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Este pasar despacio sin sonido

Este año se cumple el cuadragésimo aniversario de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Vicente Aleixandre. Mientras Velintonia 3 se derrumba ante la necedad institucional, su excepcional obra retorna esplendente.

Este pasar despacio sin sonido
Vicente Aleixandre, poeta. / RR SS.
Vicente Aleixandre, poeta. / RR SS.

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Pedro Luis Ibáñez Lérida

Pedro Luis Ibáñez Lérida

Poeta, articulista y comentarista literario. Ha publicado varios libros de poemas, algunos de ellos premiados. Es de reciente publicación El milagro y la herida. Forma parte de la Antología Poetas en Bicicleta y de la Antología El Aljarafe y el vino. Colaborador de MUNDIARIO.

EL HOMBRE ENCIENDE SU PERMITIDA LUMBRE

Todo atisbo poético lo es primero irracional: conecta con la vida y late en el corazón como el agua de la fuente mana, apenas un ojo derramado de brevedad misteriosa, y humedece los labios con la frescura de lo verdadero. Esa sensación no se fabrica. Lo es por sí. No hay expresión. Hiende la amplitud del horizonte mental y existencial, alojándose en el recuerdo. La memoria es el tiempo poético que conserva el compendio reflexivo y emocional que somos. Retornamos sobre nuestras huellas desafiando la lectura del presente. Volver sobre lo vivido.

Ese surco sonoro que la aguja del tocadiscos recorre, una y otra vez más, en ese proceso de decantación que, imperceptiblemente, va purificando nuestro regocijo o meditación hasta hacerlo vivencia de transparencia y conocimiento. De ahí que sobresalga como el iceberg que, exiliado de la gran masa helada, navega a la deriva con la soledad a cuestas. No hay propósito que justifique su existencia. Sencillamente es. La poesía es ese ser vivo que no reclama su lugar en el mundo y se escribe en la actitud no solo escritora. Lo es –existente y perceptible- en cada ser humano que respira comunicación.

La etimología latina nos desanuda y libera hacia la amplitud de este concepto derivado de communicare: compartir algo, poner en común. Como el pan y el vino en la mesa, que trasiega, parte y se sirve de mano en mano. Y en cada uno de estos actos se distribuye el alimento pero también dar y recibir. Se trata de confesión y devoción humana ritualizadas. Al igual que ese gran témpano de hielo que desgajado de la masa compacta diluye su naturaleza líquida como rendición de cuentas en su huida. A pesar que en el incierto viaje el drama interior va minando, poco a poco, su fortaleza natural, ese periplo le permite entender lo definitorio: más cerca de la muerte y, sin embargo, tanta luz intacta en la certidumbre de lo venidero.

 

EL HOMBRE ENCIENDE SU CORAZÓN, Y DUDA

Era el año de 1979 y la revista Cuadernos Hispanoamericanos en una edición que incorporaba tres números -352, 353 y 354- correspondiente a los meses de octubre, noviembre y diciembre, dedicaba esta tripartita entrega a Vicente Aleixandre. Hacía apenas dos años que había recibido el Premio Nobel de Literatura. El monográfico venía titulado en su interior de esta manera, “Estudios sobre la época, la vida y la obra de Vicente Aleixandre”. Lo antecedía un texto del propio autor sevillano, Un recuerdo, publicado en 1977 en Estudios sobre Antonio Machado, edición de José Ángeles, en el que describía su primer contacto con la poesía, a través de la obra de su paisano Antonio Machado, “No he olvidado nunca el primer poema que recorrieron mis ojos, El viajero, ni aquella sensación de dolor y misterio temporal que rezumaba toda la composición. Volví a mi casa.

Las primeras estrofas de un poeta español brillaron con inquietud y pasmo ante los ojos de aquel muchacho, que leyó toda la larga tarde, repitió durante la primera noche y volvió a reiterar en el amanecer. Algo ciertamente amanecía en su corazón. Un amor que no había de borrarse nunca”. Ese encuentro de plenitud y ensimismamiento tuvo que devolverle inconscientemente a la claridad de la ciudad que en 1898 le vio nacer. “A través de todos los años, y no son pocos, aquel muchacho, aquel hombre, solo de un poeta español conserva en la memoria poemas enteros. Solo en la memoria fidelísima han sido repetidos como palabras sin fallo en el corazón del olvido”. Ese primer acercamiento tuvo la primacía de guardar el eco profundo y sonoro que produjo la transpiración lírica entre ambos: lector y autor. Con esta premisa la poesía de Vicente Aleixandre acometió su desafío: no desviarse de su camino en pos de la autenticidad como escritor y arder en la palabra proclamada como veraz enseña sensorial y comunicativa que perdura. Y no precisamente como gesto altivo sino como encomienda benefactora entre seres humanos, “Si mi poesía no era sentida, la sentía nonata… Poesía es participación en todo, en lo humano o en la belleza de la flor en un camino, o en el dolor ajeno, que es la manera más noble de participación… La gloria del poeta no consiste en el renombre ni en que retumbe su obra, como una especie de mito, por los continentes.

