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Quince años después del Prestige los petroleros siguen en el puerto de A Coruña

Repsol continúa descargando petróleo donde lo hacía y el puerto exterior de A Coruña sigue sin conectarse a la refinería.

Quince años después del Prestige los petroleros siguen en el puerto de A Coruña
La refinería de Repsol con A Coruña al fondo. / Xurxo Lobato
La refinería de Repsol con A Coruña al fondo. / Xurxo Lobato

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Antón Luaces

Antón Luaces

Periodista especializado en información marítima. Colaborador de MUNDIARIO.

Quince años, ya, cuando la marca no superaba hasta ahora como mucho los diez. 

El hundimiento del Prestige, tras el derrame inicial y posterior de su carga sucia, continúa siendo noticia y motivo de especulación sobre causas, responsabilidades y posibilidades de salvación del buque y devolución de su honra como capitán de la marina mercante a Apostolos Mangouras, quien acabó en la prisión de Teixeiro (A Coruña) su vida como marino.

Quince años acumulando duelos no librados que reconcomen el alma para, finalmente, llegar a la conclusión de que todo pudo haber sido distinto de haber dejado actuar al capitán Mangouras según su leal saber y entender y, sobre todo, que los grandes culpables de que, quince años después de la tragedia negra ocasionada por el chapapote en las costas de Galicia y el Cantábrico, los verdaderos culpables paseen su ¿soledad? por las calles de sus ciudades de residencia y que, a mayor gloria, disfruten de una buena pensión de jubilación porque su culpabilidad no ha significado hasta hoy –ni probablemente signifique nunca– merma alguna de sus derechos pasivos. Es más: en muchos casos, aquella su actuación les ha servido para ascender en su carrera profesional en la Administración del Estado. En España, equivocarse por desconocimiento de lo que se debe hacer en cada momento en un Ministerio no tiene condena.

Quince años desde que la voz de alarma puso en vilo a los marineros gallegos y despertó la conciencia de miles de ciudadanos del mundo que vieron con mucho temor cómo el peor de los crudos llegaba a borbotones a unas playas que ya habían sabido, años antes, sufrir estoicamente lo que la mar les traía desde el vientre de otros petroleros cuando el "Nunca Máis" todavía no salía de las gargantas silenciadas por el terror. 

Y todo sigue igual. O casi todo.

Probablemente la suerte hizo que, en aquella ocasión, las vidas de los tripulantes del petrolero Prestige se hubieran salvado. También se salvaron de la cárcel algunas de las personas que debieron haber pasado por esta. Solo Apostolos Mangouras, el capitán del viejo candray,  pisó la prisión  para asombro de muchos de sus colegas internacionales. Y quedan todavía por solucionar muchos apartados de este caso en el que un juez gallego dictaminó que, con la excepción del capitán griego, no había otros culpables del suceso registrado hace, como digo, la friolera de quince años. Ni siquiera el Estado se ha resarcido de las cantidades hasta ahora abonadas a los damnificados. Otros han cobrado indebidamente.

¿Quién va a resarcir a Mangouras de lo padecido en todo este tiempo?. ¿Quién puede sostener que las playas, la costa, no presentan signos de aquel chapapote maldito nacido de unos hilillos de plastilina que el buque vertía al mar desde el fondo de este?. ¿Dónde están los que, en aquellos días de martirio hablaron para callar sistemáticamente a la vista del resultado de su "trabajo"?. ¿Quién les exige nada?. ¿Qué noticias tenemos del estado de aquellos voluntarios que acudieron a Galicia a ayudar  y se llevaron en los pulmones síntomas de algo que nunca antes habían tenido?.

Hemos superado la marca de diez años, sí. Hemos llegado a los quince sin que otro petrolero hubiera vertido su veneno en nuestras aguas. Pero frente a las costas gallegas continúan navegando miles de buques con cargas sumamente peligrosas. Y en los puertos de Galicia –por ejemplo en el de A Coruña– prosigue el trasiego de graneles, desde crudo a productos químicos, pasando por el incómodo carbón.

Seguimos diciendo que estamos más preparados que hace quince años para pelear contra otra marea negra. Ojalá no sea necesario dar una nueva batalla.