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Si los profesores cobran por resultados académicos, ¿deberían cobrar los padres por resultados cívicos?

¿Para qué ha de servir la educación? ¿Para contribuir a que las personas puedan desarrollar su proyecto de vida y ser felices? ¿O para formar los trabajadores que el mercado laboral necesita?

Si los profesores cobran por resultados académicos, ¿deberían cobrar los padres por resultados cívicos?
La educación, entre la imaginación y la realidad. / iai tv
La educación, entre la imaginación y la realidad. / iai tv

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Luis Calero

Luis Calero

Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Salamanca. Profesor de filosofía, ha publicado Catecismo pedagógico (Ed. Aguaclara, 1999), Ficcionario (Ed. Aguaclara, 2006) y Absurdo literal (Ed. Neopàtria, 2015). Colabora en MUNDIARIO, donde mantiene la sección El Ficcionario Ortográfico.

¿Para qué ha de servir la educación? ¿Para contribuir a que las personas puedan desarrollar su proyecto de vida y ser felices? ¿O para formar los trabajadores que el mercado laboral necesita?

 

La educación es, sin duda, un problema complejo, y la cura de sus males difícilmente se puede esperar aplicando soluciones reduccionistas que sólo carguen las tintas sobre alguna de las partes implicadas en alguno de los distintos ámbitos donde se desarrolla. Sería demasiado simple. Como fenómeno sociológico, lo que entendemos por "fracaso escolar" es un efecto que podría tener muy bien múltiples factores causales que, además, tampoco tendrían necesariamente que coincidir en cada alumno. De manera que, antes que echar la culpa a una u otra parte y seguir dando palos de ciegos, quizá convendría situar el problema en su contexto y advertir acerca de su enorme complejidad.

El problema de la educación es un asunto ciertamente complejo porque abarca al menos la consideración de los siguientes aspectos:

a)      Hay que definir qué entendemos por “educar” y señalar los contenidos de la educación. Si, por ejemplo, aceptamos que educar consiste en preparar el carácter y la inteligencia de los niños para que vivan en sociedad, entonces el desarrollo de la educación debe cubrir dos planos: por un lado ha de ayudar a formar el talante imprimiendo una serie de normas, modales y valores éticos que hagan posible la convivencia civilizada; por otro, ha de proporcionar los conocimientos y técnicas necesarios para que, cuando los niños sean adultos, puedan desempeñar una función en la sociedad. Pero tanto las normas como los conocimientos son relativos a cada tiempo, y cada época pretende la revisión de los anteriores. Además, ¿tiene sentido adoctrinar moralmente en la escuela? ¿Deben enseñarse, por ejemplo, las lenguas clásicas y la filosofía? ¿Quién debe decidir qué contenidos se enseñan?

b)      Justificar el por qué de la educación. La educación es necesaria porque sin ella no seríamos plenamente humanos: tendríamos las características físicas y biológicas de la especie, pero nuestra conducta no se diferenciaría mucho de la de algunas bestias salvajes. Hasta ahí estamos de acuerdo, pero ¿debe ser obligatoria y reglada? Y en caso afirmativo, ¿hasta dónde debe extenderse su obligatoriedad?

c) Señalar quién debe educar y cuál es el ámbito de su responsabilidad. Los principales agentes implicados en el proceso educativo son, desde luego, los padres, por un lado, y los maestros y profesores por otro. Ahora bien, ¿están bien delimitadas en algún sitio las obligaciones educativas de los padres? ¿Existe algún tipo de supervisión al respecto? ¿Qué papel debe ejercer el Estado en relación con la educación? ¿Está justificado que coexistan tres sistemas educativos diferentes: público, concertado y privado? ¿Es compatible esa estructuración diferenciada con el respeto al principio de igualdad de oportunidades o es un mero pretexto para conservar privilegios de cuna?  

