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Mal comienzo para el Área Metropolitana de A Coruña

Si bien es cierto que tras dos décadas se ha conseguido aprobar una estructura similar en Vigo, no es menos cierto que la Xunta de Galicia la está boicoteando abiertamente.

Mal comienzo para el Área Metropolitana de A Coruña
Alberto Núñez Feijóo, presidente del Gobierno de Galicia. / Twitter.
Alberto Núñez Feijóo, presidente del Gobierno de Galicia. / Twitter.

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José Luis Méndez Romeu

José Luis Méndez Romeu

Licenciado en Pedagogía. Exdiputado y exportavoz parlamentario del PSdeG - PSOE. Exconselleiro del Gobierno de Galicia y exsecretario de Estado del Gobierno de España. Columnista de MUNDIARIO.

En la vida parlamentaria son frecuentes los debates que no están orientados a resolver ningún problema real, bien porque el propio debate es artificial, bien porque se conoce a priori la imposibilidad de  un acuerdo. Se trata en esos debates de fijar la propia posición y desgastar al gobierno, dejando en evidencia su nulo interés. Habitualmente esos debates se repiten periódicamente por lo que todos los argumentos de una y otra parte son ampliamente conocidos.

Ejemplos, la reforma constitucional, la reforma del Senado, el futuro de las Diputaciones, el incremento del autogobierno o la transferencia de competencias. Sobre cada uno de ellos, y la lista no se agota en esa relación, se han pronunciado innumerables discursos como se han escrito numerosos artículos y hasta textos académicos. Y cada uno de esos debates está condenado a la repetición, fundamentalmente porque lo que se discute públicamente, no responde a lo que se desea realmente. Por poner un ejemplo, cualquier reforma del Senado crearía problemas relevantes mientras que, en su estado actual, es inoperante pero no molesta, y además permite mantener en el escenario político a numerosos dirigentes. Algo similar acontece con las demás reformas.

Ahora se inicia el debate en Coruña del Área Metropolitana, y se hace de forma que está abocado a la esterilidad. Porque si bien es cierto que tras dos décadas se ha conseguido aprobar una estructura similar en Vigo, no es menos cierto que la Xunta de Galicia la está boicoteando abiertamente. A pesar de que las necesidades de Vigo son distintas a las de la ciudad coruñesa, pues carece de instituciones oficiales acordes con su tamaño y sufre una discriminación inversora, mientras en Coruña, además de las instituciones provinciales, se ubican dos instituciones de carácter autonómico como son el Tribunal Superior de Justicia y la Delegación del Gobierno.

El debate coruñés se inicia de la forma apropiada para evitar acuerdos, marginando a los ayuntamientos gobernados por el PP, lo que éstos aceptan sin mayores problemas pues saben que sólo desde el consenso con el partido del gobierno, puede avanzar esa propuesta. Además, se soslaya el debate público y aún político, conscientes todos de que los antecedentes coruñeses no avalan esa inquietud. Si la antigua Mancomunidad nunca funcionó, el actual Consorcio comarcal afronta en estas fechas la salida del Ayuntamiento de Arteixo, uno de sus principales miembros, que considera más interesante la gestión propia de la recogida de basuras, único servicio consorciado, que la gestión consorciada. De ese Consorcio no forma parte la ciudad coruñesa que siempre consideró innecesario integrarse.

Al fondo, la evidencia de que las necesidades supralocales, están cubiertas, a excepción del transporte. Así, abastecimiento de agua, recogida de basuras y su  tratamiento, saneamiento, salvamento y contraincendios, funcionan aceptablemente sin quejas de los usuarios. La excepción del transporte interurbano, depende en exclusiva de la Xunta de Galicia aunque el municipio coruñés tiene competencias sobre el transporte urbano de ese término municipal, hasta ahora reticente a la integración.

En esas condiciones, sin objetivos claros, sin estudios de costes y de viabilidad, con la exclusión del grupo que gobierna la Xunta y con los malos precedentes anteriores, el proceso no pasa de ser uno de los debates recurrentes antes citados. Se discutirá durante años, sabiendo todos los interlocutores que no habrá acuerdo. Y aceptando tácitamente que el propio debate es superfluo.