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Dos oleadas de catalanes vinieron a Galicia: los de la salazón y los republicanos represaliados

Galicia recibió los siglos XVIII y XIX a emprendedores catalanes que se establecieron con la industria salazonera; pero es menos conocido que, tras la guerra civil, se envió a repetir el servicio militar, lejos de sus casas, a soldados del Ejército Popular republicano, sobre todo catalanes. Muchos se quedaron aquí y formaron familias, sobre todo en Ourense.

Dos oleadas de catalanes vinieron a Galicia: los de la salazón y los republicanos represaliados
La fábrica de Conservas Massó de Cangas.
La fábrica de Conservas Massó de Cangas.

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Fernando Ramos

Fernando Ramos

Doctor en Derecho y en Ciencias de la Información. Profesor titular de la Universidad de Vigo. Periodista y columnista de MUNDIARIO. Es profesor invitado en diversas universidades de Europa y América. Autor de 25 libros sobre temas de Derecho de la Comunicación, Protocolo y Comunicación institucional. Está en posesión de diversos premios como periodista. El Ministerio de Defensa le otorgó la Cruz al Mérito Militar con distintivo blanco como historiador militar. Pertenece a diversas asociaciones profesionales y académicas de Europa y América.

Hay dos grandes oleadas de catalanes en Galicia: la primera es la de los industriales, armadores y luego conserveros, que arriban a partir del siglo XVIII y que se establecen esencialmente en las Rías Bajas, por lo general procedentes de Blanes, y una segunda, menos conocida, esta vez forzada y consecuencia de la guerra civil. Se trata de los soldados del Ejército Popular a quienes Franco obligó a repetir el servicio militar, en casos hasta durante cinco años en los lugares más alejados de Cataluña. En Galicia, muchos de estos muchachos fueron enviados a Ourense, cosa que pude comprobar personalmente en los archivos del Regimiento de Infantería Zamora 8, donde serví, y que contenía documentación incluso anterior a 1943-1944, en que esta unidad fue destinada a guarnición de aquella ciudad.

Conozco ambos extremos de esta historia. Primero, porque me casé con una moza de Bueu, de apellido Puig y familia de tradición conservera vinculados a los Massó, descendiente de Francésc Puig el primer miembro de la saga. El padre, el abuelo y todos los antepasados de mi mujer fueron conserveros.

En cuanto a los segundos, casi todos aquellos forzados soldados se echaron novia por aquí y formaron familias gallegas hoy extendidas. Como solían ser chavales espabilados y con contactos, se dedicaron esencialmente a dos cosas: al comercio, estableciéndose por su cuenta, o a ser representantes o agentes comerciales de empresas de Cataluña. Muy aficionados al deporte, introdujeron en Galicia modalidades comunes en su región de origen, pero poco a nada conocidas en la Galicia de aquel tiempo.

 

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Muchos de estos soldados republicanos, represaliados se iban a quedar en Galicia.

 

Conocí a alguno de aquellos catalanes, luego profundamente gallegos, por sus hijos y nietos, que, con cierta ironía y sentido del humor decían que le agradecían a Franco que los mandara a Galicia, porque gracias a esta circunstancia habían conocido a la que sería su esposa y fundar una familia. Por cierto, que ni uno sólo de ellos, al menos de los que conozco, es partidario de que Cataluña se vaya de España.

La gran arribada

Por lo que se refiere a los catalanes que llegan a Galicia entre los siglos XVIII al XIX, según la propia experiencia de la familia de mi mujer, no empezaron a emparentar con gallegos hasta inicios del siglo XX. Hasta era tradición ir a parir a Cataluña. En el cementerio de Pereiró en Vigo se pueden visitar los panteones de los catalanes, donde se muestra la pujanza económica que llegaron a alcanzar y que da lugar a curiosas historias.

Hace años, tuvimos que localizar a la miembro viva de más edad de la familia Puig, a fin de que, como depositaria de la propiedad del panteón, autorizada la inhumación en su cripta de los restos de un pariente de una de las ramas de la familia, que expresó el deseo de ser sepultado con sus mayores. En ese sentido, se conservaba lo dispuesto por la tradición familiar.

Tradicionalmente, se considera que el primer ciudadano catalán empadronado en Vigo fue Bonaventura Marcó del Pont, alertado emprendedor, como luego demostraría, que arrastró a muchos de sus paisanos. Se sitúa si llegada en el temprano año de 1758. Vigo era apenas un pueblecito de apenas 300 habitantes. No es de extrañar que los conflictos con las gentes de la ría, por la introducción de las nuevas artes de pesca fueran con las gentes marineras de Cangas, que llegaron a arrasar los tinglados de los catalanes que se establecieron en el barrio del Arenal de Vigo.

 

Conservas.

