Buscar

El Ficcionario reúne a Platón, Darwin y Freud en torno a la esencia humana

El hecho de que desde Platón se asociara la naturaleza humana con la racionalidad hizo que hasta el siglo XIX la tradición occidental concibiera al ser humano al margen de la sensibilidad y los instintos.

El Ficcionario reúne a Platón, Darwin y Freud en torno a la esencia humana
Las tentaciones de San Antonio (detalle), de El Bosco.
Las tentaciones de San Antonio (detalle), de El Bosco.

Firma

Luis Calero

Luis Calero

Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Salamanca. Profesor de filosofía, ha publicado Catecismo pedagógico (Ed. Aguaclara, 1999), Ficcionario (Ed. Aguaclara, 2006) y Absurdo literal (Ed. Neopàtria, 2015). Colabora en MUNDIARIO, donde mantiene la sección El Ficcionario Ortográfico.

¿Qué es esencialmente el ser humano? Para el Ficcionario somos seres complejos resultado de una azarosa historia evolutiva. Tan capaces de dar la vida por una causa como, por otra, de vencer el natural impulso a reproducirla.

imitazión. Fabricación de una taza o tazón copiando lo más fielmente posible el modelo original.

imolarse. Sacrificarse por una causa en Imola (Italia). Como lo hizo, por razón de la velocidad durante la celebración del Gran Premio de San Marino el 1 de mayo de 1994, el gran piloto brasileño Ayrton Senna, considerado por muchos aficionados y expertos como el más rápido de la historia de la Fórmula 1.

impedhimento. Circunstancia de cualquier tipo que impide en las doncellas la preservación del himen. Cabe suponer que dichas circunstancias no concurren en ninguna de las 70 mujeres pertenecientes a la asociación Ordo Virginum que a finales de julio pasado, acogidas por el arzobispo de Valencia Antonio Cañizares, celebraron en dicha ciudad la renovación de su decidido propósito en un encuentro titulado "La atracción de la Virginidad Consagrada". De momento hay que reconocer que, pese a la entusiasta bendición arzobispal, dicha atracción no ha ejercido demasiado poder de convocatoria.

impocivilidad. En territorio ceceante, falta de capacidad u ocasión para hacer o conseguir algo por lo civil. Recurrir a otras vías puede resultar, no obstante, comprometido e, incluso, en algunos casos, convertirse en objeto de sanción penal. He aquí un ejemplo muy extendido: Cuando se trata de un entrenador de fútbol acuciado por ganar un partido del que depende salvar la categoría del equipo, a juzgar por sus tópicas declaraciones ("Tenemos que ganar por lo civil o lo criminal"), la impocivilidad podría derivar en un delito grave.

imprensión. Sensación que experimenta el autor de un libro cuando éste sale de la imprenta. En mi caso, la sensación dominante siempre ha tenido que ver con el número de erratas que pudieran haberse colado.

inacavable. Dícese del cava que nunca se termina. Quizá porque no termina de gustar lo suficiente.

inacesible. Dicho de un bebé: que no se puede llegar hasta él cuando nace. A no ser que se trate de los Reyes Magos.

inalar. (adj.). Se dice del ser que carece de alas y que, sin embargo, aspira a tenerlas. De entre los diferentes sistemas que emplean los animales para desplazarse (andar, reptar, nadar, volar), el vuelo simboliza más que ningún otro las ansias de libertad, siempre que no se considere el mundo como una jaula.

inalhámbrica. Cualquier lugar sin Alhambra. Todas las ciudades, excepto Granada, son inalhámbricas.

inavilitar. Inutilizar un navío, bien la flota enemiga por las bravas, bien por decreto la propia autoridad que lo juzga obsoleto.

inbasora. Se aplica a la tropa que entra en la principal ciudad del sur de Iraq por la fuerza o contra la voluntad de sus habitantes. Como sucedió en marzo de 2003, con ocasión de la guerra de Iraq, cuando soldados de EE.UU. al mando del general Tommy Franks lograron tomar la ciudad de Basora. 

inbernar.  Pasar el invierno en la capital suiza, aunque para soportar el frío haya que guarecerse en una caberna.

inbestigación. Indagación acerca del comportamiento de las bestias o, mal que nos pese, también acerca de la propia bestialidad humana. El hecho de que desde Platón se asociara específicamente la naturaleza humana con la racionalidad (según la célebre definición "el hombre es un animal racional") hizo que hasta el siglo XIX la tradición occidental concibiera al ser humano al margen de la sensibilidad y los instintos, estableciendo una separación insalvable entre el homo sapiens y el resto de las especies, entre las degradadas bestias salvajes y el encumbrado semidiós. Esta visión todavía late con fuerza en la sociedad, nada proclive a categorizar lo humano dentro de lo animal, incluso dentro del sistema educativo, como bien puede apreciarse en la respuesta negativa de cualquier niño al que se le pregunte si el hombre es o no un animal. Pero Darwin demostró que, lejos de haber sido creada directamente por ningún Dios a su imagen y semejanza, nuestra especie es un animal más en el conjunto de los seres vivientes. Y, para rematar la faena, Freud, cuestionando la equivalencia cartesiana entre mente y conciencia, otorgó un papel preponderante a los impulsos inconscientes en la génesis y explicación de la conducta. Y es que, como ha puesto de relieve el neurofisiólogo Paul MacLean, el cerebro humano es una acumulación de varias capas diferentes que evolucionaron en distintas épocas. Cuando en el cerebro de nuestros antepasados aparecía una nueva zona, las antiguas generalmente no se desechaban; se formaba la sección más reciente encima de ellas, como sucesivas capas de una cebolla. Esas primitivas partes del cerebro humano proceden tanto de los mamíferos como, todavía más atrás en el tiempo, de los toscos reptiles que les precedieron. Muchos experimentos han demostrado que gran parte del comportamiento humano se origina en zonas profundamente enterradas del cerebro, esas mismas que hace millones de años dirigieron la vida de nuestros antepasados. De manera que, claro está, somos tan pasionales como racionales, tan impulsivos como espirituales, tan animales como divinos, tan capaces de lo brutal como de lo sublime.

inbidente. Se dice de la persona desprovista de un bidé. O también de la que no ve que le faltan dos dientes.