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El reparto de África o cómo hipotecar los próximos 100 años de historia

El autor analiza las nefastas consecuencias que tuvo para la historia de la humanidad el reparto de África de 1880.

El reparto de África o cómo hipotecar los próximos 100 años de historia
África.
África.

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Andrés Cortés Caballero

Andrés Cortés Caballero

Escritor. Colabora en MUNDIARIO.

En la década de 1880 se realizó lo que históricamente se conoce como “el reparto de África”, que consistió en el establecimiento de fronteras y en la creación de nuevos países controlados por las principales potencias occidentales. A efectos prácticos, las golosas riquezas naturales de Africa fueron repartidas solamente entre Reino Unido y Francia que se asignaron la mayor parte del pastel, siendo el resto de países un grupo ignorado que se conformaría con las migajas sobrantes.

Por supuesto, todo esto sin contar con los africanos, que eran los dueños legítimos del continente que habitaban desde hacía milenios. Si nos fijamos en un mapa actual de África, vemos que las fronteras son rectangulares, trazadas con escuadra y cartabón. Los colonizadores crearon naciones sin tener en cuenta accidentes geográficos o circunstancias antropológicas, de manera que en ocasiones una etnia quedaba repartida artificialmente entre dos países, o incluso se premiaba a alguna etnia no dominante sobre otra, de manera que se acrecentaba el odio y las disputas entre ambas.

Los países occidentales exprimían el  jugo del fruto africano hasta dejarlo seco, posteriormente otorgar la independencia, dejar el poder en manos de reyezuelos sanguinarios, largarse y mirar para otro lado (este fue uno de los motivos que provocó la sangrienta guerra de Ruanda en los años noventa del siglo XX, con más de 800.000 mil muertos).

Este artículo trata de demostrar que la historia actual y los sucesos que ocurren o han ocurrido en nuestra época (la caída de las Torres Gemelas, la Segunda Guerra Mundial, el genocidio de los judíos, o la guerra fría, por ejemplo) es consecuencia del reparto de África de 1880.

La Historia es como un juego de piezas de dominó puestas en fila: si derribamos la primera, caerán todas, una por una, impulsada por la anterior.

El reparto fue injusto para los africanos y desigual para las potencias que tuvieron la desvergüenza de considerar un continente ajeno como propio. Así, grandes imperios como el alemán se vieron casi con las manos vacías. Alemania era una economía industrial pujante y poderosa pero llegó tarde al reparto colonial. Los intereses expansionistas de los alemanes chocaron con las colonias establecidas por los británicos en China o Africa del Sur. Esta situación obligó a los países a posicionarse y se establecieron, por así decirlo, dos bandos: por un lado Alemania y el imperio Austro-húngaro y por otro Francia, Rusia y Gran Bretaña. El mal reparto de Africa provocó que el imperio austro-húngaro y los rusos miraran hacia los Balcanes – una zona conflictiva en extremo debido a los nacionalismos pujantes y contrarios entre sí - . El descontento social aumentó y todo se focalizó en el asesinato por parte de un radical serbio del Francisco Fernando heredero del trono de Austria. El atentado fue el detonante que aprovechó el imperio Austro-húngaro para aniquilar Serbia y los rusos acudieron en ayuda del país balcánico. Haciendo honor a las alianzas mencionadas, justificadas por el reparto de Africa, Francia y el Reino Unido apoyaron a Rusia, y Alemania apoyó a los austro-húngaros.

Ya sabemos cuál fue el resultado de la Primera Guerra Mundial (1914-1918): Alemania perdió, se firmó el tratado de paz de Versalles, en el que se obligaba a Alemania a reducir sus tropas, pagar grandes indemnizaciones a los vencedores, ceder la totalidad de sus colonias y devolver Alsacia-Lorena a Francia.

Estas durísimas condiciones llevaron a Alemania a una crisis económica sin precedentes, generando un descontento social que cristalizó 15 años después en la llegada al poder del líder de un partido minoritario radical que hacía suyas las quejas de los orgullosos alemanes (un tal Hitler).

A continuación lo conocido: Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el exterminio programado de los judíos, gitanos, homosexuales y demás “elementos contaminantes” para la raza aria.

La derrota de Alemania en la Segunda Guerra mundial provocó el crecimiento desmedido - militar y armamentístico – de dos países: Estados Unidos y la URSS – y el control geopolítico de dos frentes – el occidental y el oriental -. La posterior desaparición de la URSS (1989) dejó el campo libre para que Estados Unidos se erigiera como el defensor global del Nuevo Orden Mundial.

Los dos bloques enfrentados durante la Guerra Fría consolidaron alianzas con países antagonistas, como por ejemplo con Irán (apoyado y armado por la URSS) e Irak (apoyado y armado por Estados Unidos). Tras la desaparición de la URSS, el dictador de Irak, Saddam Hussein se sintió poderoso e invencible (armado hasta los dientes como ya hemos dicho por Estados Unidos) y cometió la torpeza de apoderarse de los campos petrolíferos de Kuwait, un país rico, fronterizo y militarmente nulo.

Estados Unidos se vio obligado a enmendar su error y apoyado por las bases americanas de Arabia Saudí acudió a lo que se llamaría la Primera Guerra del Golfo (1990-1991), derrotando a Saddam Hussein. A partir de esta guerra, la presencia militar estadounidense en el Golfo Pérsico y en países aledaños, principalmente Arabia Saudí, fue constante.

Diez años después, varios radicales islámicos, bendecidos y espoleados por el magnate Saudí Osama Bin Laden, decidieron secuestrar simultáneamente varios aviones comerciales estadounidenses y estrellarlos contra objetivos simbólicos americanos (las torres Gemelas de Nueva York o el Pentágono). La excusa: la profanación por parte del ejército de Estados Unidos de los lugares santos musulmanes como La Meca. que está en Arabia Saudí.

En fin, la hilera de fichas de dominó es interminable y podríamos seguir hasta nuestros días (guerra de Siria, conflicto Israel-Palestina).

La conclusión es sencilla: las decisiones políticas, económicas e incluso culturales que realicemos hoy, tendrán una consecuencia mañana, y no necesariamente buena, tal y como ha quedado de manifiesto en este artículo.