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Pese al incidente con Lojendio y la presión norteamericana, Franco no rompió con Castro

El 20 de enero de 1960, el embajador Lojendio se enfrentó en directo en la  televisión cubana a Castro por sus insultos y acusaciones a España y fue expulsado del país, pero Franco ordenó a Castiella no hacer nada.

Pese al incidente con Lojendio y la presión norteamericana, Franco no rompió con Castro
Lojendio y Castro en un tenso momento.
Lojendio y Castro en un tenso momento.

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Fernando Ramos

Fernando Ramos

Doctor en Derecho y en Ciencias de la Información. Profesor titular de la Universidad de Vigo. Periodista y columnista de MUNDIARIO. Es profesor invitado en diversas universidades de Europa y América. Autor de 25 libros sobre temas de Derecho de la Comunicación, Protocolo y Comunicación institucional. Está en posesión de diversos premios como periodista. El Ministerio de Defensa le otorgó la Cruz al Mérito Militar con distintivo blanco como historiador militar. Pertenece a diversas asociaciones profesionales y académicas de Europa y América.

 

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El 20 de enero de 1960 se produjo un grave incidente entre Cuba y España. Comparecía Fidel Castro en el programa “Tele Mundo Pregunta”, en el Canal 2 de televisión, el líder revolucionario acusaba al Gobierno español y a su embajador en Cuba de conspirar y ayudar a los contrarrevolucionarios enemigos a actuar contra la revolución y a las instituciones religiosas de españoles, especialmente los conventos, de ocultar armas. De repente, se presentó en los estudios el propio embajador de España Juan Pablo Lojendio, Marqués de Vellisca, natural de San Sebastián, quien estaba viendo el programa ya acostado; pero en cuanto escuchó las acusaciones contra él y el gobierno que representaba se trasladó de inmediato a la televisión, de modo tan rápido, que Fidel seguía con su intervención.

Los guardaespaldas de Castro y varios periodistas de la televisión rodearon a Lojendio y lo escoltaron a la salida, entre ellos el comandante Almeida. Al día siguiente, el régimen cubano le dio veinticuatro horas para salir del país. Marcelino Oreja recuerda el incidente en sus memorias (Memoria y esperanza. Relatos de una vida). Entonces estaba destinado en el gabinete del ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella. Oreja recibió la noticia de madrugada y se trasladó al domicilio de su jefe para comunicársela. Éste, telefoneó a Franco de inmediato, pese a lo intempestivo de la hora, por lo que los ayudantes de servicio tuvieron que despertar al caudillo.

Cuando murió Franco, Fidel Castro ordenó tres días de luto nacional. Tras el incidente de Lojendio, el comercio bilateral fue en aumento y en 1971 se renovó el acuerdo comercial de 1959

Franco ordenó a su ministro de Asuntos Exteriores no romper con Cuba y volvió a la cama, indicándole que se estudiaría el caso con calma en el Consejo de Ministros. Lojendio sería más tarde embajador en Suiza, Italia y la Santa Sede.  En los años siguientes, las relaciones entre ambos países se mantuvieron al nivel de primer secretario de embajada, pero Madrid no rompió las relaciones comerciales con La Habana, pese a las presiones de EE UU y a las confiscaciones que sufrió la colonia española, entre ellas el famoso Centro Gallego. El comercio bilateral fue en aumento y en 1971 se renovó el acuerdo comercial de 1959. En 1975 se restablecieron las relaciones diplomáticas al máximo nivel y cuando murió Franco, Castro ordenó tres días de luto nacional. Castiella alabó más tarde la calma de Franco y no le gustó la acalorada reacción de Lojendio, por entender que un diplomático debe serlo, ya que existían otros cauces para replicar a Castro y exigirle que rectificara.

Se mantuvieron las relaciones

El diplomático español Inocencio Arias recuerda algunas muestras posteriores de afecto a España. En una gira por Hispanoamérica, en 1978, Adolfo Suárez visita Cuba. Fidel comparece de modo inesperado en una conferencia de prensa del presidente del Gobierno español donde “hizo en un encendido elogio del anterior jefe del Estado español que, entonó, había resistido las presiones del imperialismo yanqui para cortar los contactos con Cuba. Franco se negó a eliminar los vuelos de Iberia y pocos años antes había firmado un voluminoso contrato de compra de azúcar con La Habana”.

Los periodistas españoles presentes no salían de su asombro. En aquella no esperada comparecencia, Castro se deshizo en elogios hacia el proceso político seguido por nuestro país y el esfuerzo del rey de España y el presidente Suárez, y mostró su reconocimiento por nuestra solidaridad cuando España se resistió a las presiones de Estados Unidos y no aceptó el bloqueo (sic), a pesar de las diferencias políticas entre los dos países.

Unos años más tarde, en un libro publicado en 2006 (Fidel Castro. Una biografía a dos voces), repitió los elogios a Franco: “Fue una actitud meritoria, que merece nuestro respeto e incluso merece, en ese punto, nuestro agradecimiento. No quiso ceder a la presión norteamericana. Actuó con testarudez gallega. No rompió relaciones con Cuba. Su actitud fue firmísima”.

El régimen de Franco aplicaba en sus relaciones exteriores la “Doctrina Estrada” (se reconoce naciones, no gobiernos), pero los lazos históricos y sentimentales con Cuba eran muy fuertes como para romperlos. Además de la entonces “tradicional amistad con los países árabes”, se consideraba esencial la política de relaciones con las naciones hispanoamericanas, que siempre, con raras excepciones como México, apoyaban a España en las organizaciones internacionales.

Años después, Fidel Castro sería más crítico con Felipe González (al que llegó a ser amigo y colaborador de Gorbachov en su liquidación de la URSS) y el propio Aznar a quien llamó "franquista", "reaccionario" y "heredero del fascismo". ¿No habíamos quedado en que Franco había sido amigo de Cuba?

Tomamos el relato, como lo cuenta, con sus palabras, Engie Alvarez a propósito de como acabó el incidente con Lojendio:

“Enero 21.- Muy temprano en la mañana, funcionarios del protocolo de la Cancillería cubana acudieron a la embajada de España, donde procedieron a entregarle al señor embajador la notificación de que era declarado “persona non grata”. A las seis de la tarde, una manifestación convocada por la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) compareció ante el edificio de la sede diplomática española. Se vociferó contra el General Francisco Franco y su representación y se paseó un burro con un cartel que decía: “Yo soy el marqués de Vellisca”. En medio de la calle improvisaron una tribuna a la que subieron los agitadores Conrado Becquer, Faure Chaumón y el fracaso guerrillero español Alberto Bayo. Los oradores se repartieron su papel: Bayo insultó a Franco y los otros loaron a Fidel. A las 10 de la noche partió un avión de la National Airlines rumbo a Estados Unidos, conduciendo al Embajador de España, el que más tarde continuó su viaje a su país. Por otra parte, el embajador de Cuba en España, doctor José Miró Cardona, era esperado en La Habana, llamado a consulta por el Gobierno Revolucionario”.