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Dos testimonios sobre Fidel: su preceptor el jesuita Foyaca de la Concha y el tabaquero Davidoff

Conocí y entrevisté a muchos personajes que trataron de cerca a Fidel, empezando por su preceptor el padre Foyaca de la Concha, del elitista Colegio de Belén, y al tabaquero Davidoff, que llegó a tener un a extraña relación con Castro.

Dos testimonios sobre Fidel: su preceptor el jesuita Foyaca de la Concha y el tabaquero Davidoff
Castro y Davidoff, una curiosa relación.
Castro y Davidoff, una curiosa relación.

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Fernando Ramos

Fernando Ramos

Doctor en Derecho y en Ciencias de la Información. Profesor titular de la Universidad de Vigo. Periodista y columnista de MUNDIARIO. Es profesor invitado en diversas universidades de Europa y América. Autor de 25 libros sobre temas de Derecho de la Comunicación, Protocolo y Comunicación institucional. Está en posesión de diversos premios como periodista. El Ministerio de Defensa le otorgó la Cruz al Mérito Militar con distintivo blanco como historiador militar. Pertenece a diversas asociaciones profesionales y académicas de Europa y América.

 

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Hace años, siendo yo un joven periodista que daba los primeros pasos en el mundo de la radio, pude conocer al padre Foyaca de la Concha. Era ya un hombre mayor, un viejo jesuita del Colegio de Belén, en Cuba, donde estudiaba la élite de la burguesía cubana y los ricos en general. Allí fue donde se educaron los Castro.

El padre Foyaca conocía bien a Fidel y de él me habló mucho en una entrevista que lamento no conservar. Y sobre todo, me reveló algunas curiosidades llamativas. El joven Castro leía a José Antonio Primo de Rivera, como lo oyen, pues le agradaba la doctrina revolucionaria del fundador de la Falange. Me dijo Foyaca que Fidel era inteligente, inquieto y enormemente noble. En una ocasión en que se hizo una requisa de armas en el colegio le hallaron una pistola y él entregó una segunda sin que nadie se lo pidiera.

El viejo profesor hablaba con cariño de sus recuerdos, pero le dolía el rumbo que había tomado luego la revolución que tantas esperanzas despertara. Recuerdo que al regreso de las vacaciones de aquellas Navidades y Reyes de 1958 y 1959, los chavales del Instituto Masculino de Lugo celebramos la entrada de Fidel en La Habana con gran alborozo. Incluso más tarde llegamos a cantar aquella copla: “Dicen los americanos que Fidel es comunista, si Fidel es comunista queme apunten en la lista que quiero ser como él”.

Pero también descubrimos otra faceta de la revolución cuando empezamos a conocer otras historias de los que iban retornando. Eran chicos como nosotros, hijos de emigrantes asentados en Cuba cuyos negocios habían sido expropiados y que volvían con lo puesto. No lo entendíamos bien. Ya en Ourense tuve como vecino de la casa de mis padres a un antiguo empresario maderero, con una hija. La chica me contó que, dado que no se podía sacar nada de oro del país, al subir al barco, un “barbudo” le arrancó la cadenita de oro que llevaba. Su padre contaba con sorna que esperaba que por lo menos ahora, los cubanos trabajaran todos los días.

Según su experiencia, la mitad de su plantilla eran emigrantes españoles y el resto cubanos. Los viernes o sábados pagaba el jornal, pero los lunes sólo volvían a trabajar los españoles; de modo que tuvo que organizar la producción en dos fases: una semana, la plantilla completa, y la otra, la mitad, pues los cubanos volvían al tajo cuando agotaban el dinero.

Se puso de moda una cantinela que surgió a raíz de la expulsión de Cuba de comunidades religiosas que decía: “¡Monja vestida de blanco, y cura que no corta caña, pa España!”.

Fidel, Davidoff y el lujo

Tuve otras ocasiones de conocer a personajes de lo más diverso que conocieron a Fidel y a su familia, incluso a un antiguo compañero de su padre, un latifundista, por cierto, de quien se contaba su habilidad para mover los mojones de los lindes de sus fincas para ir ganando terreno. Pero puede que fuera una leyenda.

