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¿Puede esperarse en España tanta infamia, cinismo y cobardía?

¿Por qué siempre enterramos un dechado de virtudes y enmascaramos, al tiempo, el reconocimiento de nuestra maldad o de los notorios yerros colectivos?

¿Puede esperarse en España tanta infamia, cinismo y cobardía?
Rita Barberá. / RR SS
Rita Barberá. / RR SS

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Manuel Olmeda

Manuel Olmeda

Analista socio-político y profesor. Colaborador de MUNDIARIO.

La muerte de Rita Barberá deja al descubierto profundos defectos o vicios achacables a diferentes grupos e instituciones sociales. No deja de ser ingrato, inoportuno, esperpéntico, que tras extinguirse venga una reflexión extemporánea, casi imperativa, de lo que significa la vida. ¿Por qué siempre enterramos un dechado de virtudes y enmascaramos, al tiempo, el reconocimiento de nuestra maldad o de los notorios yerros colectivos? Desconozco un obituario donde al fenecido se le asigne alguna mácula. Acaso la muerte sea juez severo y queramos compensar esa rigurosidad insuflando loas tardías -a veces hipócritas- como compensación escrupulosa, como acto de contrición. Una lógica existencia se acompaña de hábitos que, aun siendo humanos, agigantan los defectos imbricados con dicha naturaleza; las virtudes sufren exagerados encomios una vez desaparecido el sujeto. Triste y terrible realidad. Da fe aquel refrán sabio, como todos ellos, de “muerto el borrico, la cebada al rabo”.  

Baltasar Gracián afirmaba:”Señal de tener gastada la fama propia es cuidar de la infamia ajena”. No hubiera expresado mejor tan incuestionable aserto de vivir ahora donde el escenario de la farsa se llena con actores flacos, sin tablas, carentes, pero inmunes a cualquier límite, a cualquier desfachatez. Estamos llegando a unos niveles de mediocridad político-mediática que debieran preocupar a las mentes sensatas, ocultas o silentes. Lejos de mostrar atributos imposibles, aireamos desdoros de adversarios e incluso de condiscípulos. Tan pobre divergencia, tan inmunda prueba discriminatoria, se aplica desde hace una década, al menos. Los argumentos válidos, la popular prueba del algodón, dieron paso insensiblemente a este vía crucis, casi crucifixión, con la que se suele someter de forma paradójica, injusta, insaciable, a quien pudiera ensombrecer con verdad nuestras capacidades, dejando al descubierto la vergonzante y cruda realidad de una indigencia intelectual, ética y social.

Sí, Rita Barberá -aun agigantando sus defectos, muchos al decir de unos y otros- gozó de seis sentencias democráticas a su favor. Semejante éxito dañaba a espíritus inútiles, exquisitos; un prurito mal entendido de la vieja política -más allá de filias o fobias- y, sobre todo, de la nueva que oculta sus quimeras e incapacidad sobre la trayectoria señalada con reiteración, insidia e interés, por medios cuyos objetivos distan de la información recta. Políticos e informadores, tertulianos, analistas sometidos a peaje (acorde o no con su personalidad) sancionaron inmediatamente un eco anónimo, menesteroso, desterrando cualquier posibilidad de defensa, de aclaración. Empezaron quienes ansiaban gozar las mieles de un consistorio inaccesible por vía impoluta. Se imponía la mancilla y una voz misteriosa exhortando al mundo antropófago a que gestara el eco estridente. Hoy, tras la caída definitiva, se habla de caza, linchamiento, persecución política, mientras en las jofainas de cualquier sigla permanecen tonalidades rojizas. A cambio, han lavado sus manos aprensivas. Otra prueba más de la roña e indecencia que aporta el ADN político.

Mientras, la sensatez -siempre quedan posos tras toda felonía- se desgañita en aconsejar reflexión. Quien hace gala de podredumbre moral y humanitaria traspasa, quiebra, los límites consignados por las buenas formas, por la presunción de inocencia. Cuando así actuamos, queda hecho jirones el yo racional, libre, para convertirse en alimaña travestida. Hay pretextos inadmisibles, peor que el simple reconocimiento de un acto vergonzoso. Más si tienen una base falsa, venero del insulto, quizás muestra inequívoca de degradación personal o, peor todavía, prueba de hasta donde llega sus servidumbre teatral, tal vez penosa incontinencia. Me gustaría huir, cuando denunciamos, de esa contribución inconsciente, arbitraria, que hacemos a la evocación de gente concreta, hostil. Debiéramos obviar cualquier mención a grupos cuyo objetivo consiste en protagonizar la noticia como esencia estratégica. Solo así podremos desvestir al judas. No obstante, su cinismo llega al clímax de lo absurdo pero con frutos posibles, operativos, eficaces, cuando se diluye en una sociedad inculta, resentida. Les va como anillo al dedo aquel refrán común: “En todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas”. Dejémoslo aquí.

Pese a todo, quien ha exhibido un grado de cobardía política es el PP. Observamos a diario que los personajes visibles de cualquier partido niegan por activa y por pasiva los presuntos delitos de sus miembros con algún alcance popular o mediático. Al unísono, fuera de toda regla, defienden la inocencia de delincuentes ya juzgados y condenados. Miembros destacados del PP, por el contrario, potenciaron la caza de una persona que levantaba ronchas en los antagonistas políticos; al parecer también en los propios por salir airosa de tanto proceso democrático. El demócrata queda lejos de un concepto que se cuelga uno con prepotencia desmedida, o le cuelgan elogiosa e inmerecidamente, para aunar gravedad y respeto al veredicto popular. Cabe reconocer, a estas alturas, que Rita Barberá y Camps fueron artífices del poder de un Rajoy medio desahuciado. De bien nacidos, es ser agradecido.

Deseo, al final, introducir una acotación al margen. Llevo viviendo en Valencia desde mil novecientos ochenta y dos. Jamás voté a Rita Barberá dado mi empeño abstencionista. Peor aún, me manifesté contra ella en multitud de ocasiones por empeñarse en aumentar la inseguridad potencial de un barrio valenciano donde viven mis nietas, jóvenes de diecisiete y quince años. Es decir, tendría razones para escribir sobre ella en términos opuestos a los hechos. No obstante, reconozco la inmensa labor realizada en Valencia desde que se hizo cargo del Ayuntamiento y en ello baso mis proposiciones precedentes. Porque, como diría cierta filosofía de bolsillo, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. Inobjetable.