Buscar

El conflicto sirio contado por Samar Yazbek, una mujer valiente y tenazmente esperanzada

Samar no elude el riesgo. Se empeña en entrevistar a los emires de las facciones religiosas más extremistas. Para mayor peligro, ella es mujer y alauita.

El conflicto sirio contado por Samar Yazbek, una mujer valiente y tenazmente esperanzada
La periodista y escritora Samar Yazbek junto a su libro.
La periodista y escritora Samar Yazbek junto a su libro.

Firma

Javier Puig

Javier Puig

Articulista de literatura y cine, colabora en MUNDIARIO. Escritor de poemas y relatos.

Samar Yazbek es una escritora y periodista siria, de familia pudiente y alauita, es decir, del lado de Bashar Al-Ásad, el dictador que trata de seguir gobernando Siria desde que, en el  2000, sucediera a su padre. Pero ese régimen no le produce precisamente simpatías. Ella, culta, liberada muy por encima de lo que se puede esperar de la mujer siria media, limitada por los prejuicios religiosos y culturales, es una excepción. Está a favor de la instauración en su país de un régimen laico y democrático.

Todo empezó en la primavera árabe, en 2011, que se extendió por diversos países y cuya rebelión popular logró derrocar a varios gobernantes dictatoriales y corruptos. El problema es que, en la mayoría de los casos – salvo en Túnez – la situación revertió negativamente, y aquellos puestos fueron ocupados por regímenes aún más autoritarios o integristas. En algunos casos, como en Yemen, Líbano y Siria, la revolución generó una contienda civil que aún dura. La más sangrienta, la más atroz, la más compleja, es la de Siria. Allí las revueltas pacíficas fueron brutalmente contestadas por el gobierno. El pueblo tuvo que tomar las armas. Luego, para complicar aún más la situación, se sumaron los yihadistas y el ISIS. Y así hasta hoy, cuando no se vislumbra una solución próxima y mucho menos satisfactoria.

En La frontera. Memoria de mi destrozada Siria, Samaz Yazbek narra los viajes que realizó a su tierra, desde su exilio en París, entre los años 2011 y 2013. En la ciudad francesa estaba a salvo de aquellas luchas fratricidas, pero, intranquila por haber abandonado a su pueblo en una situación tan difícil, siente la necesidad de ayudar y también de comprender y de contar al mundo lo que está pasando allí. A la problemática de entrar en un país en guerra, con el consiguiente peligro de perder la vida en cualquier momento, se sumaba la de que ella era una mujer: “La mayoría de los hombres nunca volverían la cabeza para mirar o decir siquiera una palabra a una mujer”.  Los hombres no la miran a los ojos mientras le hablan. Muchas veces está sola,  rodeada de ellos, considerada un lastre.

Samar se infiltra en los pueblos situados en la zona revolucionaria. Es acogida en algunas casas en las que viven prácticamente recluidas – casi todas eran viudas - unas mujeres a las que admira: “Quería descubrir qué hacían las mujeres para mantenerse fuertes. Eran preciosas, limpias, y su comida estaba deliciosa”. Los ciudadanos están desesperados: “¿Puedes creer que un gobierno y un Estado bombardeen a su propio pueblo?”. Mientras tanto, hay muchos que se benefician con la guerra: los turcos, con el caudal de dinero que les entra; los beduinos, que se dedican a traficar con las personas; y fuera, por supuesto, los fabricantes de armas.

La aspiración de los originales revolucionarios es la de un estado democrático laico. Pero pronto van apareciendo grupos islámicos que luchan contra Al-Ásad, aunque con otras intenciones

La aspiración de los originales revolucionarios es la de un estado democrático laico. Pero pronto van apareciendo grupos islámicos que luchan contra Al-Ásad, aunque con otras intenciones. Parte de la población había evolucionado desde una mentalidad sufí a una salafista. El sufismo es la moderación en el islam y el salafismo es el extremismo religioso y militante. Los yihadistas, de momento, decapitaban estatuas pero luego, en su proyecto de intimidación absoluta, pasaron a la decapitación y mutilación de personas. Y pronto hay más mercenarios que rebeldes. Todo se complica extraordinariamente. Los países extranjeros se posicionan. Rusia e Irán, especialmente, se decantan por el apoyo al dictador. La guerra se libra en dos frentes: contra el régimen de El Ásad y contra los grupos yihadistas