Además, también debemos considerar la influencia que sobre los educandos ejercen los iguales (compañeros, amigos) y, sobre todo, los medios de comunicación, fundamentalmente a través de las series y la publicidad.  

d) Reflexionar sobre cómo debemos educar y con qué medios. Investigar cuál es la mejor forma para conseguir los fines educativos deseados es una cuestión profesionalmente asumida por los psicopedagogos (esos "advenedizos de la vanilocuencia", según merecido reproche de Fernando Savater) quienes, en función del momento y las teorías imperantes, prescriben a los profesores, desde la autoridad que se han arrogado, sus recetas magico-metodológicas (antes el conductismo y, desde la implantación de la LOGSE, el muy controvertido constructivismo). Ahora bien, ¿hay una única metodología válida que pueda garantizar éxitos de aprendizaje en todas las materias? ¿Son en sí mismas las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TIC's) la solución del problema? ¿Hay razón para vilipendiar sin más la memoria? ¿Ha de excluirse todo esfuerzo del proceso de aprendizaje? ¿Qué hacer cuando alguien se niega a aprender?

e) Discutir para qué se debe educar. Se trata de un asunto crucial y, quizá, el que en mayor medida se esté ocultando a la discusión pública. ¿Para qué ha de servir la educación? ¿Para contribuir a que las personas puedan desarrollar su proyecto de vida y ser felices? ¿Para conformar personas capaces de convivir, al menos, civilizadamente? ¿Para formar los trabajadores que el mercado laboral necesita?

 

Sería imposible abordar de una vez en un artículo todos estos asuntos, de manera que en lo que sigue me limitaré a esbozar lo que, en mi opinión, serían algunos de los rasgos más sobresalientes que se observan en nuestro panorama educativo actual, y cuya consideración podría contribuir, al menos, a evitar que sigamos cometiendo y proponiendo algunos lamentables errores.

1) Sorprende, en primer lugar, la falta de autoridad en la familia y el consiguiente eclipse de su papel educativo. Aceptamos teóricamente que corresponde a la familia en general (y a los padres en particular) civilizar al niño en primera instancia, es decir, educarle en una serie de aptitudes básicas como aprender a hablar, a asearse diariamente, a obedecer a las personas mayores, a distinguir lo que está bien de lo que está mal, a adquirir un mínimo sentido de la obligación y del deber, etc. Como puso de relieve Fernando Savater en un maravilloso librito titulado El valor de educar (Ariel, 1997), los valores fundamentales que dirigen esta socialización primaria del niño pueden concretarse en la adquisición de dos capacidades:

  • a) La capacidad para restringir los propios deseos y apetencias con vistas a considerar los de los demás, desactivando el natural impulso egocéntrico. Y así, por ejemplo, con un poco de suerte, vemos a la madre en el parque empeñada en hacerle comprender a su hijo que el columpio en el que está subido no es sólo suyo, sino también de los otros que llevan un rato esperando.
  • b) La capacidad para aplazar o moderar la satisfacción de algunos deseos y placeres inmediatos con vistas a la consecución de algunos otros objetivos preferibles a medio o largo plazo. Por ejemplo, cuando a tal efecto proponemos a un niño que en lugar de dilapidar sus dineros en chucherías ahorre para comprarse algo más valioso y conveniente.

Pues bien, para que la educación de los niños surta efecto debe haber alguien adulto que mande y establezca lo que debe hacerse. Desde luego, con todo el cariño y afecto que sea preciso: el ejercicio de la autoridad no tiene por qué ser despótico. Pero sin alguna clase de coacción, por pequeña que sea, no hay aprendizaje que valga (imagínense, por ejemplo, lo que estudiarían los alumnos si se suprimiesen los exámenes). Estamos llegando a un punto en el que, por el contrario, lo que sucede cada vez con más frecuencia es que hay cada vez más hogares en los que, frente a los padres, se impone la tiranía de los más pequeños.

