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Myammar: el dulce desprendimiento de las cosas

Hasta hace bien poco, los extranjeros tenían prohibida la entrada en el país. No existían cajeros para disponer de dinero en efectivo, ni disfrutaban de la tecnología más básica. Ahora, las condiciones de vida en general siguen siendo muy humildes.

Myammar: el dulce desprendimiento de las cosas
Los maravillosos 4.000 templos de de Magan. / Mundiario
Los maravillosos 4.000 templos de de Magan. / Mundiario

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Xantia Alonso

Xantia Alonso

Viajera y politóloga en tránsito, escribe en MUNDIARIO, donde se dio a conocer con su sección Crónicas asiáticas.

Estamos en febrero de 2017 y ya llevo una larga temporada en el Sudeste Asiático. Viajo en el ferrocarril de la muerte. Sentada en estos asientos de madera – como los de antaño en España-  puedo sentir cada riel mal puesto en la vía férrea. Mientras atravesamos un paisaje fértil, de verde sinfonía, que trabajan carros de madera tirados por bueyes; pienso en los esclavos que construyeron estas vías. Prisioneros de guerra del ejército nipón que durante la II Guerra Mundial invadió Birmania desde Tailandia, acabando así con el imperante colonialismo británico hasta entonces presente en el país.

Las condiciones extremas bajo las que trabajaban estos prisioneros, las enfermedades, las continuas torturas o el hambre, entre otro factores, acabaron con la vida de aproximadamente ciento treinta y cinco mil hombres en tan solo un año. Los más cinéfilos recordarán “El puente sobre el río Kwai”, inspirada en lo que aquí sucedió.

Setenta años más tarde, las vías siguen siendo las mismas que se construyeron para conectar Tailandia y Birmania, y para poder abastecer a las tropas de manera efectiva además de salvaguardarlas de ataques enemigos.

 

Atardecer en Mandalay. / Mundiario

Atardecer en Mandalay. / Mundiario

 

Casi todo sigue igual

En realidad, desde entonces poco ha cambiado Myanmar (que es como se denomina ahora la antigua Birmania), en comparación con, por ejemplo, su  próspera vecina Tailandia. El sufrir tres golpes de estado desde la independencia de la colonia británica en el 48, haber sido gobernado por una Junta Militar desde los 60 hasta el 2011 o el condenar a sus adversarios políticos como Aung San Suu Kyi -quien legítimamente ganó las primeras elecciones generales libres en el 1990- a un arresto domiciliario que duró nada menos que quince años (no consecutivos),  poco ha contribuido a su evolución y modernización.

Hasta hace bien poco, los extranjeros tenían prohibida la entrada en el país. No existían cajeros para disponer de dinero en efectivo, ni disfrutaban de la tecnología más básica. Ahora, las condiciones de vida en general siguen siendo muy humildes.

Realmente no sabía muy  bien qué me iba a encontrar al llegar. Un pueblo con una historia tan dura y tan reciente tendría que estar claramente afectado y condicionado por ello, pensaba yo.

La falda y el mejunje

Reconozco que lo primero que me llamó la atención de este país es que los hombres llevaran falda. Bastante más discreta que la escocesa, el longyi alcanza los tobillos y es popularmente usada a diario por toda la población, masculina o femenina. Las mujeres, a su vez, para potenciar su belleza usan un mejunje beige claro, casi amarillento, que se untan por toda la cara, donde se dibujan diferentes figuras. Normalmente dos círculos, uno en cada mejilla y una raya en la frente. Además de cosmético, el aplique tiene su función protectora contra el sol. La thanaka, que así es como se llama, realmente destaca sobre su piel oscura. Me pregunto qué pensaran al ver a otras mujeres extranjeras maquilladas con diferentes colores en labios y ojos, tan diferente de su estilo.

Lo que me cautivó, abrumó y marcó la diferencia con cualquier otro país en el que haya estado hasta la fecha, fueron los birmanos

Sin embargo, lo que me cautivó, abrumó y marcó la diferencia con cualquier otro país en el que haya estado hasta la fecha, fueron los birmanos. Las maravillas de Myammar –todavía intactas y sin alterar por el turismo– y sobre todo la belleza interior de sus habitantes me hicieron recobrar la fe en el ser humano.