Su gloria es que, después de muerto, todavía reciban su envío algunos corazones fraternos”. Al verso deslumbrante de las diversas etapas por las que transcurrió su quehacer lírico se engarza ese humanísimo mandamiento de alteridad que definió su estancia ética. Ese contrapunto entre ejercicio poético y andamiento mundano vertebra todo su quehacer y estiliza su presencia literaria hasta la actualidad. Han transcurrido 40 años y parece que fuera ayer. Y esta sensación rescata su poderosa palabra. Al recorrer la rica orografía de su obra comprendemos que la creación es un acto de voluntad y contumacia en el sentido más generoso y fiel del término. Entre ellas la generosidad de quien no se arredra y respetando la herencia de la tradición es precursor de lo venidero. Tantea en la oscuridad con mano dubitativa, pero, finalmente, paso tras paso, alcanza el final del laberinto para consumar su acción: el encuentro con el otro. Búsqueda sin límite temporal que faculta la labor recóndita que le distingue y aflora por merecimiento propio en los ojos que recorren las páginas de su obra y la respiran.

 

¿DÓNDE TÚ? ¿DÓNDE YO, DÓNDE LOS OTROS?

La pregunta en el alma como si la definición de lo exacto fuera la extenuación de lo posible y acabaran abrazadas de fatiga. Quizás sea este el mayor drama español. Empobrecernos de exactitud y obviar el jugoso y provechoso espacio de celebración compartida en lo heterogéneo y diverso. Y qué mejor símbolo de intercambio que la cultura que nos interpela por los demás y por nosotros mismos en el común espacio de convivencia. El autor de Espadas como labios forjó en la república abierta de su casa, Velintonia 3, ese despertar entre iguales, independientemente de su significación política.

Por ello, en cierta manera, hablar del poeta andaluz es hacerlo también de su infatigable tarea de cimentar con la hospitalidad en la palabra una manera de entender el futuro desde el presente. Los acontecimientos políticos actuales de desentendimiento y menosprecio con las evidentes y manifiestas consecuencias de resabio, rencor, cinismo e hipocresía, no tendrían cabida en aquel lar que propició. El desapego de las instituciones hacia el estado ruinoso de este es piedra de toque de la realidad española contemporánea. Hace 22 años que espera una solución viable. La cualificación de Bien de Interés Cultural es potestad de la Comunidad de Madrid que nos conduce tristísimamente a la reflexión del Bachiller don Juan Pérez de Munguía -seudónimo de Mariano José de Larra-, que escribiera en 1883 en el Pobrecito hablador. Revista satírica de costumbres, y que bien ilustra la emanación mefítica de los poderes públicos en su relación con la cultura, Vuelva usted mañana…

 

 AQUÍ SOBRE LA TIERRA UNA CARNE RESPIRA.

Mas la poesía se sostiene por sí. Pues bien, ese hecho conductual que acrisola lo físico, anímico y psicológico establece el punto de arranque del mecanismo donde la acción lírica sentencia su quehacer en el mundo. El proceso de abstracción que conlleva nos interroga como lectores. El pensamiento le secunda. La palabra poética se apea de ese presunto pedestal en la que parece encontrarse y se hace popular. Es decir habla por sí, pero necesita de interlocutores que la compilen para que el autorretrato del poeta no diluya sus facciones.

Así las ediciones completas de la obra de Vicente Aleixandre desde la de 1968, con prólogo de Carlos Bousoño, a la más reciente de este año bajo la responsabilidad de Alejandro Sanz, y una anterior de 2001 al cuidado de Alejandro Duque Amusco, que fue complementada al año siguiente con la edición de sus Prosas completas, son la verdadera Velintonia. Es decir, la construcción de la expresión para el diálogo introspectivo con la humanidad que somos. El pensamiento machadiano es vuelo gentil para advertir de lo sustancial ante la promiscuidad cultural que padecemos en este fragmento que corresponde al artículo Extensión universitaria, publicado en La Voz de Soria, el 8 de septiembre de 1922: “La cultura debe ser para todos, debe llegar a todos; pero antes de propagarla, será preciso hacerla. No pretendamos que el vaso rebose antes de llenarse.

La pedagogía de regadera quiebra indefectiblemente cuando la regadera está vacía. Sobre todo, no olvidemos que la cultura es intensidad, concentración, labor heroica y callada, pudor, recogimiento antes, muy antes, que extensión y propaganda”. Sabedor de ese conflicto vacuo, nuestro poeta prefirió pertrecharse de cordialidad. A saber, de virtud para fortalecer el corazón propio y ajeno, con el único patrimonio que atesoraba, la escritura, y con ella Este pasar despacio sin sonido, que ahora nos envuelve con su poesía siempre viva en los lectores y renacida con la nueva edición de su obra. @mundiario