De Fidel recogí el testimonio de un personaje muy curioso, el mismo que lo convenció de que el lujo era necesario para que Cuba pudiera vender su tabaco. Se trata del famoso Davidoff, el fabricante de tabacos que llevan su nombre. Lo conocí en Madrid, gracias amigo Daniel Hortas, jefe de prensa de Tabacalera. Cuando Castro tomó el poder unificó las diversas marcas de puros en una sola, y pese a que Davidoff fue uno de los perjudicados por la política tabaquera y tuvo que trasladar su producción a otros países de la zona (lo mismo que algunas famosas marcas de licores, de suerte que bajo la misma denominación se vendían en el mercado ron cubano de Cuba y ron cubano de Santo Domingo). El multimillonario Davidoff convenció a Castro de que, como él contaba, “el lujo es necesario y el fumador de puros caprichoso, por lo que se deben mantener marcas separadas con las diversas ligas de tabaco”. Curiosamente, entre el judío ucraniano y el hijo de un emigrante gallego se mantuvo una curiosa relación con altibajos, pues se conservó la marca y producción de Davidoff en Cuba.

 

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El Colegio de Belén, donde estudió Fidel.

La evolución de la Revolución y sus diversas fases siempre me han producido sentimientos contradictorios. Todos nos alegramos de que Castro, como dice la canción de Carlos Puebla y sus tradicionales (a quienes conocí)  “llegó el comandante y mandó a parar” y barrió de Cuba a la Mafia y sus casinos; pero sin negar los avances en educación y sanidad, la miseria general del pueblo cubano (de la que se culpó al embargo americano) siempre nos ha conmovido. Pero del mismo modo, testimonios como el del comandante Huber Matos (casi medio siglo en la cárcel por mandar una carta a Fidel apartándose de la revolución, asunto que ha dado lugar a un miserable reportaje lleno de mentiras que se puede ver en youtube) revelan la grave deriva del régimen que tantas esperanzas despertó en todo el mundo (recomiendo el libro de Matos “De cómo llegó la noche”). Sobre este libro escribe Diego García: “Resulta conmovedor y ejemplar, no sólo desde el punto de vista literario, de su lenguaje llano y claro, de su inmediatez, de su veracidad y de su valentía, sino por su absoluta falta de rencor y del hecho de no lamentarse jamás. No hay una línea en la que se queje o compadezca absolutamente de nada. Sigue siendo, como escritor, un verdadero hombre de guerra, de los que aguantan de verdad. Literariamente hablando, el libro puede leerse como una novela y lo es de algún modo. No hace falta conocer nada de historia, y podría ser una ficción. Mérito más que suficiente para quien se adentre en sus seiscientas o más páginas. Pero cuando se lee como un testimonio, es decir, como lo que vivió el hombre que lo escribe, resulta, más que conmovedor, desgarrador”.

Opositores y comisarios

Conocí a cubanos de Miami y a los comisarios de flota cubana en Vigo. Una de las evidencias del fracaso de la economía planificada me lo reveló Guillermo Rey Paniza, un empresario vigués, proveedor de piezas y otros bienes de equipo para Cuba. Puntualmente le llegaban pedidos de la Habana (tras haberse construido en Vigo una flota camaronera mejor que cualquiera de las españolas). En un viaje a La Habana, Rey Peniza visitó uno de los almacenes de Flota Cubana y se dio cuenta de que estaban rebosantes de piezas que ya no precisaban por haber sido retirados del servicio, cuando no abandonados muchos de aquellos barcos, por falta de mantenimiento; pero dentro de los planes quinquenales se seguían pidiendo piezas que ya no se preciaban.

Pero quizá le mejor anécdota de la realidad cubana me la contaron un grupo de militantes de Comisiones Obreras y del Partido Comunista Español, para quienes fue especialmente útil su estancia en Santiago de Cuba. Todos ellos, trabajadores de los astilleros Barreras y Ascón de Vigo, donde se construyera el que fuera mayor contrato de construcción naval pesquera de España, mediante la fórmula de comercio de Estado (España financió los barcos y Cuba los pagó esencialmente con azúcar).

Los obreros de Vigo fueron enviados a montar una base de reparaciones en Cuba. Un buen día, se produjeron diversas concentraciones de gases en las naves que se estaban construyendo, nada grave, por otro lado, y los trabajadores del naval hicieron lo que hacían aquí: pararon e iniciaron una huelga, exigiendo mejores condiciones de trabajo. Entonces llegó un comisario del pueblo que les dijo: “No me sean güevones, compañeros: la huelga no es revolucionaria, aquí lo revolucionario es el trabajo, la huelga “pa” España. Y entonces entendieron lo del socialismo real.

En resumen, con sus luces y sus sombras, nadie podrá negar que Fidel fue uno de los personajes relevantes del siglo XX y que su paso por la historia no dejará a nadie impasible, en un sentido o en otro.