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¿Estamos sometidos por la opinión de los demás?

Conversación con Carmen, Eladio, Damián y Andrea, muchachos de entre quince y dieciséis años que, ya en el último jadeo de la secundaria, todavía se habitúan a ese hervidero de lances impostados al que les exigen pertenecer.

¿Estamos sometidos por la opinión de los demás?
De izquierda a derecha: Carmen, Andrea, Damián y Eladio. / Mundiario
De izquierda a derecha: Carmen, Andrea, Damián y Eladio. / Mundiario

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada

Es editor y director de la revista Ligeia. Investigador divulgador de la BNE, también coordina el anexo de investigación Theatrum Mundi y traduce la obra poética de Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe. Ha publicado varias obras en narrativa y verso, por las que ha recibido galardones nacionales e internacionales, como el Charlotte Sabine de Novela Experimental o el Narrador Estratega de la ASCHI. Ejerce de profesor titular de lengua y literatura española y literatura universal en un centro. Su última obra es ‘El llano circular’. Escribe en MUNDIARIO.

¿Y si una mañana, en ascuas de un mundo con soportes de madera y plástico, naciera de la entraña otro mundo que, sin impedimento, fuera más veraz y adolescente? Con esa idea de víscera controlada me reúno con Carmen, Eladio, Damián y Andrea. Son muchachos de entre quince y dieciséis años que, ya en el último jadeo de la secundaria, todavía se habitúan a ese hervidero de lances impostados al que les exigen pertenecer: la inexperiencia y la torpeza, el sosiego y la desobediencia por defecto. No tardo en darme cuenta, al hablar, de que lo que se suele decir no son más que suposiciones y falsedades, más propias de egos exacerbados y buscadores de excusas, y generalmente de aquellos que quieren eximirse de la culpa señalando a otros. Y cuando les pregunto por la “generación perdida”, denoto algo de tristeza en su réplica: “Están pagando justos por pecadores. Nos tratan a todos por igual. Nos están rechazando sin saber”. Esa España que tiende a mantenerse como un suprasegmento ajeno a sus bases ―les digo― es como una costumbre casi milenaria: una caricatura de sí misma.

Que no nos impidan saber. Que nos dejen estudiar lo que más nos gusta. Que nos dejen elegir

Saben que formarse es esencial, y por ello subrayan el desnivel y denigración de un sistema educativo demasiado mustio para concienciarlos crítica y moralmente. “Es ineficiente. No nos están preparando para el futuro. Sólo se trata de memorizar conceptos, vomitarlos luego en un examen y olvidar todo. Sólo nos adaptan para encontrar un trabajo y no para ser autónomos de pensamiento”. Una de las rémoras más frecuentes es la preparación de los profesores: “No todos están preparados para transmitir y conectar con el alumno. Y no les importa”. Otro de los conflictos reside en excluirlos si no les resulta tan fácil aprobar y la imposibilidad y simplificación a la que someten al aprendizaje. Carmen se queja, por ejemplo, de la supresión de materias esenciales como Filosofía. La sensación es de que la educación, a veces, también puede ser una forma de opresión, y no de liberación. “Que no nos impidan saber. Que nos dejen estudiar lo que más nos gusta. Que nos dejen elegir”, dice. Y no le falta razón: ellos son los últimos a los que se les pregunta el qué se debería hacer, si es que acaso se les pregunta. Eladio llega a la conclusión de que es imposible unificar el sistema educativo al gusto de todos. “Desde luego hay fórmulas mejores, que contenten a la mayoría”. Les hablo de las palabras de Wittgenstein: «¿Es la concordancia entre los hombres lo que decide qué es rojo? ¿Se decide este apelando a la mayoría? ¿Se nos enseñó a determinar así el color?».

Son conscientes de que la época en la que les fue dado aparecer contrae dilemas y estigmas, sobre todo con la intromisión de la tecnología. Ha cambiado la manera de la que se piensa y actúa, y las cosas se organizan de una manera un tanto desconcertante: los datos están tan próximos, en la palma de la mano, que se subestima la capacidad de adoptarlos. Ellos saben que la facilidad no es conocimiento. “Ahora podemos ser más eficaces, pero menos conscientes de lo que hacemos. Por eso olvidamos tan rápido”. Creen que, una vez más, el problema es de concienciación. Pero enseguida añaden el pro definitivo: “Antes dedicábamos mucho tiempo y abarcábamos pocas cosas. Ahora dedicamos poco tiempo y abarcamos muchas cosas”. Luego, tras un breve lapso de silencio, se preguntan: “¿Eso es bueno o malo?”.

El presente también nos ampara en su burbuja de detestable irrealidad y las redes sociales facilitan ese aislamiento. Advierten que hay facilidad de comunicación, pero cierta regresión en materia de personalidad: aprender de otros y conocerlos mejor ya no es una impostura a la hora de amistades y querencias. Nos desplazamos entre apariencias que priman en el qué dirán. Como unas detestables sombras erógenas que, buscando agradar, justo logran lo contrario: la banalidad y la sumisión en ese dogma de superficialidad. Me dicen que los instantes de recreo y ocio son “como si todo el mundo estuviera sin estar”: en vez de hablar entre ellos, compartir cosas, caen en el uso del móvil y se ignoran unos a otros. Andrea, que es atleta, resalta la importancia del deporte para “aislarse de ese aislamiento, por la fase de contacto con los demás a la que estás obligado”. Creen que ello es análogo a las carencias educacionales. Y puede ser cierto: hoy conocemos a muchos y sabemos muy poco de ellos. Antes imperaba lo contrario: conocer a pocos y saber copiosamente.