Son un pueblo extremadamente cálido y amistoso. Jamás olvidaré las sonrisas de los niños y el agitar de sus manos al verme pasar, las miradas de curiosidad de los mayores o, el que cuando me sentaba a comer en uno de esos –no puede ser de otra manera– insalubres puestos de comida callejera, donde la comida está todo el día al aire libre, las sillas son de plástico y, el suelo es una polvorienta tierra seca, se llamasen los unos a los otros por toda la calle para  reunirse a mi alrededor sin ningún otro afán que el verme.

Tenderly

Me sonreían. Todos me sonreían. Me regalaban fruta, me traían comida para que la probara, me tocaban el pelo y se turnaban para acariciarme la nariz. Al parecer, ¡les resultaba muy, pero que muy grande!. No sin esfuerzo conseguí un día que todos a mi alrededor nos midiésemos la nariz con los dedos. Yo, tengo tres dedos, les dije mostrándoles cómo la media. Se reían. A carcajada limpia y cristalina. Nosotros medio dedo –me decían–. Tú, muy grande.

La comunicación idiomática es difícil porque la mayoría no habla inglés, pero no me hizo falta ningún idioma codificado para sentir su bondad y ternura.

Me pregunto cómo es posible que gente tan humilde pueda ser tan generosa. Y me avergüenzo de mí misma

Imaginadme sola, de noche, perdida en la ciudad de Mandalay, la antigua capital del reino, donde nadie te conoce. La rueda de la bici se me acababa de deshinchar y una de las sandalias se me había roto de tal manera que no podía seguir usándola. En situaciones así, te paras angustiada, piensas en por qué no le habrás hecho caso a tu madre, si al final siempre tiene razón. Cinco minutos más tarde y sin pedirlo, un grupo de personas que se me habían acercado, regresó corriendo con un bombín para hinchar la rueda y con un par de sandalias de playa nuevas. Cogieron luego sus motos y me guiaron hasta mi hotel.

…Y no, no esperaban nada a cambio.

Me pregunto cómo es posible que gente tan humilde pueda ser tan generosa. Y me avergüenzo de mí misma.

 

Por los canales del lago de Inle. / Mundiario

Por los canales del lago de Inle. / Mundiario

 

El desapego

Recuerdo otra ocasión, visitando el espectacular pueblo flotante de Inle, una localidad entera de casas de bamboo sobre el agua, con su colegio, su oficina de correos y hasta huertos flotantes. Estaba cenando en un local, no como hice muchas veces en puestos callejeros. Pregunté por el lavabo. Una de las chicas que hacía de camarera cogió unas llaves y me instó a que la acompañara. Salimos del bar. Me llevó a su casa, me dio las llaves y me pidió que cerrara al salir. Se fue sin esperar.

No me llamó la atención el agujero en el suelo, en realidad he dejado de verle la utilidad  a nuestros váteres convencionales (o baños para vagos como ellos los llaman). Me sorprendió  que hubiese como 10 cepillos de dientes, un solo colchón para todos y que las reducidas dimensiones de la única habitación-casa pudiesen acoger a tanta gente. El hedor, la humedad, la ausencia de ventanas, el material marrón oscuro del que estaban hechas las paredes… algo me arañó por dentro. Sentí claustrofobia. Me estaba mareando. Salí corriendo.

Tras mi larga visita a Myanmar, todavía enamorada del país, leo las noticias sobre los nuevos ataques al pueblo birmano de los Rohingya

Regresé al local con la mayor de mis sonrisas, fingiendo que todo estaba bien. Al devolver las llaves me preguntó si las casas en mi país eran como la suya. Sí, muy parecidas, contesté mientras hacía un esfuerzo por terminar la cena. ¿Cómo explicarle lo muy afortunada que me sentía, y que nunca había sido tan consciente de ello como cuando entré en su casa?

Hoy, tras mi larga visita a Myanmar, todavía enamorada del país, leo las noticias sobre los nuevos ataques al pueblo birmano de los Rohingya. Perseguidos, masacrados y negados de la ciudadanía que les corresponde, solo por no profesar la misma religión que sus victimarios. Leo que todo esto sucede ante la pasividad de la una vez prisionera política Aung San Suu Kyi, ahora líder en la sombra y presidenta de facto del país, además de Premio Nobel de la Paz en 1991.

Vuelvo a perder la fe, una vez más.