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¿Llegarán a hacerse el harakiri España y el PSOE?

Los tiempos nos vienen adversos, inquietantes. Política y drama se dan la mano con impudicia sin que en el horizonte aparezcan impulsos nuevos ni viejas soluciones.

¿Llegarán a hacerse el harakiri España y el PSOE?
Los tres candidatos a la jefatura del PSOE y la moderadora de su debate. / Twitter
Los tres candidatos a la jefatura del PSOE y la moderadora de su debate. / Twitter

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Manuel Olmeda

Manuel Olmeda

Analista socio-político y profesor. Colaborador de MUNDIARIO.

Pudiera opinarse que mis siguientes lucubraciones son propias de alguien pesimista. Sin embargo, evoquemos a quien aseveraba: “un pesimista es un optimista bien informado”. El amable lector recordará, a la sazón, una frase pareja y extraordinariamente popular: “la ignorancia es muy atrevida”. Por desgracia, nos movemos a caballo entre barbarie y sectarismo. Los tiempos nos vienen adversos, inquietantes. Política y drama se dan la mano con impudicia sin que en el horizonte aparezcan impulsos nuevos ni viejas soluciones. El conflicto toma mayor fuerza cuando contemplamos que traspasa fronteras para internacionalizarse. Así, de forma definitiva, perdemos referentes que nos sirvan de guía empírica. Las soluciones aisladas rubrican un carácter cargado de fracasos que se alternan con avances mínimos. Ver la luz en estas condiciones requiere armarse de paciencia y valor, hasta de cierta desesperanza. 

Se insiste -con obstinación por parte de un gobierno incompetente que se regodea en una propaganda optimista, trivial- en que estamos saliendo de la crisis. Cierto si precisamos algunos matices. Desde el punto de vista macroeconómico, los datos parecen confirmarlo con reservas pero el ciudadano de a pie aprecia una economía tan gélida que lo deja tiritando. Trabajo temporal (quien lo tiene) y sueldos míseros proporcionan pocos gozos. A aquel mensaje gubernamental, asaz desmedido, se opone el de la corrupción, asimismo hiperbólico, que blande una oposición desorientada, sumida en completa oscuridad. De momento, y por diversas motivaciones, PSOE, Podemos y Ciudadanos, muestran un único programa: aventar la corrupción del PP como si aquellos, incluyendo a los que ladinamente hace ejemplares la nueva ola, atesoraran una ética incuestionable. Bien al considerar hechos, bien por gestos o actitudes, ninguno de ellos puede presentar el DNI inmaculado.

Ciudadanos, disminuido en su papel de partido bisagra, tiene improbable hacerse con el gobierno del país los próximos años, tal vez quinquenios. Podemos -partido antitético con la democracia como lo evidencia, pese a sus manifestaciones, su actitud comprensiva ante gobiernos tiránicos- rumia un poder escaso, de carambola, fiado. Incluso aquí, donde existe un pueblo necio pero harto de sinvergüenzas. Qué habrá hecho para que fiados a este marco inmejorable, ideal para populismos transgresores, su mensaje no impregne. Existen todavía del comunismo demasiadas reminiscencias propias e informaciones foráneas. Si añadimos un cinismo irreverente y purgas sin par, dejan al aire (más allá de palabrería hueca) un estilo inmundo, opresor. A Pablo Iglesias le quedan ocho años para hacerse con el poder pues, según constatan las encuestas, les votan menores de cuarenta y cinco. Pasado ese tiempo, ni él se votaría. Allende la bicoca, pueril representación y vano esfuerzo.

Queda en la canana un último cartucho; bien es verdad que decepcionante, defectuoso. Como alternativa eficaz al PP solo queda un PSOE doliente, desahuciado, moribundo. Comunicadores y prohombres del partido ansían identificarlo con la socialdemocracia europea. Falacia o error condimentan este plato. Nuestros socialistas, salvo González, jamás se acercaron a la socialdemocracia, ni antes ni después. Zapatero le insufló un marxismo estúpido que está a punto de hacerlo desaparecer. Cierto es que la izquierda está de capa caída en Europa. También la derecha. Hay dos culpables: crisis y corrupción. La sociedad europea sigue siendo cuerda; concluye que el Estado de Bienestar jamás puede provenir de una izquierda radical. Por tanto, ese ladeo hacia la izquierda intolerante la ha hecho casi desaparecer en Grecia, Italia, Francia, Alemania e Inglaterra. Los socialistas patrios han tomado el mismo derrotero. Dejan el camino libre a una derecha degradada, indigente, que gana elecciones porque carece de antagonista. Macron inicia nueva pauta política.

¿Qué futuro le espera al PSOE? Desastroso. Las aguas se han desbordado y con ellas cualquier posibilidad. Si Susana gana la secretaría general, es muy probable una escisión suicida (a la vez que sana, quirúrgica) provocada por la egolatría de Sánchez. Si se impone este, asistiremos irremisiblemente a un entierro sin cadáver. Si lo hiciera Patxi, el presunto enfermo recibiría un impulso vital dejando la enfermedad activa. El PSOE tiene un cuerpo militante divergente, infectado con el virus del encono, de la saña. ¿Hay solución? Fatalmente, con esta terna no. Agrava la escena el hecho, no menor, de esa beligerancia cainita secuela de haber polarizado a los militantes, ignoro si motu proprio o arrastrados por quien extiende una necia sacralización del ídolo.

Al país le quedan instantes oscuros, laberínticos. Si el PSOE consuma la inanición electoral, debería aparecer un partido de izquierda liberal (aunque parezca paradójico) con elevadas dosis de efusiones sociales y honradez manifiesta, dentro de lo que cabe. De esta guisa tendríamos una derecha moderada (PP), un centro bisagra (Ciudadanos) y este partido nuevo o reformado (bien pudiera ser el PSOE, tras profunda catarsis, o UPyD rediviva). Todos ellos con el firme propósito de calmar y colmar las ansiedades que durante cuatro décadas han ofrecido al ciudadano corrupciones, tropelías, embelecos y arbitrariedades múltiples. En el disparadero, y bajo ese lema de “mal de muchos, consuelo de tontos”, pudiéramos caer en las redes del populismo totalitario, tiránico; siempre a la caza del distraído. Creo, honradamente, que jamás llegaremos a esos extremos, pero… En plena conjunción, políticos demócratas de verdad -con pedigrí, no farsantes de medio pelo- y nosotros hemos de preservar un auténtico sistema democrático, participativo.