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De cómo viajé al Vaticano con mi nieto y de lo que no nos acaeció

Relato poco espiritualista de un tour por la Santa Sede, abortado por un súbito terror.

De cómo viajé al Vaticano con mi nieto y de lo que no nos acaeció
Santa Sede.
Santa Sede.

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Pepe Pelayo

Pepe Pelayo

Escritor, comediante y estudioso de la teoría y la aplicación del humor cubano-chileno. Se le encuentra en www.pepepelayo.com Colabora en MUNDIARIO.

Mi nieto Benjamín hizo de todo a su alcance para que lo llevara al Vaticano. No entendí esa repentina motivación espiritual, pero como típico abuelo condescendiente, lo complací.

Soy agnóstico, pero siempre me ha llamado la atención la vida de Jesucristo, porque sea una historia real o no, fue abnegada sin dudas. Como una novela de sacrificción, diría yo. Eso se lo explicaba a mi nieto en medio de la Plaza de San Pedro, bajo tremendo aguacero, esperando ahí hasta empaparnos; es decir, hasta ver al Papa.

- ¿Sabes que este país es el más pequeño del mundo? –le comenté-. Es sólo esta minúscula urbanización que ves.

- ¿En serio? ¿Y no hay montañas, ríos, carreteras, campos, rascacielos y esas cosas?

- No –le respondí suspirando-, pero hay recursos suficientes para comprar todas esas cosas, si no lo hacen es porque aquí todos hicieron el voto de pobreza.

- ¡Pero esto es demasiado chico!

- Así es. Imagínate que la Basílica de San Pedro y esta Plaza ocupan el 20% del país.

- ¡Increíble!... Tata, ¿y dónde está la Capilla Sixtina?

- En aquel Palacio –le contesté señalándolo-. ¿Tú sabes que el techo de esa Capilla la pintó Miguel Ángel?

- No, no sabía que las Tortugas Ninjas pintaran –respondió sin compunción alguna, para enseguida preguntar-: ¿y quién fue el primer Papa?

Le expliqué entonces que según muchos teólogos, el primero fue Pedro, un humilde pescador que apostó tanto por Jesús, apostó tanto por esta religión, y apostó tanto por su dios, que llegó a ser Apóstol, y de ahí enseguida a Papa.

- Han mejorado, ¿no es cierto? –dijo-. De una casucha de pescador mira dónde viven ahora.

- Es que no es lo mismo vivir en un barco hambriento, que un banco hambrosiano, aunque las tripas suenen y la h no.

- No entendí, Tata.

- Yo nunca lo he hecho, pero olvídate y disfruta el lugar.

- ¡De verdad que esto es muy grande! –suspiró admirado-. ¿Cuántos empleados de limpieza trabajarán en esta Basílica?”

- No lo sé, mi niño -dije-. De ese tema sólo supe hace poco que el antiguo Mayordomo renunció. Quizás tenía mucho trabajo.

- Ahora trabajará con Batman me imagino -dijo mi nieto.

- ¿Por qué?

- Porque la Baticueva es menor que el Baticano -respondió obviando aquello de labial/labidental.

Quise que nos alejáramos por arreciar la lluvia.

- Benja, vamos, estamos anegados.

- Esperemos, Tata, recuerda que Pedro anegó tres veces a Jesús.

No sé de dónde sacó eso, pero era evidente que la figura del Papa lo atraía mucho, por lo menos de ayer para acá. Entonces se me ocurrió hablar mal de ellos para testear el alcance de su fervor.

- Hay papas que pueden provocar un ingesto, como el gesto de Pío XI, que no dijo ni pío para condenar al impío de Mussolini -dije haciendo historia con aire trapío.

- ¡Mira unas monjas corriendo hacia aquel convento!” -gritó, señalándome a un grupo de hermanas, sin interesarle mi comentario.

- Sí, en este papado, las monjas navegan convento a favor -admití.

- ¿Y cómo se relaciona el Papa con las monjas y las mujeres en general?

- Bueno, mira a tu alrededor, aquí hay varias creyentes que obedecen ciegamente al Papa, por eso más de una vendrá a esta Plaza a escuchar sumisa.

- No entiendo otra vez.

- No importa, mi niño -le contesté-, lo que debemos hacer es irnos porque no escampa.

- ¡No! –saltó-. Yo no me voy hasta que el Papa reciba a Miley Cyrus.

- ¿Qué? –exclamé, entendiéndolo todo de inmediato-. ¿Por eso tanto interés de venir a ver al Papa?

- Claro, Tata, es mi oportunidad de verla –dijo.

- Pero aquí no la verás, porque el Papa recibe a sus visitas en su despacho, y no me mires con despecho, porque ahí sí no podemos entrar.

- Yo podría infiltrarme. Así la ve Francisco Primero y yo después.

- Olvídate, vamos…

- Déjame ir Tata, dale… -me pidió, con la amenaza de comenzar una ola de pataletas.

- Lo siento, Benja. No te dejaré.

- ¿Cree que me podría agarrar el estrangulador de Boston?

- No, pero quizás sí el arzobispo de Boston.

- ¿Ese arzobispo es también un criminal?

- ¡Tanto como el australiano cardenal!...¡Uf! ¡Vamos, niño!

- ¿Qué le pasa, Tata?

- ¡Siento un súbito terror!