Ahora bien, ¿por qué la familia, languidece como principal agente responsable de la educación del individuo? Savater contempla dos clases de razones:

  • a) En primer lugar, se han producido toda una serie de cambios sociológicos que han tenido como consecuencia una reducción considerable del tiempo que el niño pasaba anteriormente con los miembros adultos de la familia. Entre estos cambios están la progresiva -y, por otro lado, muy saludable- incorporación de la mujer al mundo laboral, la separación o divorcio de muchas parejas y la presencia cada vez menor de los abuelos en el domicilio del niño. También habría que añadir la circunstancia reciente y nada despreciable de que aun cuando muchos niños estén físicamente acompañados por sus padres, eso por sí mismo no garantiza la existencia interacción personal con ellos; por ejemplo, si se les consiente que estén a todas horas enredando con el ordenador o el móvil o son los mismos padres quienes sucumben irremisiblemente a tales aficiones. De modo que resulta fácil concluir que si la educación del individuo precisa necesariamente de la interacción social, cuando ésta se ve reducida, ello irá en detrimento del resultado final. El caso típico es el de aquellos padres que sólo ven a sus hijos los fines de semana. ¿Van a reprimirles y coaccionarles entonces para que aprendan o van a aprovechar para pasar con ellos un rato agradable? Muy probablemente, quizá para borrar ante ellos su mala conciencia, cederán a todas sus pretensiones, cometiendo con ello un segundo y grave error.
  • b) Por otro lado tenemos la nueva mentalidad de muchos padres que, huyendo de los excesos autoritarios del pasado y del recurso al amedrantamiento que les caracterizaba, están convencidos de que lo mejor para sus hijos es la desaparición de toda forma de autoridad en la familia.

Son padres que, por resultarles antipático ejercer la autoridad en el ámbito familiar, prefieren pasar como los mejores amigos de sus hijos, convirtiendo la relación paterno-filial en una mera relación de camaradería que suele terminar con los hijos encaramados a las barbas de sus progenitores. Olvidan estos padres que sin un cierto temor a algo (por ejemplo, aunque sólo sea momentáneamente, a la pérdida del afecto de los mayores) los niños no aprenden; y que, si los niños no aprenden por las buenas con la autoridad amorosa de sus padres, serán las instituciones sociales por las malas (de forma coactiva) las que tengan que prepararlos para la vida de adulto. De manera que cada vez son más los padres que habiendo abandonado la tarea de inculcar a sus hijos las pautas mínimas de moralidad y sociabilidad encargan a Papá Estado que se ocupe de ello, exclamando algo así como: “Aquí tiene Vd. a mi hijo, edúquemelo, que yo no puedo con él”.

2) La impotencia de los maestros y profesores para civilizar y transmitir conocimientos a la vez. La socialización primaria que tendría que acuñarse en casa constituye la mejor base para la posterior adquisición en la escuela de conocimientos y destrezas más especializados. Pero si, como vengo insinuando, cada vez son más los niños que llegan a la escuela salvajes y cerriles, al maestro no le queda más remedio que, en lugar de enseñarles otras cosas, primeramente intentar civilizarlos;  cosa que ni siquiera es siempre posible, dado que algunos muchachos, previamente acostumbrados a no reconocer la autoridad de sus padres –porque no la ejercen-, todavía menos van a encontrar motivos para reconocer la de su maestro: es decir, les digan lo que les digan, harán siempre lo que les dé la gana. Pero esta circunstancia no sale gratis, sino que la pagamos en forma de consecuencias indeseables. Por ejemplo:

  • a) Cada vez es peor el ambiente en las aulas y, por consiguiente, menos lo que se aprende.
  • b) Aquellos alumnos que tienen interés y capacidad no pueden desarrollar sus posibilidades y, lo que es peor, muchos acaban contagiándose del gamberrismo y la desidia general.
  • c) Los profesionales de la enseñanza cada vez estamos más desanimados; nos sentimos marginados por la administración, que apenas cuenta con nosotros para la toma de decisiones educativas, y también muy poco valorados por la sociedad, que sólo sabe echarnos en cara los muchos días de vacaciones que tenemos.

