleza figura como un espacio que se involucra en la aflicción del poeta, un actor, y cuya eternidad y mutismo no se alejan de lo humano, al menos de aquellos hombres y mujeres que viven en la polución de un orden político que los margina.

La nimiedad descriptiva de algunos versos nos obliga a asumir que lo humano está a merced de la naturaleza y que nada puede escapar a su depredación, a su solitaria depredación. El mal está hecho. El mal es una condición humana y ahora solamente la palabra, la palabra como una experiencia creativa que proviene de la contemplación, puede asegurarnos que el porvenir será tan previsible como lo es cada acción de la naturaleza, sin retorno, tan propia y sin fisuras. Nada que ver con la esencialidad humana, con su burda estrategia de evitar la muerte: "Como si palpara el mediodía a través del sueño: al sonido de la cantina, al almuerzo, vacilan las mesas en los despachos vacíos" (pág. 67).