Soldados y conservas.

 

Capítulo aparte es la existencia en Vigo de una base con carta de corso para atacar a los barcos que transitaran por esta zona al servicio de la Corona. El activo catalán, gracias a sus amistades en la Corte, logró que Carlos III y Carlos IV apoyaran esta piratería, se diga lo que se diga. Jorge Parada es un autor de un excelente libro sobre “O pirata da Moureira”, que operaba desde la ría de Pontevedra.

Pero aparte de lo dicho, Marco de Pont convence a sus paisanos de que aquí se puede hacer fortuna y se produce la masiva llegada de catalanes que se asientan en las rías de Vigo y Pontevedra, y diversifican su actividad: pesca, salazón, primeros astilleros, gestión de fletes y por fin, la industria conservera

Pero la suerte de los descendientes de aquellos pioneros ha sido diversa, como lo prueba cómo han acabado en nuestros días algunas de las empresas más boyantes de su tiempo: Massó, Curbera, Molíns, Sensat, Portantet o Barreras.

 

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La industria conservera gallega debe su impulso, sin duda, a los catalanes.

 

Curiosamente, alguna marca comercial de aquellas conseveras, debido a su valor comercial y al mercado, precisamente catalán, existe hoy, aunque la empresa como tal quebró. Tal es la herencia de Salvador Massó Palau, oriundo de Blanes, que llegó a tener en Cangas y Bueu (y también en Barbate, Cádiz) algunas de las mejores fábricas de conservas del mundo.

La diversidad del negocio de los catalanes dio a Vigo su perfil industrial, pues también fueron pioneros de la pesca industrial y de los propios astilleros, como los de Hijos de J.Barreras que se funda en 1892, y que con el tiempo adquiría el INI para salvarla, por una pesetas. Los negocios que se hicieron después a costa del INI son otra historia.

El profesor Antonio Meijide Pardo considera que entre mediados del siglo XVIII y comienzos del XIX llegan a Galicia, no menos de 15.000 catalanes y que su actividad se orientó hacia la industria de la salazón. En Vigo se instalan esencialmente en el llamado barrio del Arenal, que será atacado por los pescadores de Cangas a causa de la descomunal competencia que para la pesca tradicional supuso la introducción del arte de la “Jábega” que, pese a su prohibición, a finales del siglo XVIII ya extraía de la ría del orden de las 10.000 toneladas de sardina, que en gran medida era exportada al resto de España.

José Caminada, Francisco Puig, Carlos Guixeras, Pedro Cusi, Félix Ferrar, Bartolomé  Dalmau, Francisco Solá, Vicente Fábregas, Juan Escofet, José Lluch, entre otros, son algunos de aquellos catalanes que hicieron fortuna en Galicia, junto a los apellidos que han llegado a nuestros días, como los Curbera o Massó, debido a que no todos se quedaron aquí; otros acabaron regresando a Cataluña.

Los beneficios de la guerra del 14

El centro de la ciudad de Vigo está constituido por un magnifico conjunto de edificios notables, realizados en granito del país por los mejores arquitectos de su tiempo, hasta constituir una de las señas de identidad de su arquitectura urbana. Buena parte de estos colosos de piedra labrada por canteros gallegos fueron levantados entre finales del siglo XIX y los primeros veinte del siglo siguiente. Pero los más lujosos, rotundos y notables se construyeron tras la I Guerra Mundial y, en gran medida, como consecuencia de ésta.

No es una leyenda urbana, sino un hecho constatable por los historiadores de la arquitectura local que gran parte de los inmensos beneficios que reportaron a los conserveros (catalanes y otros, pero especialmente los primeros) de Galicia sus suministros a los combatientes de los dos bandos de aquel conflicto fueron a parar, entre otros, a una serie de construcciones emblemáticas que dieron al centro de la urbe la peculiar fisonomía que hoy conserva.

Las conservas de Galicia alimentaron, especialmente en el bando francés, a los soldados que combatieron en aquella guerra, lucrándose del incremento de la demanda que las necesidades del conflicto proyectaron sobre la industria agroalimentaria y pesquera de España, especialmente las conservas de todo tipo, dada la facilidad de almacenamiento, transporte y conservación.

Este hecho se conjuga con la otra España ante el conflicto: la de la presencia española activa en la I Guerra Mundial y que, en ocasiones, daba lugar a curiosas paradojas de que, en un mismo puerto, donde se procedía al canje o recibimiento de soldados prisioneros, como consecuencia de la implicación humanitaria del Rey Alfonso XIII para aliviar a los heridos o enfermos, se estuvieran exportando mercancías a los bandos enfrentados, a través de vitales envíos de alimentos a los beligerantes. Entre otros, las latas de sardina que los conserveros catalanes fabricaban en Vigo.