3) La prevalencia exagerada de los valores relacionados con el consumo de bienes materiales. Cada tiempo histórico tiene su tabla de valores y el actual patrón valorativo de las conductas surge en fuerte complicidad con los intereses del sistema productivo. Su idea principal gira en torno a la suposición de que la felicidad y el éxito personal siempre dependen de la adquisición de ciertos objetos: un móvil de última generación, unas zapatillas de marca o unos pantalones de moda (curiosamente, nunca de algo cuyo disfrute resulte gratuito). Esta dominancia del consumismo como valor supremo de nuestro tiempo se explica por varios motivos:

  • a) Antes que nada, por ser el sistema económico el que rige toda nuestra actividad social y, por tanto, todo nuestro mercado de valores; de manera que todos los demás sistemas, incluido el educativo, están en el fondo sometidos a sus dictados. Cuando se habla de que la educación no puede vivir de espaldas a las empresas se está pensando justamente en eso. Y no hay hasta ahora gobierno para el que el crecimiento económico no sea el único objetivo indiscutible.
  • b) Además, los mecanismos publicitarios que utilizan las diferentes marcas, con su increíble fuerza persuasiva, se revelan siempre mucho más eficaces que las anodinas recomendaciones de padres y profesores. Los padres y maestros hemos de competir en condiciones de enorme desigualdad con la atractiva propaganda comercial vertida por las empresas en los medios de comunicación, fundamentalmente el televisivo. Yo puedo decirle a mi hijo que no se debe utilizar el coche para ir a un sitio cuando se puede ir andando, pero los vendedores de coches se van a gastar millones de euros para insistirle machaconamente, con sugerentes melodías e imágenes, en que yendo en coche experimentará sensaciones inigualables de libertad, de confort o de disfrute.
  • c) La propia apetecibilidad de lo anunciado (aunque no constituya una necesidad real), de la cual los adultos muchas veces no conseguimos librarnos. Y si nosotros somos unos auténticos consumistas, ¿cómo podemos esperar que nuestros hijos no lo sean? Haría falta algún milagro para que eso no ocurriera.

Para terminar, y sin restarle importancia al resto de los factores comprometidos (entre los cuales la dimisión socializadora de los padres alcanza una relevancia notable), creo que la actual crisis de la educación no proviene tanto de la deficiente forma en que puede estarse ejerciendo sino de la escandalosa indeterminación de los fines que debe cumplir. La pregunta clave, por tanto, es: ¿Para qué ha de servir la educación? En este sentido, urge mediante la discusión social aclarar algunas paradojas como las siguientes:

  1. ¿Debe servir para potenciar la autonomía y el desarrollo personal o para favorecer la cohesión social?
  2. ¿Debe servir para tratar con neutralidad las diferentes opciones ideológicas, religiosas, sexuales, etc., o debe decantarse por razonar lo preferible? 
  3. ¿Debe incluir tan sólo los contenidos que pueden demostrarse racional o empíricamente o debe también abarcar valores?
  4. ¿Debe servir para formar espíritus cooperativos y solidarios -como proclaman las leyes educativas- o más bien individuos egoístas, competitivos e insolidarios -como dicta la jungla del mercado?
  5. ¿Debe servir para formar consumidores responsables (que no derrochen, ensucien o contaminen) o, más bien, para fomentar el consumismo que ayude al crecimiento de la economía y al aumento de los puestos de trabajo?

En definitiva, ¿debe servir la educación para reproducir el orden social existente o, al contrario, ha de contribuir para transformarlo y proponer un modelo alternativo de civilización? Mi impresión es que cada vez con mayor insistencia (la LOMCE no deja lugar a dudas) las autoridades educativas pretenden subordinar enteramente el sistema educativo al sistema productivo para, convertido en su peón, anular cualquier posibilidad de impulsar desde la educación una transformación de las sociedades planetarias hacia un orden distinto (por ejemplo, más justo y sostenible). Y esto es algo que, cuando menos, merece ser públicamente discutido en vez de escandalosamente escamoteado.