En los tres diferentes viajes que narra, desde el primero, en agosto de 2012, hasta el último, en julio y agosto de 2013 (ya se hizo extremadamente peligroso que volviera, para ella y para los que la tenían que acoger y guiar), vamos teniendo noticia del gradual agravamiento de la situación. Se da cuenta de la dificultad creciente de seguir creyendo en una solución favorable: “En vista de las transformaciones sufridas tras la revolución, creer en ideales como estos significaba casi querer agarra el viento”. Aunque estaba viviendo exiliada en Francia ni siquiera había aprendido francés porque su idea era la de volver a su país. En su último viaje, recorre los pueblos con un proyector, intentando dar educación a los niños.  Muy cerca, un número creciente de ciudadanos escépticos la observa, contaminados por las ideas simplistas y crueles del yihadismo. A un niño de nueve de años que se encuentra en ese grupo, le pide que se una a ellos y obtiene esta respuesta: “¿Te crees que soy un niño? No tardaré mucho en escaparme y unirme al Frente Al-Nusra. Sé cómo disparar”.

Desde el principio de la guerra, los sirios que visita Samar viven codo con codo con la muerte. Son innumerables las escenas descritas en el libro, en las que el sonido de las bombas cercanas está presente, como un fondo no inocuo, siempre amenazante; como el de esas atroces y carniceras bombas de barril o las bombas de racimo que expanden otras más pequeñas. Los habitantes de esas zonas se acostumbran a vivir sabiendo que el siguiente instante podría ser el último de sus vidas. Las mujeres preparan con increíble amor la comida de la noche, durante el ramadán, cuando finalmente se rompe el ayuno diario. Ese momento alegre coincide con el recrudecimiento de los bombardeos. Están cansados de esa doble lucha. Viven una existencia diaria amarga. Aunque, hay soldados que ríen mucho, intentando desligarse de la muerte.

Son numerosas las repercusiones dramáticas que se describen en el libro. Esta es una imagen recurrente: hombres que se sientan delante de una escena de carnicería atroz o cerca de los cadáveres de su familia, mirando al vacío

Son numerosas las repercusiones dramáticas que se describen en el libro. Esta es una imagen recurrente: hombres que se sientan delante de una escena de carnicería atroz o cerca de los cadáveres de su familia, mirando al vacío. No hay medicamentos en los hospitales, ni instrumental, ni electricidad, ni agua. El optimismo mayoritario del principio se va resquebrajando. El pueblo, el activismo laico revolucionario, se encuentra aislado, impotente, entre el ejército de Al-Ásad y los grupos integristas, el ISIS, los secuestradores, los mercenarios. A Samar le da rabia ver a tantos extranjeros, tanta injerencia de otros países, de unos intereses o ideologías que han secuestrado su país. La forma de actuar es bien diferente. Los batallones islámicos reclaman botines de guerra mientras que el Ejército Libre está en contra. La relación del ISIS con las otras facciones religiosas era cordial al principio, pero  luego se produjo un total enfrentamiento.

Samar no elude el riesgo. Se empeña en entrevistar a los emires de las facciones religiosas más extremistas. Para mayor peligro, ella es mujer y alauita. En principio, oculta esta última condición. Sería muy peligrosa desvelarla. Los alauitas están con Asad. Los suníes en contra. Entrevista a un primer emir. Ante la constatación del antidemocrático poder que no oculta, le pregunta: “Entonces, ¿cuál es la diferencia entre ustedes y Hafez el-Ásad y su hijo, si su dictamen es el que tiene peso? “. “No tiene nada que ver conmigo. Se trata de la ley”, se excusa el emir. Va contra los alauitas. Ella tiene que callar, está temblando. Hay dos millones de alauitas. El emir dibuja el futuro: “Los cristianos pagarán un impuesto y si no se enfrentarán al asesinato, a su justo merecido. Los alauitas son apóstatas y debemos matarlos.” “¿Cuál es el pecado de las mujeres y los niños?”, le pregunta Samar. “Las mujeres dan a luz y los niños se hacen hombres y los hombres nos matan.” El emir pretende decirle a Samar algo que le puede gustar: “Queremos abrir una escuela para enseñar a los niños a leer el Corán.”, pero ella se rebela: “El Corán es para la fe de la personas y la educación es para su mente. Dejemos a Dios para el corazón.” El emir sacude la cabeza, indignado.

Finalmente, Samar Yazbek tiene que salir del país. Se halla en la frontera, con sus dos direcciones. Combatientes en busca de la muerte, la puerta a la eternidad en aquel paraíso en el que creen. Comerciantes de armas, traficantes de personas y enjambres de seres aterrados, desesperados por huir. Combatientes huidos y representantes de organizaciones humanitarias. No sabe cuándo podrá volver. Siente la impotencia de no poder ayudar. El mundo es muy complejo, la gente es muy obtusa, y algunos lugares parecen un laboratorio donde, continua y desmedidamente, se quiere demostrar la inmensa incapacidad del ser humano para conciliar sus ideas.