La gente no se para a pensar e intenta imponer. No es la primera vez que alguien que no comparte nuestras opiniones cierra la conversación con un ‘tenéis que iros de este país’ sólo por discrepar

El devenir de la conversación nos lleva, de modo inevitable, a la idea de que tal apariencia sin duda cimienta las raíces del bullying. Lo consideran el mayor de los problemas entre jóvenes. “Conocemos miles de casos. Casos en los que acosan por envidia, por sentirse superiores o poderosos. Y si intentas hacer algo, entras en su círculo de actuación. El acosado pasas a ser tú”. Damián añade: “Es un tema tabú. El Gobierno tampoco se interesa tanto. Sólo hay campañas cuando pasa algo más grave”. ¿La solución? “Tratarlo desde la raíz. Desde pequeños. No siendo tan oportunistas.”

Nacidos en albor de libertad, también saben que ésta debe ejercerse respetando ciertos códigos morales. Pero ello no les impide obviar la presencia de cortinas invisibles que no por sus cualidades ingieren daño menor. “Estamos sometidos por la opinión de los demás. Por lo que digan de nosotros”. ¿Y respecto al género? Viendo como una estupidez la prohibición de escotes y minifaldas en el circuito LGPA de golf, Andrea comenta que a la mujer, cuando practica deporte, se la considera siempre con cierta expectativa sexual. Y nada más lejos de la realidad: en el deporte la vestimenta es a veces más afín a la sexualidad que a la comodidad. “¿Por qué, en atletismo, las chicas tenemos que vestir top y braga y los chicos pantalón por la rodilla y camiseta?”. Buena pregunta.

¿Es la sociedad de extremos? ¿Debe haber algún tipo de mediación? “La gente no se para a pensar e intenta imponer. No es la primera vez que alguien que no comparte nuestras opiniones cierra la conversación con un ‘tenéis que iros de este país’ sólo por discrepar”, dice Damián. Carmen añade: “La mentalidad todavía es muy machista. Y lo peor es que se piensa que ese es el buen camino. Lo más importante es la influencia, es decir, la educación. Todo parte de ahí”. Eladio considera que el problema está en la moralidad. En saber distinguir entre el bien y el mal. Los cuatro coinciden: “No se intenta erradicar las conductas opresivas. Te hablan un poco de ello, pero luego pasan”.

Sentimos que la sociedad sigue siendo estamental y nosotros estamos en la parte baja de la pirámide. Nos ignoran

Piensan, y con razón, que la política española es nefasta. Como en la teoría aristotélica, esperan que el político sea aquél que se ponga, sin condición, al servicio del pueblo. Aquél que valore al ciudadano. Se saben los principales damnificados: “Sentimos que la sociedad sigue siendo estamental y nosotros estamos en la parte baja de la pirámide. Nos ignoran”. Poco después llegan a la conclusión de que hoy, más que nada, se falta a la verdad constantemente: “Lo de ahora democracia no es mucho”. Hablando de discurso político, Eladio afirma que éste se basa en ser 99% ajeno y 1% Wikipedia. Damián discrepa: 99% ajeno y 1% Rincón del Vago. Está bien.

La brisa tremebunda de Cataluña también les ha llegado. “Somos conscientes. Escuchamos a todo el mundo discutir a nuestras espaldas. Toda España está enfrentada, unos contra otros. Y nosotros en medio. Nadie da ejemplo”. Lección de vida: se preguntan a qué esperamos para dialogar. ¿Por qué pasa esto? De nuevo, volvemos a lo mismo: “Los políticos no han sido preparados. Y nosotros tampoco lo estamos siendo. Todo está en la educación. Deberíamos aprender de lo que está pasando”. Se sitúan en ascuas de un mundo “que está mal, porque todos quieren mandar y no todos tienen cabeza”. ¿Qué es tener cabeza? “Sabemos lo que no: Trump”.

Quieren ser profesores, biólogos, libreros, criminólogos o maestros de educación especial. Son partícipes de una sociedad que los mantiene al margen y que los dirige hacia un futuro turbador e inquietante. Irradian optimismo. En cierto modo, todavía transitan por cierta etapa de niñez. Esa cuyo desconcierto es latente y mágico. Que muestra los entresijos del mundo y que lo desgarra con embestidas de emoción y fascinado azar. Que corroe y enseña. Que corta los labios y encoge el estómago. Que augura y emociona. Que prepara y acoraza y ansía. Que, como los versos de José Martí, nace en solemne silencio y en forma de flor eterna y colosal. Ellos lo saben: “Toda aprobación empieza por una revolución”. Esa revolución silenciosa. Tácita, pero implacable.