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¡Eh, Bruselas! ¿Queda ahí alguien con sentido común?

Uno se pregunta si no quedará nadie con un mínimo de sentido común que frene esta pendiente resbaladiza que terminará en Huxley u Orwell

¡Eh, Bruselas! ¿Queda ahí alguien con sentido común?
Sede de la UE en Bruselas.
Sede de la UE en Bruselas.

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Antonio-Carlos Pereira Menaut

Antonio-Carlos Pereira Menaut

Catedrático Jean Monnet de Derecho Constitucional de la UE (1999) y catedrático acreditado de Derecho Constitucional Español en la USC. Columnista de MUNDIARIO.

Lo malo de las vacaciones es que nos mandan más a la compra.  Así que, mientras yo, en un supermercado desconocido, deambulaba torpemente entre sopas de sobre y cafés descafeinados, conjeturando si el desconocido detergente que compraba no sería arrojado a mi cabeza al llevarlo a casa, resultó que una dependienta estaba diciendo a una clienta: “Eso, sólo a puerta cerrada y sin policías”.  En nuestros aterrorizados tiempos, inmediatamente pegué el oído, pero fue innecesario aguzarlo mucho porque las señoras hablaban casi como en la peluquería. No parecían muy terroristas, y la clienta, de unos 40 años y bien parecida, tenía hijos (uno, allí mismo), pero, nunca se sabe. La Tercera Guerra Mundial sería demasiado, pero, ¿y si estaban preparando un atentado?  Por otro lado, también me recordaban a la gente intercambiándose consignas en secreto, como en Hungría y Praga antes de las ocupaciones soviéticas. Lo que la empleada negaba salvo a puerta cerrada y sin policía, vino a ser una carne picada con jamón, gran favorito culinario de la familia de la ilegal clienta, que, según decía, obtenía sin problemas en otros sitios.  El heroico protagonismo antiterrorista con que yo soñaba se evaporó y mi decepción no tuvo límites.  Regresé súbitamente a la vida ordinaria, concretamente, a la culinaria.  Para pedir que me devolvieran el dinero de la entrada sólo me faltó estar ante una mala película.

Ya de vuelta, vacilando otra vez acerca del detergente que me arriesgaba a llevar, valoré la gravedad de la situación.  Imaginé pobres niños comiendo cosas insalubres, pero también modernos niños-modelo que, al conocer la ilegalidad, no comerían nada no conforme con la normativa europea, que nuestras protagonistas quizá estuvieran en aquel momento violando oculta e impunemente.  Imaginé también buenos vecinos denunciando a esos malos padres, asistentes sociales investigando, tal vez incluso jueces retirando la patria potestad.

Pero de repente recordé que el asunto tenía otra cara bien distinta. Si Ernst Jünger hablaba de movilización total, a lo que yo estaba ahora asistiendo era a una muestra de control total hasta de lo trivial (por algo “totalitarismo” viene de “total”). Por una combinación de inseguridad, legalismo y conformidad, nuestro tiempo acepta eso, que ha penetrado capilarmente hasta en las autoridades locales y en la población misma. En las tabernas rurales no sirven tortillas de huevos de la casa porque los vigilan (y sancionan). La UE, aunque no sólo ella, nos ha llevado a estos extremos ridículos. Incapaces de prever el atentado de Barcelona aun estando calcado sobre el de Niza de 2016, incapaces de manejar la inmigración y ya no digamos el calentamiento global, y ni siquiera el problema catalán, Bruselas y Madrid controlan, en cambio, hasta nuestra comida de casa.

En un momento como éste, en que la Unión Europea ha perdido el norte, ¿cómo persisten ustedes en su obsesivo 'micromanagement'?

Uno se pregunta si no quedará nadie con un mínimo de sentido común que frene esta pendiente resbaladiza que terminará en Huxley u Orwell.  En la técnica no podemos confiar porque no sólo no tiene alma; tampoco tiene mente.  Y la tecnocracia ya ha probado —y bien probado— su incapacidad ante los problemas graves.  Habrá, seguro, muchos estudios mostrando la perversidad sanitaria que pretendía la clienta del supermercado, su incompatibilidad con el mercado único y demás, y Bruselas puede enterrarme con ellos si lo desea.  No los leeré, lo siento.  Iré ante la puerta de la Comisión y preguntaré: “Por favor, en un momento como éste, en que la Unión Europea ha perdido el norte, ¿cómo persisten ustedes en su obsesivo 'micromanagement'?  ¿Son conscientes del sofocante grado de control social y personal al que nos someten?  ¿Queda ahí alguien con sentido común para verlo?”  Si la respuesta es "no", sugiero que, si podemos, no obedezcamos esas regulaciones, tan profundamente antiliberales, pues la conversación —completamente real— que inicia este artículo pasaría perfectamente por una narración de clandestinos en España en 1940 o Praga en 1968.  Y todo por unas croquetas. Y no crean que el niño modelo moderno es imaginario: el hijo de la señora, de unos seis años, y que no perdía ripio, descargaba en ella su escrupulosa conciencia infantil: "En el coche de Fulanito hay muchos donuts de chocolate, y sus papás les dejan comer cosas con aceite de palma. Y —atienda el lector, que ahora viene lo peor— yo también comí". Para un niño postmoderno, debía de ser lo más próximo al concepto de pecado.

Señores gobernantes, un poder público incapaz de bajar las espantosas cifras del desempleo, incapaz de cumplir con la más elemental justificación de su existencia —para empezar, protegernos—, no tiene legitimidad para meterse en nuestras vidas personales.

Y nosotros, la gente, "we, the people", no nos hagamos cómplices de tal penetración en la sociedad civil, de tal anulación de la libertad y tal desconfianza hacia el individuo, que nos convierte en vigilantes unos de otros (en este caso, finalmente, la charcutera no llamó a la policía).  ¿Cómo se va a fortalecer el capital social si no podemos hablar “con la guardia bajada” ni con el carnicero?  Si no nos defienden del terrorismo, del cambio climático ni de la rapacidad bancaria, absténgase de controlar cómo mata la gente las velutinas o estabula las gallinas ponedoras (para quien dude: conservo una sentencia del TC alemán sobre lo último). Si no pueden lo importante, déjennos en libertad en lo pequeño; que la gente haga aguardiente casera y pique la carne como quiera.  Ni en el Franquismo había tal control de la libertad culinaria.  

Bruselas y compañía: ocupaos de los grandes problemas; dejadnos en paz en lo demás, o acabareis convirtiéndome al euroescepticismo.  Entre tanto, consumiré todas las croquetas ilegales y todo el aguardiente casera que sea capaz de encontrar (bueno, lo último con "sentidiño" y no al volante).