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¿Acertó Ortega: "El problema catalán sólo se puede conllevar porque nunca tendrá solución"?

El gran pensador sostenía: "El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelvan en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado, en el que van bien las cosas. Lo importante es movilizar a todos los pueblos españoles en una gran empresa común”.

¿Acertó Ortega: "El problema catalán sólo se puede conllevar porque nunca tendrá solución"?
Puigdemont reconstruyendo la historia.
Puigdemont reconstruyendo la historia.

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Fernando Ramos

Fernando Ramos

Doctor en Derecho y en Ciencias de la Información. Profesor titular de la Universidad de Vigo. Periodista y columnista de MUNDIARIO. Es profesor invitado en diversas universidades de Europa y América. Autor de 25 libros sobre temas de Derecho de la Comunicación, Protocolo y Comunicación institucional. Está en posesión de diversos premios como periodista. El Ministerio de Defensa le otorgó la Cruz al Mérito Militar con distintivo blanco como historiador militar. Pertenece a diversas asociaciones profesionales y académicas de Europa y América.

Aunque no me gusta la expresión “daños colaterales”, que es una forma de decir “víctimas civiles inocentes y estragos innecesarios”, voy a recurrir a los que, pase lo que pase el uno de octubre van a generar o ya está generando la deriva secesionista de Cataluña. El primero de todos es que el habitual prontuario de agravios y victimismo que una parte de Cataluña va a tener un nuevo episodio con que arremeter contra España. Lo vienen haciendo desde el siglo XVIII. El más inmediato anterior fue la serie de reformas que el Tribunal Constitucional introdujo en el Estatuto de 2006, que de modo tan inconsciente patrocino Zapatero.

Pero con todo ello, para mí lo más grave siguen siendo sus efectos en la sociedad española. Por una parte los complejos de los que dan muestra los llamados partidos de izquierda y otros personajes de la derecha, como el ex ministro Margallo que o bien muestran una actitud favorable a considerar que los españoles que viven en Cataluña son diferentes a los del resto de España, y que, sin llegar a reconocer su derecho a separarse de los demás, están dispuestos a forzar su acomodo, con cesiones que rompen la igualdad de los ciudadanos en derechos y deberes (base del Estado moderno).

Podemos discutir la conveniencia de convertir a España o no en un Estado federal, pero que lo patrocine un partido de raíz jacobina como el PSOE, partidario de un Estado fuerte, tradicionalmente enemigo de las pretensiones de la burguesía nacionalista (lean lo que al respecto escribía Indalecio Prieto) resulta alto chocante en tanto supone acercarse a las tesis de aquella en su versión moderada.

Pero en Cataluña la verdadera voz cantante la lleva la CUP, que es un partido antisistema, con apenas 400 mil votos, pero que va por delante de los que teóricamente gobiernan, y que por su ideario filo o proto anarquista van más allá de la separación de España y la creación de un estado independiente, cuando como tales están en el fondo de Estado alguno.

No sorprende nada que quienes consideran que Cataluña va por buen camino y que la serie aberraciones jurídicas que se están cometiendo “dan cobertura legal” al proceso con que se pretende consumar lo que no es otra cosa que una rebelión o un golpe de Estado, digan lo que dicen porque anidan en la misma camada ideológica, ya que a su pesar es imposible, aunque les gustara, trasladar a otros espacios. Pero saben que por aquí, por mucho que en determinadas fechas vociferen, no es que no tengan futuro, es que es inviable que una Galicia desvinculada del resto de España pudiera sobrevivir económicamente.

 

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Jóvenes marroquíes con su bandera y la estelada.

 

Insisto, sorprende y entristece que haya españoles que se hayan plegado, por no decir, rendido, a los argumentos del nacionalismo catalán desde posturas que se reclaman progresistas, haciendo suyo principios que lo son tan poco, como eso de que según el espacio territorial donde se viva los ciudadanos puedan ser diferentes o las comunidades asimétricas.

Todas las comunidades pueden reclamar “derechos históricos”, desde los “Fueros de León” al Reino de Granada. En la región catalana han sido especialmente habilidosos, como advertía Ortega, en el manejo de elementos emocionales, con el pintoresco añadido de que vecinos de esta comunidad que se apelliden Sánchez o Martínez sean la avanguardia del independentismo y la expresión agresiva de odio a España y lo español.

Y creo que en esta hora vuelven a tomar rotunda vigente aquellas palabras que Ortega pronunció en 1932, en la discusión del Estatuto de Autonomía de Cataluña: “Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles […] Digo, pues, que el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar; que es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista; que es un problema perpetuo, y que a fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar.”

Pero estamos peor que en 1932, porque aparte de gozar de más autogobierno que muchos estados federados y que ninguna otra región de España (salvo el pacto fiscal), no es que Cataluña quiera más, es que ahora cuenta como aliados a españoles que han asumido las propias demandas de la burguesía nacionalista y sus aliados antisistema.

Pero ya Ortega intuyó la propia naturaleza del problema al que nos enfrentemos, pero no pudo imaginar que con uno de los dos bandos se iban a alinear algunos españoles partidarios de la quiebra de su país. Y por eso decía: “Afirmar que hay en Cataluña una tendencia sentimental a vivir aparte, ¿qué quiere decir, traducido prácticamente al orden concretísimo de la política? ¿Quiere decir, por lo pronto, que todos los catalanes sientan esa tendencia? De ninguna manera. Muchos catalanes sienten y han sentido siempre la tendencia opuesta; de aquí esa disociación perdurable de la vida catalana”.

En la calle se movilizan miles de catalanes. No hay duda (con algunos refuerzos de antisistema de Europa, dispuestos a entolarse en todo conflicto donde puedan mostrarse como vándalos salvajes como ocurre en este caso). Pero ¿son menos catalanes los que se quedan en cada, que no se manifiestan o que lo hacen en contra o simplemente quieren seguir siendo españoles? Y del mismo modo que hay catalanes e hijos de andaluces o murcianos que no se sienten españoles, como decía Ortega, la mayoría de los españoles y más de la mitad de los catalanes sienten que Cataluña es una parte esencial de España.

“El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelvan en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado, en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y los reabsorbe […] Lo importante es movilizar a todos los pueblos españoles en una gran empresa común”, decía Ortega.

Esa debería ser nuestra prioridad.