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Habitación 300: Viaje a la cocina y despliegue de planes para después

De modo que, saboreando el sudor en mis labios, tocando el papel con las yemas de los dedos, le hago un pedido al destino...

Habitación 300: Viaje a la cocina y despliegue de planes para después
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Paula Cascallar

Paula Cascallar

Se define como escritora ambulante y publica sus relatos en MUNDIARIO.

Mi estómago funciona en el hemisferio sur. Dicen que el cuerpo tiene memoria, eso pasa en mi boca. Mis labios maduran al despertar y mis mejillas se calientan al tacto del primer sorbo, fuera del negro en el techo, en el negro de las pupilas, se abre una nueva historia.

Sucedió en mi cabeza, partí a mis padres en pedacitos y los quemé con aceite que me salpicó en los brazos. Luego de tanto esfuerzo no tuve hambre, desperté y no desayuné.

Pero me senté a la mesa y me interrogaron, de modo que les recité la receta del plato que todavía me quieren estampar en la cara.

Supongo que mi cara da las instrucciones. Todo indica a mi vagina, y cada mirada indica el recorrido de norte a sur, pero son territorios inhóspitos para una casa gallega, donde la cocina empaña los cristales de las ventanas y todas las habitaciones tienen hecha la cama.

De modo que, saboreando el sudor en mis labios, tocando el papel con las yemas de los dedos, le hago un pedido al destino y me lo reservo, porque no conozco al Destino, si no es aquel lugar hacia el que encargar un vuelo.

Creo que al partir estallaré de pánico, desataré la aurora boreal en mi estado asfixiante y ecuatorial, pobre como cualquier saharaui, sin derecho a reivindicarme. No necesito navaja cuando ya tengo lengua, y domino el idioma universal.

Cada vez que una estela cruza el cielo azul contengo la respiración y lo cambio de color, y si antes de la luna no se dilatan los cristales, dejo de pensar y el mundo me observa desde el techo sin que le pueda pedir nada, sin que el Facebook me enseñe quién ha sido, qué es lo que estoy buscando, dónde se compran las pastillas de flipar. Ya me basta con el interruptor para matar, pero me asolan palabras muertas en idiomas nuevos en momentos justos y yo sólo sé cinco sentidos, suspirar y llorar por alusiones.

Nadie me lo ha preguntado. No me refiero a todas esas preguntas, sino a quién es quién cuando estoy llorando, porque aunque así me siento justa, creo que es ilegal levantar la persiana a esas horas.

Alguna putada hará que de un rincón una patrulla me devuelva a mi sonajero, la policía me interrogará, hablaré a la gallega… Seré fuerte: no daré nombres, no diré la verdad; seré culpable y mi vagina será declarada enemiga pública.

Mordiéndome la boca vuelvo a pensar. Yo estoy bien, pero la sociedad se siente incómoda. Yo creo que hace falta un éxodo vial, a la japonesa pero intercontinental, para reivindicar el estrés. Tú te arrancas, te largas y te asientas donde haya sitio para aparcar. ¿Por qué en los países estamos de alquiler? ¿Tu casa es un hotel? Si el presidente trabaja para mí, que sea un esclavo. Si todo tiene un precio, que se lo pongan a mi vida, pero un impuesto vitalicio, que no estaré aquí para siempre, que hablar no da de comer… Si resulto rentable, por favor, ahorradme, cotizadme, garantizadme que no acabaré en la puta calle justo cuando el Destino deje una carta para mí en el buzón, porque es una vergüenza tener treinta años y no pagarle nada a nadie. Al menos hay que dar las gracias, sin que se den demasiado.

En una última frase, saboreo otra derrota, elaboro mi deseo, toco el techo y pienso…: error, no he desayunado, es algo natural y cometí un grave error…