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Ojos que no ven, educación que se pierde

La educación no es marketing, no se vende, ni se compra. Los educadores tenemos muchos deberes pero ninguna ayuda. Las instituciones públicas deberían comenzar a despertar de su letargo sueño y ayudar en la reducción de alumnos en las aulas, quizá esto  podría ser el comienzo de una mejora educativa. 

Ojos que no ven, educación que se pierde
Representación de un supuesto acoso escolar.
Representación de un supuesto acoso escolar.

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Vanesa Blázquez

Vanesa Blázquez

Egresada en Lengua y Literatura españolas por la Universidad de Murcia. Máster de Profesorado por la Universidad de Alicante y Máster de Literatura Comparada Europea. Doctorando en la Universidad de Murcia sobre literatura hispanoamericana y exilio republicano. Escribe en MUNDIARIO.

En los últimos meses hemos sido testigos de miles de situaciones de acoso hacia menores en todo tipo de situaciones. No obstante, esto se generaliza en los centros educativos y en zonas donde se reúnen frecuentemente.

Hoy, casualmente, he hablado con una bibliotecaria de una localidad de Toledo -llámemosla X-  quien me ha estado comentando que  no sabía realmente qué pasaba en la actualidad entre la juventud. Si bien la causa viene determinada por una falta de concienciación entre los jóvenes o directamente se encuentran en un estado de limbo-pasotismo en el que solo son capaces de razonar cuando se les pone una Tablet delante o se les niega la paga semanal.

Entre estos comentarios y el artículo que he leído esta mañana en el periódico –visible en cualquier medio de comunicación- de una chica ahorcada por la cantidad de insultos que soportaba y por el creciente acoso escolar, no sé qué puedo decir de nuestra sociedad y de este tipo de humanos que, se supone, serán nuestro futuro. ¿De verdad podemos esperar y resignarnos ante estas agresiones? ¿Por qué no incrementar talleres y cursos obligatorios en los colegios, institutos y centros privados? Esta situación es alarmante y si no ponemos un remedio o un límite, acabaremos lamentándolo profundamente.

Como docente sé del esfuerzo que mis compañeros, amigos y conocidos realizan cada día en los centros, mas no es suficiente. Las instituciones y miles de consejerías -demasiadas a veces- son las que de alguna forma deben hacerse caso de esta deficiencia, logrando que en las aulas tuviéramos menos alumnos en pro de una mejor atención al estudiantado. 

Propongo una  reflexión sobre el caso y un debate general acompañado de soluciones que vayan más allá del típico curso soporífero con Power Point. Sugiero capturar a los jóvenes con actividades de mayor actividad, en las que se puedan trabajar otros valores con las que ellos sean capaces de entender cuán impactantes pueden ser las palabras. De nuevo, señores, hablamos de armas de doble filo: la palabra, que mal utilizada podría derivar hacia situaciones peligrosas.